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Capítulo 7. En la ciudad de Gángara:
Gángara era una ciudad secreta en la que sólo las sabias o personas con permiso de éstas podían entrar.
Todas las sabias y sanadoras de Sofía
habían sido convocadas a aquella reunión en Gángara para planear el rescate de la princesa Dalia.
Sólo algunas sanadoras bastante débiles en los talentos curativos y algunas sabias itinerantes se quedaron en Sofía para tratar a los enfermos.
Grannie llegó la primera.
Ante las puertas de bronce que custodiaban la ciudad, una sirena se inclinó ante ella y dijo:
--Saludos, sabia Grannie, me aseguraré de que nada te ocurra, puedes pasar.
--Gracias, que la madre naturaleza te proteja, hermana sirena- respondió Grannie.
Las sirenas reconocían a las sabias por su olor,
y el proceso se repitió con cada mujer que entró en Gángara,
que fue escoltada por las sirenas y también por algunos delfines.
Si alguien que no fuera una sabia o que no tuviera permiso de éstas para entrar en la ciudad osaba hacerlo,
Las sirenas, que eran muy celosas de sus dominios y de los secretos de aquella ciudad,
Pues así lo habían jurado a las sabias fundadoras de Sofía y a los genios que las protegían, e incluso a la madre naturaleza,
Hacían que los atrevidos aventureros chocasen contra alguna roca atrayéndolos con sus cantos,
Pues ya fueran hombres o mujeres, los cantos de aquellas sirenas eran hipnóticos.
En cualquier caso, si esto no funcionaba,
Los delfines, que no dudaban en salvar a cualquier persona que se hallase perdida,
Tampoco dudaban en utilizar la compasión como arma:
Un delfín pequeño fingía perderse de la manada,
y entonces era seguro que los aventureros le ayudarían,
Pero sería su fin,
Pues los delfines los guiarían con su sónar hacia las rocas contra las que se estrellarían y morirían.
Una vez en la ciudad, las sabias se dirigieron al palacio.
Eran cien las mujeres que se hallaban sentadas en ricos sillones antiquísimos de madera
o de mármol con tallas y adornos de oro y piedras preciosas, una rica herencia de sus antepasados.
A pesar de encontrarse en tan opulento ambiente, todas vestían las faldillas de hojas y los zuecos de madera y esparto.
--Nos hemos reunido aquí- comenzó la reina Grannie- porque
* necesito vuestra ayuda para el rescate de la princesa Dalia.
--Contad con ella, majestad- dijo Blaille.
La sabia Blaille era una mujer sumamente respetada:
Había sido reina hacía largo tiempo,
Pero había sido la única que había renunciado a favor de otra sabia más fuerte y mejor capacitada que ella,
Que por desgracia ya había muerto.
Sin embargo, Blaille se retiró de la vida palaciega y fue simplemente una sanadora más.
Tal vez era la única que no había sucumbido a la tentación de ayudar a la reina Orgai, exceptuando a Grannie, quizá porque también era la única que podía hacerle sombra con sus poderes, pues era una leyenda viva entre las sabias.
Grannie sabía que la mujer siempre le había sido leal, y hacía mucho tiempo que no se veían.
La reina sonrió a Blaille, una mujer bajita y de cabello blanco y ojos negros, y le dijo:
--Especialmente cuento con vuestro consejo, Blaille, lo tendré muy en cuenta, de veras.
--Madre sabe que yo siempre acudiré a su lado si soy llamada para aconsejarla- dijo Blaille con cierta renuencia, pues no le gustaba el poder.
* Grannie asintió.
--Sí, pero también quiero que el pueblo tenga una inmejorable sanadora- la elogió la reina.
--Con permiso, mi reina, creo que ya basta de formalidades- intervino Daima.
Grannie creía que en ocasiones Daima era un poco brusca, por suerte casi nunca le quitaba a ella autoridad, pero teniendo en cuenta la situación, lo dejó estar, y anotó mentalmente echarle una reprimenda en privado.
--Bien, podemos empezar- dijo la reina- nos hemos reunido aquí
* porque la princesa Dalia ha desaparecido, no quiero creer que sea obra de Orgai, pero no hay ni rastro de ella por ninguna parte,
* y se sabe que un ejército de Orgai ha realizado una incursión en Sofía y que últimamente están raptando mujeres.
Grannie suspiró consternada al pensar en su hija.
Las sabias asintieron y la consternación se plasmó en sus rostros, todas compadecían a la reina.
--Opino que simplemente
deberíamos llamar a varios caballos e iniciar la búsqueda escoltadas por las doncellas- dijo Alisea- sabemos de sobra con quién está, mi reina.
Las sabias asintieron,
Incluso la propia reina sabía, aunque no quisiera admitirlo,
que lo más probable era que su hija estuviera en poder de la reina Orgai,
pero en el fondo a ninguna sabia le gustaba iniciar una invasión abiertamente contra la reina Orgai, aún prevalecía en ellas un espíritu pacífico del que cada vez quedaban menos restos.
Como si les hubiese leído a todas el pensamiento, Blaille dijo:
--A mí tampoco me gusta la idea,
* pero la reina Orgai ya nos ha hecho bastante daño sin que nosotras hiciéramos nada,
* ya va siendo hora de darle su merecido, también eso es justicia,
* no sería justo que nuestro pueblo tuviera que seguir pagando este tributo en sangre, esclavos y familias rotas,
* no estaríamos gobernando justamente si lo dejáramos pasar.
A nadie le pasaba inadvertido el peso que la opinión de Blaille tenía para todas las sabias, y, por supuesto, para la reina Grannie, no en vano había gobernado Sofía.
Todas las sabias, de buen grado o a regañadientes, la respetaban y le hablaban con gran cortesía, tanto o más que a su propia reina, e incluso ésta lo hacía.
--Con permiso, Blaille,
* ¿no nos estaremos precipitando?- intervino Yakut- al fin y al cabo, es la princesa, podríamos intentar un rescate.
--¡no!- intervino alterada la reina- seguro que me quiere a mí como cebo, no me importa, pero por el bien de mis súbditos no conviene que lo intente, a saber qué nos pediría esa bruja como rescate.
--Todo a su tiempo, calmaos, mi reina- intervino Gabriela- podríamos
* hacer caso a Blaille, si no funciona, siempre estamos a tiempo de pagar un rescate.
--Madre, mis obligaciones como sanadora me retienen en Sofía, salvo que me pidáis que os acompañe, ¿me dais permiso para quedarme?- preguntó Blaille.
--Por el momento puedes quedarte, si te necesito, te lo haré saber- dijo la reina, y luego, mirando a las otras sabias, añadió:
--Bien, queda acordado,
llamad a los caballos, yo avisaré a Helya para que las doncellas estén listas, nos vemos en mi cueva.
--Un momento, madre, sujeta la figurilla- le recordó Yakut- si no no podremos hacerlo.
--Cierto, lo había olvidado, disculpad- se excusó Grannie, que tomó al momento la figurilla.
Las sabias, al unísono, gracias a la figurilla que Grannie sujetó en su mano, dijeron:
--Necesito caballos.
Al instante la figurilla vibró con el relincho de varios caballos que no tardaron en llegar al galope en los siguientes días para transportar a la comitiva de sabias adonde ellas les mandasen.
--Daima- susurró la reina tras la invocación- tengo que hablar contigo, ahora mismo, en mi cueva.
--Sí, mi reina.
Una vez en la cueva, Grannie no iba a echarle una reprimenda a Daima, pues tenía otras preocupaciones:
--Daima, ¿por qué hay sólo cien sabias y sanadoras cuando debería haber quinientas?- espetó.
--Supongo que porque la reina Orgai las tiene cautivas o le sirven voluntariamente.
--Dudo que le sirvan voluntariamente, quizá la malvada bruja anule su voluntad.
--Es posible, pero en ese caso, quizá Madam no es tan culpable como creíamos.
--Puede ser. Pero ahora ya está hecho, podríamos rectificar, y quizá lo haga cuando todo esto termine.
--¿habéis terminado, madre?- la interrumpió Daima.
--Sí, vamos, tenemos muchas cosas que hacer y las demás nos esperan- concluyó la reina.
Blaille estaba estupefacta, no esperaba recibir permiso de la reina para quedarse ayudando a sus semejantes, la vida de la princesa estaba en juego, quizá la reina no había podido negarse por cortesía.
Blaille estaba tranquila, sabía que podría hacer muchas cosas con sus poderes que las demás sabias eran incapaces de lograr, y, si la reina la necesitaba, estaría con ella y ayudaría a rescatar a la princesa.
Si la reina le había permitido quedarse, quizá no la necesitaba o quizá aún no tenía perfilado un plan de acción, pero en cualquier caso, ella estaría a disposición de la soberana que, si la hubiera necesitado, simplemente podría habérselo pedido y ella no podría negarse.
Al cabo de varias horas,
las doce sabias que formaban el Consejo Supremo de las sabias encabezadas por la reina,
que, dijera lo que dijera, no quería faltar a tan importante misión,
aunque por su bien no debería ponerse en riesgo,
y las doncellas, que en esta ocasión ejercerían como guardias personales de Grannie,
encabezadas por Helya,
sin sirvientes por orden expresa de la reina, ya estaban montadas a caballo y se dirigían a los dominios de la reina Orgai para iniciar una invasión.
Capítulo 8. Una huida:
--Reina Orgai, cuatro esclavos han huido- anunció un soldado a su soberana.
--Buscadlos- respondió la reina.
Orgai envió patrullas para hallar a los prófugos y les encargó que vigilaran si alguna sabia sofiense les protegía
y, si era así, estuviera o no registrada en su libro como una de sus leales,
ni siquiera una de sus leales se libraría de un castigo por algo así y ellas deberían saberlo por muy buenas que quisieran ser o aparentar que eran, que la apresaran para ser interrogada.
Vestidas con ropa sencilla y embozadas con sendas capuchas, cuatro figuras caminaban al amparo de la noche.
Eran dos niñas, una mujer joven y un anciano.
Llevaban caminando ya varios días, pues querían atravesar pronto la frontera del reino rokiense.
No hacían fuego, por temor a ser descubiertos, ni llevaban lámparas de manteca con las que alumbrarse por las noches,
Horas que a veces aprovechaban para descansar
En alguna improvisada tienda que ellos construían con hojas de palma, lianas y cañas de bambú que luego se ocupaban de dispersar por el bosque como si nunca hubieran estado unidas para construir nada,
Pero que también a veces utilizaban para caminar sin ser vistos.
--¡soldados de Orgai!- gritó la mujer una tarde mientras caminaban.
--Coge a las niñas, yo me encargo de ellos- dijo el anciano con resolución.
La mujer lo miró con incredulidad, pero no había tiempo que perder.
El anciano era ágil y fuerte.
No sabía artes marciales, pero en la vida había aprendido a utilizar los puños.
Era leal a Grannie, aunque no era tan pacífico como los habitantes del valle sofiense,
Pues era oriundo de una de las aldeas situadas en las montañas en una de las dos orillas del mar de Marmira.
De varios golpes noqueó a los soldados que, sorprendidos, dejaron caer sus armas, momento que el anciano aprovechó para clavárselas
en puntos de su cuerpo donde les causaron heridas mortales.
La mujer y las niñas corrieron a ocultarse en una cueva del bosque.
El anciano era un buen rastreador,
por lo que con las primeras luces del día siguiente halló sus huellas.
Reunido el grupo de nuevo, siguieron caminando juntos.
--Creo que nos siguen más soldados- dijo el anciano- veo sus huellas,
pero a ellos no los veo, quizá vosotras tengáis mejor vista.
La mujer y las niñas otearon el horizonte y negaron con la cabeza,
ellas tampoco los veían por ninguna parte.
Con gran incertidumbre al no ver a sus enemigos, el grupo continuó caminando.
Aquella misma noche ocurrió otra pequeña desgracia al grupo:
--¡maldición!, me ha mordido una serpiente negra, una de las más venenosas. Dejadme aquí, yo ya soy viejo- dijo el anciano.
--De ninguna manera, Gul- dijo Rebeca,
que así se llamaba la mujer- acabas de salvarnos la vida matando a soldados de Orgai,
iré a buscar a una sabia sofiense que vive aquí cerca, conozco a una
y puede que incluso nos cobije bajo su techo, no vamos a dejarte aquí.
--¿no será peligroso darnos a conocer?, y si no es quien dice ser- protestó Dara.
--Tranquila, sé lo que hago, no te preocupes. Sé que has sufrido mucho, pero pronto esos momentos quedarán atrás- trató de tranquilizarla Rebeca.
--Si vive cerca, creo que podré llegar hasta ella, no es prudente que nos separemos- dijo Gul.
El grupo continuó caminando durante una media hora.
El anciano deliraba de fiebre y sudaba más copiosamente a cada paso debido al efecto del veneno.
--Te llevaré en brazos- dijo Rebeca.
--No será necesario, gracias, puedo andar- dijo jadeando el anciano.
--Como quieras, pero si realmente no puedes, avisa- le aconsejó Rebeca.
--¿puedes darme un poco de agua, por favor?- pidió el anciano.
Rebeca tomó su cantimplora del bolsillo de su sencilla chaqueta, a Gul no le quedaba agua desde hacía tres días,
pero en su estado no se daba cuenta, y Rebeca abastecía de agua con su cantimplora al anciano y a las niñas bebiendo ella cada vez menos agua.
Acercó la cantimplora a los labios del anciano, que bebió con avidez.
Entonces Rebeca se dio cuenta de que la cantimplora se había vaciado
con el último sorbo que había tomado el anciano.
Miró a las niñas con compasión y ellas asintieron sonriendo, no les importaba compartir el agua con aquel hombre que les había salvado la vida y ayudado a escapar.
Rebeca se percató de que la sabia era su salvación y de que, si no la encontraban pronto,
no tenían más agua y aún les quedaba un largo camino por recorrer hasta llegar a Sofía,
y pocos lugares donde abastecerse de agua.
Entonces el anciano se desplomó.
Rebeca, que no quería creer que hubiera muerto, lo tomó en brazos y siguió caminando con más rapidez de la que antes imprimía a su paso, mirando hacia atrás para asegurarse de que las niñas la seguían,
sabía que la casa de la sabia no estaba lejos, y no le importaba llegar a horas intempestivas, pues por lo general las sabias solían y debían abrir la puerta
a cualquier persona que necesitara cualquier cosa.
Por fin, llegaron a una casita muy humilde en medio del bosque.
Rebeca llamó a la puerta.
--¿quién es?- preguntó una desconfiada voz de mujer desde dentro.
--Sabia, abrid la puerta, por favor, soy una pobre sofiense que necesita ayuda.
--¿cómo sé que es cierto lo que decís?, podría ser una trampa- respondió la voz aún sin abrir la puerta.
--Con el debido respeto, sabia, ¿os parece que no arriesgo suficiente llamándoos por lo que sois?, mirad qué hora es, ¿estas son las horas en que la reina Orgai efectúa sus cazas de sabias?, por favor, me acompañan dos niñas que se mueren de frío y un anciano moribundo.
--Yo no los veo- dijo la sabia desde dentro.
Murmurando una maldición entre dientes
por tener que revelar más de lo que se proponía en aquel momento, Rebeca bajó un poco la voz, aunque no tanto como para que la sabia no pudiese escucharla:
--Sabia, nunca he podido venir a visitaros, pero supe desde hace tiempo que vivís aquí.
Aquí fuera tenéis a un grupo de esclavos de la reina Orgai que desea huir a Sofía para volver a su casa, por favor, ayudadnos.
Conmovida, la sabia abrió la puerta.
--Lo siento, pero no me fío demasiado desde que vivo aquí, pasad, os pondré una taza de té, venís ateridos de frío.
--Sabia, a este hombre le ha mordido una serpiente negra- se apresuró a decir Rebeca.
--Lo curaré- dijo la sabia mientras preparaba una tisana al anciano.
--Me llamo Relia, ¿habéis comido algo?- preguntó la sabia.
--No, sabia- dijo Dara.
La sabia les preparó una suculenta sopa de setas.
Curado el anciano y repuesto el grupo, la sabia dijo:
--Creo que yo también volveré a Sofía, este país nunca ha sido seguro para nosotras, pero ahora aún lo es menos.
Justo en ese momento, un grupo de soldados de la reina Orgai irrumpió en tromba en la casa.
La cara de Rebeca palideció, pues había puesto en problemas a una sabia.
--¿creíais que podríais escapar, verdad, esclavos?- preguntó sarcásticamente un gordo soldado que sostenía en alto un garrote dispuesto a utilizarlo contra los cuatro desdichados. Iba a castigar a Dara, cuando la sabia, que no podía ver sufrir a sus semejantes, se interpuso entre la niña y su captor.
--¡no!- gritó Rebeca.
En ese momento el soldado,
que no había visto a la sabia, pero que por experiencia había conocido a más de una, se giró hacia ella.
--¡vaya!, ¡una sabia sofiense!, será un buen botín para la reina.
--He rendido pleitesía a la reina- mintió Relia.
--¿Cómo os llamáis?, veré si vuestro nombre aparece en el registro- dijo el soldado mientras sacaba un cuaderno de su macuto.
La sabia palideció, no sabía que la reina Orgai tuviera registradas a las sabias que le servían.
--Me llamo Relia- dijo con voz apagada, pues de nada le serviría mentir salvo para poner en peligro a otras sabias inocentes.
--No figura ese nombre en el registro, no sé por qué habéis mentido, salvo que hayáis protegido a este grupo de esclavos que intentaba escapar, por supuesto. En cualquier caso, más vale que estéis dispuesta a servir a la reina, os llevaré ante ella para que seáis interrogada por proteger a estos esclavos- sentenció el soldado.
El grupo de esclavos y la sabia, fuertemente atados, fueron llevados ante la reina Orgai.
--Mi reina, esta sabia sofiense ha dado protección a un grupo de esclavos prófugos- dijo el soldado ante su soberana.
--¡azotadlos a todos y encerradlos en las mazmorras, con las manos atadas a la espalda!- ordenó la reina.
* Los infelices se miraron unos a otros buscando algo que decir, pero no encontraron palabras para defenderse a sí mismos o a sus compañeros, especialmente a las llorosas niñas.
--Por favor, ama, azotadme a mí en su lugar- suplicó Gul, que había asumido de nuevo su condición de esclavo,
cabizbajo y en tono sumiso señalando a las niñas.
--No, cada uno se merece los azotes que le correspondan- dijo inflexible la reina, que por primera vez en mucho tiempo se dignaba a hablar a un esclavo sin que esto supusiera darle órdenes.
Era extraño, ya que Orgai rara vez se conmovía ante los sufrimientos ajenos, y esta vez no parecía que ni aquel anciano ni las niñas la conmovieran lo más mínimo, ni siquiera porque una fuera su doncella y la otra una princesa.
--¡juro que esta sabia me servirá aunque tenga que torturarla hasta la muerte!- continuó
* la reina.
--¡no te serviré, bruja!- gritó la sabia.
--Veremos si me dices lo mismo cuando pases tres días en las mazmorras- dijo la reina.
Cuando la sabia sintió en su espalda los azotes que un soldado le propinaba con una flexible vara de bambú, gritó:
--¡no podéis hacer esto a una sabia sin motivo!, ¡esto va contra el honor!.
Nadie, ni siquiera los rokienses, osarían hacer daño a una sabia, pero sabiendo que la reina Orgai era muy poderosa, los soldados se reían abiertamente de la sabia.
--Oh, que pena, esa tal Grannie va a tener que pagar un alto precio por su querida niña- dijo Orgai, que no quiso perderse la sentencia, sonriéndose maliciosamente.
Por desgracia, a la princesa Dalia no le quedaban fuerzas para quejarse y se sentía muy débil, por lo que sufrió la paliza sin dar el más mínimo grito.
Era incomprensible la razón por la que la reina Orgai trataba así a la princesa, ya que sería una persona por la que Grannie pagaría un buen rescate.
Relia llevaba tanto tiempo lejos de casa, que no sabía que había alojado en su casa a tan insigne huésped, por lo que tampoco entendió el comentario de la reina.
Comprendiendo que tarde o temprano Orgai ganaría, y al darse cuenta de que no tenían a nadie, salvo las propias sabias sofienses, que pudiera curar a los rokienses, por el amor que sentía hacia los seres sufrientes, Relia decidió servir a sus semejantes
con sus conocimientos y fingir ayudar a la reina, pero sólo en ese punto.
Finalmente, Relia se vio llevando infusiones y otros remedios a cualquier persona que lo necesitara, como cuando era sanadora encubierta antes de que Orgai lo supiera.
--Sí, majestad, os serviré- dijo al cabo de tres días la sabia.
Pero a pesar de ello, Orgai no la sacó de las mazmorras más que lo estrictamente necesario, por temor a una fuga.
Ahora que pasaba tiempo con aquellos desventurados en las mazmorras,
A Relia le habría gustado curarlos con sus manos,
Pero la previsora reina Orgai se las había atado, como a los demás, sin duda para impedírselo.
Las que más le apenaban y preocupaban eran las niñas, cuyo estado empeoraba de día en día, cada día estaban más delgadas y comían menos, y en ocasiones Relia conseguía prepararles o robar alguna infusión u otros remedios cuando la reina le liberaba las manos para que aliviara sus propias dolencias.
Una tarde, la sabia entró en las mazmorras con una bandeja en la que llevaba dos tazas con un líquido amarillento, un tarro de pomada y dos platos de comida.
--Niñas, os he traído una infusión, una pomada para vuestros ensangrentados pies y un poco de comida- dijo Relia en voz baja mientras se acercaba a las niñas, les ofrecía las tazas y la comida y les aplicaba la pomada.
Sus compañeros de fatigas, salvo Gul y Rebeca, que sonrieron ampliamente, las miraron con envidia.
Relia no podía evitar sentir lástima y cierto favoritismo por las niñas, aunque intentaba ayudar a todos los desdichados que ocupaban las mazmorras y a sus semejantes en general.
Las niñas la miraron con ojos agradecidos.
--Gracias, sabia, gracias por cuidarnos tanto- dijo Dara con un hilo de voz.
--Sí, gracias, sabia, sabemos al peligro al que os exponéis- añadió Dalia en un tono igualmente débil.
--No es nada, niñas, no os preocupéis- respondió Relia sonriendo, tratando de quitarle importancia a su hazaña, aunque en realidad corría un grave peligro y podría perder la vida si era descubierta.
--¡oh, sabia!, ¡la reina os ha liberado las manos!- dijo la princesa Dalia que acababa de darse cuenta de ello.
--Sí, pero sólo porque quiere, le conviene que le prepare una infusión para su jaqueca- respondió Relia sonriendo tristemente.
Madam era una mujer muy desdichada en su condición de esclava.
Le correspondían las tareas más duras,
Talar árboles cuando era necesario,
Cosa que ocurría raras veces,
Cortar leña,
Limpiar los bosques de matorral y malas hierbas,
Sacar agua de los pozos,
Etc.
era castigada frecuentemente y además debía servir también a las sabias,
lo que no hacía más que recordarle lo que había perdido.
Aquella noche, Madam dormía profundamente en su pequeño catre en los barracones de madera que compartían los esclavos, en una zona apartada de las cuevas donde vivían las sabias.
Se despertó sobresaltada por un extraño sueño.
Creyendo que Daima, a la que le encantaba tener sirvientes y que era su ama cuando Grannie no la necesitaba o estaba ausente y cuando ninguna sabia reclamaba sus servicios, la había llamado, pues finalmente había acabado sirviéndola, como a cualquier sabia, e incluso como a cualquier sanadora si las sabias, cosa rara, se hallaban ausentes, además de las tareas que le habían encomendado, se encaminó hacia su cueva.
Entonces se percató
de que su ama estaría a aquellas horas en plena expedición de las sabias en busca de la princesa.
La mujer había soñado que la sabia Relia estaba atada en una mazmorra.
El sueño no le precisó el lugar,
pero al despertar recordó claramente cómo eran las mazmorras rokienses donde en algún momento había sido encerrada por no obedecer a Orgai, y entonces comprendió que se trataba del mismo sitio.
“Relia está en apuros, y fue mi amiga, tendré que ayudarla”- pensó Madam.
La bruja nunca había vuelto a pisar las mazmorras rokienses y sintió una punzada de temor, pero no le importó.
Tampoco sabía cómo iba a ser recibida, ni siquiera sabía si podría escapar para dirigirse a Rok, pero confiaba en su intuición y en su suerte para discurrir un plan.
En ese momento recordó a Mílem, una vieja amiga suya que quizá pudiera ayudarla si Orgai no la tenía castigada o estrechamente vigilada, pues era una joven valiente y rebelde.
Madam, a pesar de que para todos era una bruja, creyendo que era su destino salvar al país,
Y aunque aquello pudiera acarrearle la muerte,
Ya no tenía nada que perder,
Decidió hacer caso a su sueño y auxiliar a la sabia,
Pues poseía un talento especial para detectar y tener sueños premonitorios,
Y sabía que éste lo era,
Así que huyó de Sofía
Llevándose lo poco que poseía o, mejor dicho, que le habían prestado mientras fuera esclava:
una tosca tela de grueso paño con la que se envolvía, y que era la que usaban los esclavos en Sofía,
y unos zuecos de madera y esparto por calzado,
pues al no ser una sabia no podía llevar la faldilla de hojas característica de éstas.
Como no llevaba provisiones, tuvo que malvivir comiendo lo que podía,
Pues trataba de evitar ser vista por cualquier persona que pudiera reconocerla.
Así pues, huyó con la esperanza de no ser descubierta
y de llegar a tiempo para salvar la vida de la sabia Relia,
que había sido descubierta por la reina Orgai, y que ahora ejercía como sanadora en el reino Rokiense, según ella había podido deducir de lo que le había indicado su sueño.
Además, de todos era sabido que Relia era la mejor amiga de la reina,
quizá ayudarla, aunque Madam no tenía muchas esperanzas de que así fuera, le atraería de nuevo su favor.
La mujer tenía miedo de que al día siguiente si no la veían las doncellas sospecharan que se había escapado.
Sabía por experiencia que podían buscarla y que la encontrarían.
Existían muchas formas de llegar a Rok por diversos caminos y atajos en el bosque, y Madam conocía algunos de ellos, además del que Helya le había enseñado,
pues a todas las sabias les gustaba explorar los bosques
y siempre se podían descubrir lugares y cosas nuevas.
Para no ser descubierta, Madam evitó los caminos donde sabía que las doncellas estarían vigilando, pues, aunque rara vez las veía,
Ya que se ocultaban muy bien y jugaban con la ventaja de que Madam sabía que la estarían vigilando aunque no pudiera verlas,
La bruja sabía por conversaciones oídas a medias dónde solían estar.
Evitar a las doncellas suponía tomar el camino más largo y sinuoso que llevaba a Rok.
Tras caminar durante largos días, Madam, con los pies ensangrentados, llegó por fin al reino rokiense.
Suponiendo, ya que conocía a la reina Orgai, que la sabia estaría en las mazmorras,
Pues imaginaba que Relia no serviría a Orgai fácilmente,
Se encaminó hacia el palacio real, que conocía muy bien.
Una vez allí, con la cabeza baja para ocultar el rostro a cuantos pudieran reconocerla, y simulando ser la esclava dócil que antaño había sido,
se dirigió a las mazmorras.
Cuando llegó al gran pasillo que conducía a las celdas,
se encontró a una de las esclavas de Orgai, que había sido íntima amiga suya, Mílem, que fregaba de rodillas el áspero suelo de deslucida plaqueta
que cubría los pasillos que conducían a las mazmorras.
La joven estaba desnuda y expuesta a las lascivas miradas de los guardias que custodiaban a los prisioneros,
Pero que no se privaban de mirar de reojo a la esclava que, además, era muy hermosa.
Madam sabía que Mílem debía de haber hecho algo que su ama consideraba espantoso para sufrir aquel humillante y vergonzoso castigo.
Los verdugones que vio en el cuerpo de su amiga cuando se acercó no hicieron más que confirmárselo.
Cuando Madam había visto por última vez a Mílem,
Algún tiempo atrás,
ésta era una joven alta y esbelta, rubia y de unos chispeantes ojos verdes.
Ahora, su amiga estaba muy encorvada y su cabello incluso había adquirido un tono ceniciento.
La miró a los ojos y se dio cuenta de que su mirada se había apagado.
La joven era rokiense, pero por alguna razón desconocida, Orgai la había tomado como esclava.
Mílem se arrastraba de rodillas
con la cabeza baja y concentrada en fregar el suelo para que quedara reluciente,
pues si no brillaba le pegarían una paliza,
además si miraba al suelo no se fijaba en que los guardias la estaban mirando,
por lo que se sobresaltó al oír la voz de su amiga.
--Mílem, ¿qué has hecho?- susurró Madam al llegar hasta ella.
--Madam… que sorpresa- respondió Mílem cuando pudo hablar.
Luego levantó la cabeza para mirar a su amiga,
Pero por miedo a ser descubierta, volvió a bajarla al instante.
--Grannie me descubrió, pero sólo me esclavizó. He huido para rescatar a Relia, ¿está ahí dentro?- preguntó Madam señalando a las mazmorras como si no lo supiera.
Sin embargo, hacer aquella pregunta implicaba que lo sabía,
pues había muchos lugares donde Orgai podría tener ocupados a sus esclavos, y este detalle no pasó inadvertido a su interlocutora.
--Sí, ¿cómo lo has sabido?- preguntó Mílem.
--Tuve un sueño. Relia… ¿sirve a Orgai?- inquirió Madam.
--Sí, pero sólo para curar, Orgai la ha encerrado ahí dentro para evitar que se fugue, según tengo entendido.
Entonces Mílem se fijó en el rastro de sangre
que su amiga dejaba tras de sí al pasear mientras hablaba, pues sus zuecos tenían ya varios agujeros debido al uso.
Sabía que tendría que fregar aquella sangre, pero en ese momento no le importó.
--Madam, ¿te has visto los pies?.
--No, pero no importa.
Mílem la miró con impotencia.
--No tengo nada para aliviarte, y no puedo robar nada, ahora no, ya estoy cumpliendo un castigo, si cometo otra infracción ahora….
Madam no necesitaba que su amiga le contara cómo se las gastaba Orgai.
--Tranquila, ya me recuperaré sola, no pasa nada- dijo a Mílem.
Las esclavas como Madam y Mílem no tenían acceso a los remedios que usaban las sabias salvo que se los pidieran a ellas o los robaran, había pocas sabias sofienses en el palacio real de Orgai y probablemente la reina las tendría vigiladas para que no ayudasen a nadie, especialmente si eran esclavos, aunque siempre podían ayudarles discretamente, pero las dos mujeres no querían causar problemas a una sabia, y Relia, una de las pocas mujeres valientes que se atrevería a ayudarles, estaba en las mazmorras y bastante trabajo le costaba hacerlo, aunque ni Madam ni Mílem sabían de sus ayudas clandestinas.
Además, Madam ya no era sabia, por lo que ya no tenía derecho a buscar remedios bajo pena de muerte.
Los guardias hablaban entre sí y no les prestaban la menor atención.
Al fin y al cabo eran dos mujeres,
una de ellas esclava, y la otra no parecía peligrosa ya que era anciana, o al menos eso creían los guardias, que seguramente no la habrían reconocido y que probablemente nunca habían visto a una sabia al tener que vigilar a los prisioneros desde fuera de las mazmorras.
Mílem sabía que Madam era sabia, pero nunca se lo había creído del todo.
--¿hay alguna manera de sacarla de ahí?- preguntó Madam.
--Podemos hacer dos cosas: ¿tú tienes poderes mentales?- preguntó Mílem un tanto incrédula, aunque lo disimuló muy bien.
--Sí.
--Bueno, podemos ganarnos la confianza de Orgai o podemos avisar a las sabias.
--No me convence demasiado ganarme la confianza de la reina Orgai, ni siquiera con mis poderes mentales, me conoce, la serví durante años, no funcionaría.
¿dormimos a los guardias con alguna hierba?- sugirió Madam.
--No es mala idea, pero sólo somos dos mujeres, dos esclavas, y podrían descubrirnos.
Mílem siempre era cautelosa.
--Lamento no tener aquí ninguna hierba, ni para dormir a los guardias ni para curarte- dijo Madam.
--No pasa nada- contestó Mílem.
--No me atrevo a robarle hierbas a una sabia,
* si Grannie se entera… me prohibieron ejercer como sabia,
me azotaron,
me enjaularon para servir de escarnio público,
me esclavizaron,
me prohibieron hablar con la reina, me exiliaron a los bosques de Rok
y
me declararon bruja- confesó Madam.
--Dudo mucho que aquí salvo que la sabia sea sofiense tengan plantas curativas- le recordó Mílem.
--Tienes razón, y esa empresa sería muy arriesgada, buscar a una sanadora sofiense podría traernos la ruína- convino Madam.
--Lo sé, no te preocupes, soy fuerte, me he recuperado de palizas peores- respondió Mílem con una sonrisa dirigida a su amiga.
Para simular que realizaba su trabajo,
Mílem fregaba el suelo de vez en cuando recorriendo el estrecho pasillo, aunque siempre volvía al lugar en que se encontraba Madam, que se había parado, para conversar con ella, mientras pasaba el cepillo por las valdosas como si aún tuviera mucho que limpiar, y siempre que los guardias no las estuvieran mirando a las dos.
Madam se ocultó a la vista de los carceleros en un rincón donde había poca visibilidad,
y allí se había parado.
--Madam, ¿puedo preguntarte algo?- inquirió Mílem.
--Claro,
* pero no pronuncies demasiado mi nombre, he sido esclava de Orgai y mi nombre es reconocible, toda precaución es poca,
* aunque mi aspecto es el de una anciana, espero que nadie me reconozca aquí, aunque tú sí lo has hecho- Dijo Madam mirando a Mílem con gesto preocupado.
--¿cómo pudiste dejar de ser sabia y ser bruja o lo que quiera que hicieras?.
--Te lo contaré, confía en mí, no es lo que parece- respondió Madam.
Madam sonrió ante la ingenuidad de su amiga, que, obviamente, no sabía gran cosa sobre las sabias.
Entonces se dio cuenta de que nunca habían hablado demasiado sobre ese tema, también porque a Madam no le interesaba que se supiese su condición, aunque a Mílem sí se lo había contado.
--Digamos que conozco muchas plantas
Curativas y venenosas
y así es más fácil simular ser una cosa u otra de las que no soy, pero mi corazón está con las causas justas.
--¿por qué te tomó Orgai como esclava?- preguntó a su vez Madam.
--Porque era muy guapa, simplemente. La reina Orgai es así.
--No sé si creerte, es un motivo tan superficial….
Mílem se ruborizó hasta la raíz del cabello antes de contar la verdad a su amiga, nunca se lo había dicho, era otro de sus secretos, igual que Madam los tenía, pero había llegado el momento de compartirlos.
Nunca se lo había contado porque era un tema muy delicado al tratarse del honor, y Mílem había sido juzgada por ello al faltarle al respeto a una mujer, aunque Mílem era inocente, pero las sabias y jueces rockienses no lo vieron así y fallaron a favor de la mujer.
Era un delito pequeño, pero se convirtió en una carga con el tiempo, debido al impago por parte de Mílem.
Mílem suspiró antes de proseguir:
--Está bien, contraje una deuda de honor con una mujer,
Debía pagarle un dinero por haberla deshonrado públicamente,
Pero no disponía de ese dinero.
La mujer me esclavizó,
Y una vez pagada la deuda en sesenta días de trabajo,
Como andaba mal de dinero,
La mujer me vendió y la reina Orgai me compró, maldita la hora,
Y yo que pensaba que siendo esclava de la reina estaría mejor.
--¿has intentado escapar?- preguntó Madam.
--Sí, pero siempre me han descubierto,
por eso ahora estoy aquí fregando desnuda- respondió Mílem con una apagada sonrisa.
--¿lo has intentado bajo la protección de una sabia?- insistió Madam.
--No, ni quiero, mira lo que le ha pasado a Relia.
--Bueno, ¿me harías un favor si yo te lo pido?- dijo Madam.
--Por supuesto.
--Si las sabias saben que he huido me matarán,
* no temo que lo hagan, pero por suerte ahora muchas buscan a la princesa Dalia….
--Está aquí con ellos- la interrumpió Mílem.
--¿ellos?- preguntó Madam.
--En las mazmorras hay muchos esclavos, un joven, un anciano, una mujer joven, la princesa Dalia y una niña a la que llaman Dara, y Relia entre otros- dijo Mílem.
--Hazme un favor- continuó Madam - yo
* trataré de saber qué soldados las capturaron y veré si pueden ayudarme, tú avisa a las sabias, te llevaré hasta Gángara y desde allí seguro que alguien te indica el camino, he sido sabia, pero no le menciones a nadie mi nombre.
--Pero Grannie me matará, no soy una sabia- dijo Mílem.
--No lo hará,
dile que has visto cómo las capturaron y que has huido para contárselo, no podrá negarse a ayudarte, el hecho de que seas rokiense no importa en este caso.
--No sé cómo agradecértelo, Madam.
--Muy sencillo, guarda el secreto, no quiero que se enteren de que he huido,
* De que he venido a hablar contigo ni de lo que estamos hablando ahora,
* Absolutamente de nada.
--Eso está hecho, querida amiga.
--Pero Madam, ¿qué pasará si los soldados no te ayudan?- insistió Mílem.
--Volveré a Sofía para que no descubran que he huido.
--Pero no puedes llevarme a Gángara, es un lugar secreto, ¿no?- le recordó Mílem, que algo había oído al respecto.
--Tienes razón. Te llevaré lo más cerca que me sea posible.
--¿has pensado ya en cómo escapar?- inquirió Mílem.
--No, pero ya se nos ocurrirá algo. ¿sabes nadar?.
--Sí, todos los rokienses sabemos hacerlo.
--¿y bucear?.
--También.
--Las sabias han ido en busca de la princesa, pero no sé dónde se encontrarán ahora,
--vete a Sofía, allí alguna sanadora te ayudará, es el único lugar seguro.
--¿y por qué no nos vamos juntas?, no creo que los soldados te ayuden.
--Tengo que intentarlo, Mílem.
--¿por qué querías saber si sabía nadar y bucear?- se interesó Mílem.
--Porque podría llevarte a algún sitio cerca de Gángara y las sirenas y delfines te ayudarían.
Mílem la miró pensativa.
--No me convence la idea, si estoy muy cerca de Gángara y me descubren… a saber lo que podría pasarme.
Corrían entre los esclavos leyendas de delfines y sirenas que mataban a cualquiera que no fuese una sabia y que osara entrar en Gángara sin permiso.
Madam era sabia y sabía que esos rumores que circulaban no eran ciertos,
O al menos no del todo, pues siempre eran aventureros que querían dañar la naturaleza los que acababan muertos,
Pero a su vez temía que, si se embarcaba en aquella temeraria aventura, quizá revelase más de lo que debería,
Y a pesar de todo lo que había pasado,
Sentía un reverencial respeto aún hacia las sabias y hacia su pueblo,
Y no quería defraudarlos.
Madam sonrió sin ganas, sabía que en el fondo su amiga tenía razón, y así además ella se libraría de toda sospecha si alguien descubría algo de lo que no debía,
pues no sería ella quien lo difundiera.
--Tengo una idea, si vamos las dos a buscar cubos para llenarlos de agua para fregar yo el suelo, llegaremos a un pozo que hay en una colina en la superficie y podremos escapar,
hazte pasar por esclava- le recomendó Mílem.
--Llevo siéndolo mucho tiempo, no te preocupes,
sabré hacerlo- dijo sonriendo a Mílem- pero no es una buena idea, si nos descubren sabrán que he huido, quiero que te vean a ti sola.
Mílem no entendía aquel interés de su amiga en que nada se descubriese,
La conocía lo suficiente como para saber que tarde o temprano querría tener su reconocimiento,
Pero en el fondo sabía que su amiga tenía razón y que el asunto no debía saberse.
A veces pensaba que no sabía tanto de Madam como le hubiera gustado,
Pero entonces se recordaba que ella era una simple esclava y su amiga una sabia,
Y que sus razones tendría para no contarle aquello que no quería revelarle.
Mílem no podía creerse realmente que su amiga fuera una sabia, pero así era.
Mílem quería huir, pero no sólo por ella,
Su amiga Madam le había salvado la vida en varias ocasiones,
Además de haberle evitado más de un lío por su influyente posición con la reina,
Más incluso de los que la joven sabía,
Pues ella era simplemente una esclava,
Una lavandera de la reina, no una sabia,
Pero también sabía que si quería tener la menor posibilidad de fugarse necesitaba a su amiga,
Por lo que se devanaba los sesos buscando una solución para escapar que no fuera demasiado arriesgada para las dos.
Ella no temía el riesgo, pues estaba dispuesta a arrostrar cualquier peligro,
Y sabía que Madam, que ya no tenía nada que perder,
También estaba dispuesta a afrontar cualquier riesgo.
A Mílem le extrañaba que su amiga estuviese allí,
Pero la conocía bien y sabía que si estaba allí sería por alguna causa justa,
Por lo que decidió fiarse de lo que ella le contara y no seguir indagando,
Ya habría tiempo de preguntarle en otra ocasión,
Ahora era tiempo de buscar un modo de salir de allí,
Y ella estaba dispuesta a ayudar a su amiga hasta el final.
--Marchémonos juntas,
y que cada una recorra la distancia necesaria como para no encontrarnos nunca una vez que lleguemos al bosque- dijo Mílem tras un pensativo silencio de ambas mujeres.
* Buena idea- aprobó Madam.
Capítulo 9. Una expedición accidentada:
Los caballos galopaban todo lo que les permitían sus patas sobre la resbaladiza nieve,
pues el crudo invierno se había adueñado del bosque por el que las sabias caminaban.
Debían llegar a la orilla del mar de Marmira para descender hacia los dominios de la reina Orgai lo antes posible, pues la vida de la princesa estaba en juego.
Cuando llegaron a una tranquila playa,
las sabias dijeron a los caballos que ya podían regresar a Sofía.
Ahora tocaba nadar.
El clima era inclemente y las sabias no podían controlarlo a pesar de sus poderes, sin duda la reina Orgai estaría usando los suyos.
Cuando ya iban a lanzarse al agua, vieron aparecer a un grupo de soldados de Orgai, seguramente para realizar alguna incursión,
Pero tal y como estaban las cosas, muchas sabias supusieron que los soldados estaban al corriente de todo.
--¡capitana Marsia!, ¡guiad a las doncellas y que los genios os acompañen!- animó Grannie.
La capitana Marsia era una sabia muy respetada por sus poderes mentales que se ocupaba de guiar a las doncellas en la lucha armada y de ayudarles a ganar las batallas.
Varios soldados murieron luchando y fue imposible capturar prisioneros.
Pero las peores noticias estaban aún por llegar:
--¡madre!, ¡Helya está herida!- dijo Sulina, una compañera de la doncella.
Así era, la mensajera tenía un feo tajo en su ensangrentada espalda y parecía estar inconsciente o, al menos, no se movía, pero sí respiraba.
--Echadle un vistazo- ordenó Grannie a las sabias mientras corría hacia el lugar en que estaba la herida para reunirse con ellas.
--Le han clavado una de esas espadas envenenadas que provocan la muerte en cuestión de días- informó Yakut.
--Yakut, Gabriela,
Improvisad una camilla con varas de bambú y lianas, de eso hay mucho en este bosque,
llevadla de vuelta a Sofía y avisad a Blaille, es la única sanadora que puede curarla, Relia está muy lejos- ordenó la reina.
--Yo las acompaño, no quiero que les ocurra nada- dijo Sulina.
--Está bien- aprobó Grannie.
Entonces,
sabias y doncellas se movilizaron para recoger las plantas requeridas al comprobar, consternadas, el delicado estado de salud de su compañera.
Las sabias,
cansadas por el trabajo que les suponía intentar curar a la doncella,
pues el esfuerzo que implicaba el uso de sus poderes mentales las dejaba agotadas,
decidieron posponer la invasión,
pues muchas decían que su percepción les indicaba que se aproximaba una ventisca,
y construyeron tiendas para todas hechas con cañas de bambú, lianas y hojas de palmera,
a las que se retiraron a descansar,
mientras seis doncellas llevaban a Helya en camilla hacia la tienda de la reina Grannie,
pues ésta quería tenerla cerca,
y además era sin duda la más fuerte de las sabias presentes en los talentos curativos.
La reina pidió a Yakut y a Gabriela
que compartieran la tienda con ella para velar por turnos los sueños de Helya.
Las demás doncellas también iban a visitarla de vez en cuando.
Las sabias estaban tranquilas,
pues las doncellas no sólo hacían el trabajo de los sirvientes, ya que no había ninguno,
sino que además, hacían guardia fuera del campamento e incluso recogían leña, buscaban frutos y setas para comer y encendían el fuego fuera de las tiendas,
para que las sabias sólo se ocupasen de recoger las plantas medicinales
necesarias para curar a Helya, aunque era invierno y las hierbas escaseaban, por lo que las sabias debían utilizar las que llevaban consigo en polvo metidas en frascos, si bien no podían curarla, sólo mantenerla con vida dándole masajes, agua, comida, limpiándole las heridas y lavándole y quitándole el vendaje que Yakut le había puesto y que debía cambiarse cada diez minutos, pues las heridas supuraban pus y sangre, y también le daban azucaradas tisanas de hierbas, algunas de ellas tranquilizantes, para calmarle el dolor y ayudarle a dormir.
Algunas veces
permitían a las doncellas ayudarlas para que no creyeran que eran unas inútiles,
aunque nunca revelaban las hierbas que utilizaban, para eso eran sabias.
Tuvieron que quedarse allí durante varios días debido a la tan temida ventisca que muchas sabias habían previsto y que las retuvo en aquel lugar, incluyendo a las que se llevaban a la doncella herida, a pesar de la gravedad de su estado.
Capítulo 10. Mares y montañas:
Mílem y Madam lograron huir de la reina Orgai.
Madam, por ser una esclava huida, se vio obligada a refugiarse en el bosque sin dejarse ver, y finalmente llegó a Sofía sana y salva y continuó siendo esclava, pues nadie se dio cuenta de su fuga,
Ya que las doncellas estaban muy ocupadas con la expedición de las sabias,
Por lo que Madam se quedó entre Rok y Sofía sirviendo a las escasas sanadoras que quedaban y que no se habían unido a la expedición.
Pasado un tiempo, Madam, que echaba de menos su libertad, empezó a plantearse una nueva fuga, pero temía fracasar en su intento y no confiaba en nadie lo suficiente como para confesarle sus anhelos.
--Madam, lleva esto a Klimda de mi parte, me ha dicho que su pierna le duele mucho- le ordenó Ana una tarde.
Ana era una de las pocas sanadoras que se había quedado en Sofía, y también era de las pocas que trataba a Madam con respeto, le daba órdenes, pero sin humillarla y siempre con una sonrisa, pues consideraba excesivo el castigo que las sabias le habían impuesto.
Ana tendió a Madam un pesado cesto de mimbre repleto de frascos de hierbas.
El cesto también contenía una jarra de agua, un tarro lleno de hongos cocidos para la cena y unos pastelillos de miel y frutas del bosque, una especialidad de la sanadora, pues la anciana Klimda no podía ir al bosque a recoger comida en el estado en que se encontraba.
--He metido también yesca y una lámpara de manteca, por si te quedas sin luz, te doy permiso para pasar la noche con Klimda, si ella te deja, así de paso la cuidas si se encuentra mal, ah, y llevas también unas vendas por si las necesita. No olvides la vara de bambú, te vendrá bien para caminar- le aconsejó Ana.
La anciana sanadora trataba a Madam como si fuera su hija, aunque tenían la misma edad, pero su condición de esclava la hacía vulnerable, a entender de Ana.
--Sí, sabia- respondió Madam con cierto dejo de añoranza en la voz al pronunciar el título.
Era tan respetuoso siendo una esclava llamar a una sabia ama como por su título, y, aunque Madam debía llamar ama a cualquier sabia, Ana le había pedido que no le llamase ama y, además, a Madam le habría sido muy difícil llamarla ama tratándose de ella.
Los esclavos debían llamar amo a cualquiera, pues siempre eran inferiores a cualquier persona.
Sin embargo, el hecho de que Madam llamara sabia a Ana, lo que siendo sanadora era una muestra de respeto sumo, así como el hecho de que la llamara por su nombre por petición expresa suya,
debía permanecer en secreto, ya que podría causar problemas.
El hecho de que Ana le hubiera pedido a Madam que la llamara por su nombre de pila era algo poco habitual en una sanadora,
pues a todas, lo merecieran o no, aunque fuera prepotencia, les gustaba ser llamadas sabias, y era así como las llamaba el pueblo que no las diferenciaba de las sabias,
pero Madam no se había atrevido a tanto y prefería emplear el respetuoso título de sabia, lo que ya le parecía muy osado,
teniendo en cuenta que, por ser esclava, debería llamar ama a cualquier persona, especialmente a cualquier sabia o sanadora.
La distancia que separaba la cueva de Ana de la casita en la que vivía Klimda era generosa.
Su cabaña se hallaba en la cima de una colina a varios kilómetros de la casa de Ana.
La historia de la anciana Klimda era peculiar:
Había sido doncella en su juventud hasta que perdió parte de una pierna en una batalla.
Grannie le estaba muy agradecida, pues le había salvado la vida, pero su relación no era buena, pues Klimda era de las pocas personas que se atrevían a criticar a la reina.
Pero por si fuera poco, Klimda había tenido los talentos curativos propios de una sabia, pero le faltó la oportunidad de que una sanadora le enseñara.
Lo habitual hubiera sido que Klimda perdiera sus talentos, pero la realidad fue que la mujer siguió interesándose por las hierbas aunque no tuviera una maestra que le enseñase.
A veces fingía dolencias para acudir a una sabia, pues en ocasiones a las sabias se les escapaban las hierbas que usaban, de modo que sabía algo de plantas, más que la mayoría de la gente del pueblo.
Tanto sabias como doncellas la trataban con cierto recelo, pues era una mujer solitaria desde que había perdido parte de su pierna, en parte debido a los fuertes dolores que sufría.
Por suerte, las sabias no sabían que ella conocía algunas de las plantas que utilizaban.
Era una mujer de espíritu indómito y rebelde, que no tenía pelos en la lengua a la hora de criticar lo que no le gustaba, y era de las que creía que las sabias habían sido injustas con Madam.
Su experiencia durante veinte años como esclava rokiense, una de las pocas doncellas a las que habían capturado, influyó en su carácter.
--Ama, os he traído…- intentó decir Madam a la puerta de la casa de Klimda.
--Te he dicho muchas veces que no me llames ama- dijo Klimda sonriendo desde la puerta sin abrirla, pues había reconocido a Madam por la voz, ya que Klimda era otra de las que le permitía a Madam llamarla por su nombre de pila, y ésta lo hacía porque no era una sabia.
Madam le devolvió la sonrisa, que Klimda atisbó desde la puerta, y volvió a empezar:
--Klimda, la sanadora Ana me manda traerte esto- anunció por fin Madam.
A Madam el paseo se le había hecho agradable, pues le encantaba aquel paraje, aunque tuviera que utilizar su vara para apartar los matorrales que de otro modo le impedirían pasar, además, la compañía de la anciana era siempre reconfortante.
--Pasa, Madam- dijo la anciana riéndose a carcajadas mientras se acercaba a abrir la puerta apoyándose en su bastón- el fuego arde en la chimenea, y estarás agotada.
--Lo estoy- admitió la esclava- y tengo permiso para quedarme esta noche contigo, si me lo permites.
--Por supuesto, así me harás compañía.
Madam dio el cesto a Klimda y ambas compartieron la cena y los deliciosos pastelillos.
A Madam no le cabía duda de que Ana le enviaba aquella cena
A Klimda porque era su obligación como sabia mantener a sus semejantes.
Pocos sabían que Ana era una de las pocas amigas de Klimda,
pero la sanadora también estaba algo mayor y ya no podía ir a verla, por lo que mandaba a Madam, que aún estaba ágil y que era su esclava, Ana nunca había tenido sirvientes, para hacerle el recado.
Madam y Klimda se habían hecho amigas por las veces que se habían visto, pues no era la primera vez que iba a su casa a llevarle comida de parte de Ana,
aunque no por eso Madam iba a creerse que eran amigas, cualquier sabia lo haría, y eso era algo que a ninguna de las dos, ni a Ana ni a Klimda, les interesaba que se supiera.
Pero el hecho de que fueran amigas Ana y Klimda no justificaría
que Ana consintiera en lo que iba a ocurrir.
--Madam, hay algo en tus ojos… ¿estás planteándote una fuga?, yo también fui esclava durante veinte años y sé de lo que hablo- dijo Klimda mientras cenaban.
Madam asintió.
--Bien, te ayudaré, me duele la pierna, pero aún puedo hacer algo apoyándome en mi bastón- contestó Klimda.
--No es necesario, no quiero meterte en problemas ni que te ocurra nada- dijo Madam.
--¿quién iba a acordarse de esta pobre anciana?.
Klimda sacó del cesto uno de los frascos de hierbas y preparó una tisana.
--El árnica es muy buena para los dolores, especialmente si son articulares,
y para los golpes- dijo mientras olía la infusión y empapaba un paño en ella antes de masajearse con dicho paño su dolorida pierna.
Luego sacó otro frasco de hierbas, en este caso té, y preparó una cocción que sirvió en dos tazas tendiendo una a Madam.
--¿conoces las plantas?- preguntó sorprendida Madam.
--Sí, algunas, no perdí del todo los talentos curativos que los genios me dieron, aunque nadie pudo enseñarme, pero guarda el secreto, acudí a las sabias fingiendo dolencias para enterarme de las plantas que usan, algunas lo cuentan aunque no deberían, sé que tú fuiste una sabia y tampoco lo aprobarás,
pero no se lo digas a nadie- pidió Klimda.
--Descuida, no se lo diré a nadie, aunque no lo apruebo, por supuesto.
--Bueno, y en cuanto a tu fuga- dijo Klimda mientras daba pequeños sorbos a la infusión- por detrás de mi casa hay un inmenso bosque
y es tan grande que ninguna doncella te encontrará.
Sin duda hablaba la voz de la experiencia, y Madam decidió hacerle caso.
--Si quieres puedes quedarte en mi casa o venir siempre que lo desées,
si vienen las doncellas a preguntar, yo no sé nada- dijo Klimda.
--Gracias, me quedaré en el bosque, no quiero causarte problemas, pero gracias por tu silencio- dijo Madam.
Entre tanto, Mílem recorrió valles y montañas hasta caer sin fuerzas.
Una mañana particularmente fría, una hambrienta mujer con los pies ensangrentados llegó a la modesta cabaña de una pastora:
Llamó suavemente a la puerta.
--¿quién es?- preguntó sorprendida la pastora, poco acostumbrada a recibir visitas en plena montaña.
--Me llamo Mílem, por caridad, ¿no tendrá algo para comer que darme?- preguntó la mujer con voz suplicante.
--Claro, entrad, buena mujer, necesitáis calentaros- respondió la hospitalaria pastora,
que casi se desmaya al ver el lamentable estado general de su huésped, especialmente sus pies ensangrentados y su extrema delgadez.
Mílem comió carne de oveja, bebió leche y se llevó un trozo de queso.
La pastora le dio un trozo de lana para abrigarse y le huntó los sangrantes pies con manteca caliente.
Además, le dio una taza de té para que dejara de temblar.
--¿cómo puedo agradecéroslo?- preguntó Mílem.
--No tenéis que agradecerme nada, buena mujer, he hecho una obra de misericordia.
--que la madre Naturaleza y los genios os la premien. No quisiera seguir importunándoos,
pero ¿podríais indicarme cómo llegar al mar?- preguntó Mílem.
--¿al mar?, sí claro, pero tened cuidado, en esas orillas viven gentes muy extrañas- le advirtió la pastora.
Siguiendo las indicaciones de la hospitalaria mujer, Mílem llegó a las orillas del mar de Marmira, que debía cruzar para llegar a Sofía.
Con aquel tiempo invernal,
le resultó imposible hallar una barca de pescadores que la cruzara, así que se vio obligada a zambullirse en las gélidas aguas.
Tardó una semana en cruzar el mar, haciendo paradas regulares para comer pescado crudo o para detenerse en alguna isla a ingerir algunas frutas
y, exhausta, llegó a un pueblecito de pescadores de la otra orilla.
Un joven pescador que recogía sus redes la halló desvanecida en la playa y la llevó a su casa.
Esposa, me he encontrado a esta joven en la playa, prepárale algo de comer- dijo a su mujer.
Mílem se repuso pronto, y entonces uno de los hijos del pescador le dijo a su padre:
--Papá, ¿por qué no cuentas la historia de tu abuelo Gul?.
El pescador suspiró tristemente.
No le gustaba que para su hijo aquella historia fuera tan atractiva porque se refería a su abuelo,
Pero entendía que exaltaba la imaginación del pequeño.
Mílem escuchó atentamente mientras devoraba un trozo de pescado:
--Mi abuelo era un joven fuerte y ágil, pescaba perlas, como yo, de hecho, he ido a llevarles perlas a las sabias en varias ocasiones,
pero un día desapareció sin dejar rastro, pensamos que la reina Orgai lo encontró y lo habrá tomado como esclavo.
--Esposo- le interrumpió su mujer- ¿no será mejor que lleves a esta mujer a que la vean las sabias que están acampadas en la playa?, a lo mejor necesita de sus cuidados.
El hombre asintió y se llevó a Mílem al campamento de las sabias.
La dejó a una cierta distancia para irse a pescar perlas, pero le indicó el camino.
El campamento formado por tiendas bajas estaba guardado por varias doncellas.
Mílem, al verlas, creyó que eran soldados, pues iban armadas, y arremetió contra ellas con su cuerpo.
Entre cuatro doncellas la condujeron atada ante la reina Grannie.
--Madre, esta mujer ha intentado matarnos- dijo Asilda.
Asilda era una canosa doncella,
con el rostro surcado de cicatrices,
que había sustituído a Helya mientras ésta no se recuperaba como mensajera y guardia personal de la reina,
aunque era algo menos eficiente y algo más corta de entendederas que su compañera, pero hacía relativamente bien su trabajo.
Grannie sonrió.
--¿por qué no la habéis matado?- preguntó sorprendida y divertida la soberana.
La situación podría ser peligrosa para su vida, lo que sin duda era una grave falta por parte de las doncellas, pero no dejaba de ser cómica, una mujer sola y desarmada luchando contra varias doncellas bien equipadas.
* Lo que más sorprendió a la reina fue la tranquilidad e ineficiencia de Asilda,
* pues cualquier otra doncella habría matado a alguien con menos motivo
* por acercarse a la reina con intenciones no demasiado claras,
* pero al menos la habían atado fuertemente y no podría escapar si era una espía rockiense,
* algo probable en aquel estado de cosas, y, si resultaba ser una buena persona, simplemente le pedirían disculpas.
--Porque viene desarmada y, a pesar de haber arremetido contra nosotras, algo incomprensible, el caso es que no es una sabia, quizá quiera deciros algo- respondió Asilda.
--¿por qué intentaste matar a las doncellas?- inquirió Grannie.
--Creí que eran soldados enemigos, señora- respondió Mílem.
--¿a qué has venido?- preguntó Grannie sorprendida al ver que la llamaba señora,
un título que también le daba su pueblo, y que resultaba extraño si se utilizaba como título y no como forma respetuosa viniendo de aquella desconocida.
--Soy esclava de la reina Orgai y….
Mílem no pudo empezar su historia con una frase menos afortunada.
Como si de una yesca se tratase, la tensión se notó en los rostros de todas las sabias.
--¿te envía ella?- preguntó Grannie tratando de mantener la compostura, Pues ya se imaginaba que la reina Orgai lo sabía todo.
--No, señora, quiero huir de ella, soy rokiense, pero ayudadme, os lo suplico- imploró Mílem.
--Está bien, Alisea, échale un vistazo.
Cuando Mílem estuvo curada, indicó con un gesto que quería hablar:
--Con permiso, señora,
* he visto cómo Orgai capturaba a la sabia Relia y también he visto que con ella están varios esclavos, un anciano, una mujer joven, y dos niñas a las que llaman Dara
y la princesa Dalia.
Grannie palideció un instante y luego dijo:
--Gracias, antes de que os marchéis, lleváosla a Sofía- dijo a las sabias y doncellas que iban con Helya.
Capítulo 11. En las mazmorras:
Las sabias lograron superar la ventisca y llegaron con Helya moribunda ante Blaille, pero ni siquiera ella podía curarla, sólo mantenerla con vida.
Mientras tanto, en los dominios de la reina Orgai, los infortunados sufrían sus castigos:
--¡traed a mi presencia a esos esclavos!, van a olvidarse de escapar- dijo la reina Orgai.
Mientras los guardias bajaban a las lóbregas mazmorras,
Por cuyas paredes y suelo entraba el agua cuando subía la marea,
Lo que infestaba los abitáculos de ratas y hacía que los presos tuvieran que matarlas o evitar sus mordeduras,
Que por si fuera poco transmitían enfermedades,
Al menos un cadáver de un condenado era arrojado al mar cada día
y otros estaban enfermos o débiles,
y para colmo de males,
los reos debían escalar por las verjas de hierro y permanecer en posiciones incómodas y casi propias de animales arborícolas durante las seis horas que la marea tardaba en bajar,
Lo que hacía aquel húmedo lugar casi inhabitable.
Por si los infortunados no tenían ya bastantes males que soportar,
Las palizas de los guardias eran constantes.
A ellas se sumaban las amenazas de muerte por nímios delitos que pendían sobre algunos de ellos.
Otros, desesperados, habían cometido delitos más graves,
Algunos incluso habían intentado sin éxito suicidarse,
Pero todos tenían algo en común: la desesperanza.
Un sonido común, aparte de las toses, los vómitos, los chillidos de las ratas y las olas del mar, eran las plegarias y cánticos de los condenados a los genios o a la Madre Naturaleza,
Una minúscula brizna de esperanza,
que casi siempre iniciaba el incansable Gul desde su celda.
Los infelices vivían hacinados y mal alimentados.
Las mazmorras se componían de un conjunto de celdas
separadas entre sí por gruesas paredes y vertebradas por un ancho pasillo que los guardias recorrían sin cesar.
Las celdas tenían un pequeño ventanuco por el que pasar la comida, cuantas más literas se pudiesen hacinar en una, mejor,
y dos cubos, uno con agua y otro para hacer las necesidades.
En una de las minúsculas y oscuras celdas,
un joven, que compartía penurias con nuestros amigos, incluída la sabia,
que en aquel momento se hallaba fuera preparando una tisana a Orgai para sus frecuentes jaquecas,
sollozaba amargamente.
--¿qué te ocurre?- preguntó Gul.
--Mañana me darán el brebaje- respondió el desdichado.
--¿qué es eso?- quiso saber Dara.
--Una poción que hace que seamos inmortales, pero sufrimos dolores porque debemos soportar el peso de toneladas de agua de mar, nos dan la fuerza para hacerlo, pero no nos disminuyen el dolor- respondió el joven.
Dara se estremeció.
--¿pero qué has hecho?- preguntó Rebeca.
--Estaba desesperado e intenté matar a la reina, pero no quiero el brebaje, no lo quiero- sollozó el joven.
Era así como se conocía a la cruel poción que obligaba a los hombres a soportar el mar.
--Podemos intentar una fuga- propuso Gul.
--Haré lo que sea, por favor, os lo suplico, llevadme con vosotros- rogó el joven.
--Por supuesto- respondió Gul.
En ese momento llegaron los guardias, soltaron a los esclavos de la pared y los condujeron ante la reina Orgai.
--Bien, habéis intentado huir, los cuatro, y ya os azoté por ello- dijo refiriéndose a Dara, Dalia, Rebeca y Gul.
Los cuatro asintieron.
--Y la sabia Relia os protegió, aunque de esa ya me estoy encargando.
Los cuatro volvieron a asentir.
Detestaban tener que acusar a su compañera como su cómplice, pero sabían que la reina lo había descubierto y, en cualquier caso, no tenían otra opción, pues negarlo sólo les serviría para sufrir terribles torturas hasta confesar.
Les hubiera gustado suspirar aliviados, y lo harían si no conociesen bien a la reina Orgai, pues pensarían que la sabia estaba en mejores condiciones que ellos, de no ser porque no era así, sino que Orgai la había esclavizado y la encerraba con ellos siempre que estaba ociosa,
Por lo que Relia, que en parte se sentía culpable por la situación de sus compañeros y porque ella gozaba de mayor libertad que ellos, aunque no tanta como para planear una fuga,
trataba de ocuparse en curar a sus semejantes siempre que le era posible para evitar el encierro.
--Como la sabia Relia os protegió, aumentaré vuestra condena- dijo fríamente Orgai en tono impasible, como quien habla del tiempo- Sois demasiado jóvenes o demasiado viejos para condenaros a galeras- admitió la reina.
--Quizá seríais buenos pescadores de perlas.
Los esclavos fueron sacados de las mazmorras y en lo sucesivo se dedicaron a pescar perlas.
Gul era sin duda el que más experiencia tenía, por lo que tuvo que enseñarles a todos cómo hacerlo y ayudar a las niñas, que eran las que peor lo llevaban, y que de no ser por él habrían muerto ahogadas varias veces al no saber controlar el aire que entraba en sus pulmones.
Gul era un hombre valiente y fuerte, hasta el punto de cometer una locura:
Corría el rumor entre los esclavos de que a las dos niñas se las iba a condenar a muerte,
Por lo que Gul, que conocía bien qué ostras podrían tener buenas perlas, les enseñó a sus compañeros de fatigas cómo debían de ser.
De la cintura de cada esclavo colgaba una bolsa donde guardaban las ostras.
Era tan valiente, que se quedó con algunas ostras en su cinturón,
Con la esperanza de que sirvieran para pagar el rescate de alguien que lo mereciera más que él,
De las niñas o de la sabia, de quien nada sabían al no estar ya ellos en las mazmorras,
O del infortunado hombre que iba a ser condenado al brebaje,
Cuya sentencia se había aplazado por ser el cumpleaños de la reina Orgai,
Lo que otorgaba al desgraciado unos cuantos días de vida hasta que la reina lo decidiese,
aunque no se había suspendido.
Pero fue descubierto.
--¿por qué te quedaste con perlas para ti, inútil?, ¡las perlas son el bienestar del reino!- le increpó Orgai cuando fue conducido ante ella.
El hombre no sabía qué contestar.
--Este delito es muy grave. Serás abandonado a tu suerte en la isla de Goldar, que te informo de que es una isla desierta, ya que no eres rokiense- dijo la reina.
La citada isla era un lugar legendario al que eran conducidos los condenados rebeldes para morir.
Muchos marineros rokienses decían haber visto las calaveras e incluso los espectros de los condenados,
Por eso no eran pocos los que preferían pasar de largo o rodear la isla.
Se contaba que algunos barcos habían desaparecido para siempre en las proximidades de la tétrica isla,
Y sólo aquellos que navegaban cerca de ella y no podían variar su rumbo,
Como los galeotes,
Sabían de las desdichas de los condenados vivos,
Y veían los huesos amontonados
en la arena o en los rocosos y escarpados acantilados
existentes en aquel infierno que, iluminados por el faro de la isla que evitaba más naufragios al impactar los barcos contra ella,
una isla Que había sido antaño un paraíso natural,
Antes de que los rokienses conquistaran aquel territorio como suyo,
Hacía parecer vivos aquellos montones de huesos.
Aquel faro, que ahora parecía deslumbrar a los barcos que a veces naufragaban allí,
Proyectaba siniestras sombras sobre los esqueletos.
Sin embargo, no eran menos ciertas las historias de fantasmas de atormentados condenados
que se veían en aquella zona,
Y muchos capitanes decían haberlos visto,
Aunque hablar de aquellos temas podía costarles la vida si la reina llegaba a enterarse.
La reina Orgai contrató a soldados montañeses para esta misión, ya que eran muy fuertes, pero no sabían nadar.
Embarcaron a Gul, atado de pies y manos,
En una pequeña barcaza escoltado por soldados.
Debían recorrer un trecho hasta la isla, pero el mar estaba enfurecido y la barca comenzó a zozobrar.
--¡nos hundimos!- gritó un soldado movido por el pánico.
--¡vamos a morir!- gimió otro.
--¿no sabéis nadar?- se extrañó Gul.
Un soldado negó con la cabeza.
--Puedo llegar nadando hasta la isla- dijo Gul tranquilamente.
--¿por qué íbamos a fiarnos de ti?, eres un condenado- dijo un soldado.
--Muy sencillo, porque estamos más cerca de la isla que del continente- explicó Gul.
--Pero si no lo haces estaremos muertos- dijo un soldado.
--Además, en la isla hay tiburones, amigo, espero que te respeten- añadió otro.
--La barca está sobrecargada y el que más pesa soy yo- dijo tranquilamente Gul- si queréis volver con vida, tiradme al mar, iré nadando hasta la isla, si no lo hago, acercaos y matadme.
--Bien, queda acordado- dijo un soldado que parecía estar al mando.
Gul era un hombre de palabra,
y, a pesar de las ligaduras que le unían las manos y los tobillos y que los soldados no le habían quitado con los nervios que habían pasado al estar a punto de hundirse la embarcación, logró llegar a la isla con gran dificultad, sorteando a los tiburones que pretendían devorarlo.
Durante toda su vida, antes y después de ser esclavo, había pescado para sobrevivir, o, si estaba en la montaña, había recolectado frutos y cazado animales.
Ahora debía hacer lo mismo si quería seguir con vida.
Pero no iba a ser fácil.
En aquella isla no existía un solo pozo de agua dulce,
Aunque existieran animales para comer,
Como los peces,
No había una sola fruta ni un solo manantial.
Las únicas plantas que crecían allí eran espinosos matorrales que ni siquiera podían proporcionar agua por su escaso tamaño, y, aunque pudieran hacerlo, el anciano no contaba con una navaja para cortar las espinas, pues Orgai no se la había dado.
Gul se vio perdido.
Una mañana,
cuando había acabado de comerse el único pez que había logrado capturar el día anterior,
Y mientras buscaba cebo para pescar algo que llevarse a la boca,
vio un barco impulsado por la fuerza de varios remos.
Era una embarcación de gran tamaño que seguramente tendría víveres que a sus ocupantes
no les importaría compartir.
La posibilidad de huir era remota,
Pues todo rokiense sabía que aquella era una isla destinada a los condenados,
Y prácticamente ningún pescador que no fuera rokiense se atrevía a ir a aquella isla.
Se acercó cautelosamente y preguntó a uno de los remeros:
--¿podrías dar un poco de agua a este viejo, por favor?.
También era legendaria la poca ayuda que los condenados recibían de otros rokienses,
Sobre todo porque la reina les tenía prohibido ayudarles,
Pero Gul estaba tan desesperado que no le importó preguntar.
--No me toca a mí decidir eso- dijo conmovido el hombre, que esbozó una tímida sonrisa de pesar.
El remero rondaba los cuarenta años y sus musculosos brazos transmitían seguridad.
--¿por qué nos hemos parado?- preguntó
un hombre de más edad que remaba al otro extremo de la barca.
--Un desdichado que pide agua- informó el remero más joven.
--Sabéis que no tenemos tiempo para nimiedades- dijo en tono brusco otro hombre que enarbolaba un garrote y que parecía ser el capataz.
--Si esto es una galera, no era mi intención detenerla- dijo Gul, que había comprendido su error.
--No sé quién será más desdichado,
si estos galeotes o vos- comentó el capataz con una sonrisa al ver el lamentable estado del anciano, un poco apaciguado su malhumor- lo siento, buen hombre,
pero llevo únicamente el agua que necesito para racionarla a mis hombres, al menos ellos tienen comida y bebida, aunque trabajan duro, es de todos sabido que la reina Orgai no es muy pródiga.
--No pasa nada- dijo desesperanzado Gul,
que no quería que el capataz se sintiera culpable por no poder ayudarle.
En realidad, el capataz no era un hombre duro,
Pero sus años al frente de galeras le obligaban a serlo,
Si fuera por él ayudaría a huir a aquel desventurado,
Pero no podía,
No era la primera vez que un galeote había cedido su comida o su agua a otro condenado,
Pero él no podía hacerlo por su cuenta,
Tenía que salir del galeote,
De lo contrario, podrían acusarle a él de ayudar a un condenado,
Si lo hacía un galeote, ya era un convicto,
Por lo que no importaba demasiado y la reina no lo tendría en cuenta.
--Yo le cedo mi ración- dijo el remero joven.
--¿estás seguro?, luego no tendrás agua en todo el día, y nadie va a darte más- le advirtió el capataz.
--No es necesario, tú necesitas tus brazos para seguir remando y sin agua no tendrás fuerzas, yo ya soy viejo y supongo que pronto me llegará la hora- dijo Gul.
--No importa, dale mi ración- insistió el joven.
--Gracias, aún en este infierno hay gente bondadosa- dijo Gul.
--Ánimo muchachos, ya falta poco para llegar a nuestro destino, seréis libres en cuanto lleguemos, todos termináis a tiempo vuestras condenas, sólo os queda un día, pero tú lo pasarás sin agua- dijo conmovido aunque sonriendo el capataz.
Muchos galeotes lo miraron extrañados, era la primera vez que le veían sonreír.
La galera siguió su camino,
y Gul aguantó otros tres días más
sin tomar más que aquel precioso líquido que le había cedido amablemente el galeote.
Ya agonizaba, cuando una mañana….
El anciano deliraba pidiendo agua, viendo próximo su fin y sabiendo que se hallaba solo.
--¡agua!, ¡necesito agua!.
Entonces oyó una voz de mujer.
--Toma agua.
Creyó que era su propia imaginación hasta que vio un cántaro de agua ante él.
Miró a su alrededor y vio a Rebeca.
--¿cómo has llegado hasta aquí?- le preguntó.
--En las mazmorras hay un túnel que conduce al mar, por donde arrojan nuestras deyecciones,
* a los muertos e incluso he visto arrojar a algún desgraciado
* enfermo de algún mal contagioso aún con vida,
* es cuestión de nadar hacia aquí.
--Hay tiburones, ¿lo sabes?.
--Sí, lo sé, pero por suerte no me han mordido- respondió la joven sonriendo.
--Otra vez acudes en mi ayuda, gracias, pero es peligroso.
--Lo sé, pero no me importa, no tengo nada que perder.
Entonces oyó una desgarradora voz.
Sabía que podría ser el grito de algún condenado, pero no pudo evitar escucharla a despecho de sí misma:
--¡no quiero beber eso!, ¡por favor!, ¡os lo suplico!, ¡haré lo que sea!, ¡os serviré!.
--El del brebaje- dijo tristemente Gul, que también había oído la voz.
Rebeca asintió.
--Pobre muchacho- suspiró la joven.
Rebeca se sentía apenada por el joven, había intentado matar a la reina, y ese era un delito grave, pero la condena era injusta y desproporcionada.
Las brujas daban el brebaje en el mar para que el condenado empezara lo antes posible a cumplir su misión.
La paciencia de Orgai se había acabado y la sentencia se cumplía.
Fuertemente atado, el infeliz al que sujetaban dos soldados, estaba a punto de tomarse la poción que una bruja le tendía, y que el hombre se veía obligado a tragar, pues la mujer le
presionaba el estómago y le apretaba la nariz, a pesar de su resistencia y de sus gritos.
Pero entonces, Dara, Dalia y Relia estaban allí.
--¿qué hacéis aquí?- preguntó Rebeca.
--Te hemos seguido- respondió Dara.
Y entonces la vieron,
Una mujer, una sabia, a juzgar por su arrugado rostro,
Sin temer a los tiburones,
Se dirigía nadando hacia ellos, la invasión había comenzado.
Capítulo 12. La invasión:
Cuando las sabias y las doncellas que transportaban a Helya llegaron a Sofía, buscaron desesperadamente a Blaille.
--Blaille, la reina te necesita, pero antes cura a Helya- pidió Yakut a la entrada de la cueva de la sanadora.
Blaille lo intentó, pero no pudo curarla.
--Mis poderes no dan para mucho más, sólo puedo mantenerla con vida, vamos a Rok, ayudaré a rescatar a Relia, sólo ella puede curarla- sentenció Blaille.
--¿no será muy arriesgado llevarnos a Helya de vuelta?- preguntó Yakut.
--Helya necesita los pocos cuidados que podamos darle, y en Sofía ahora mismo no hay sanadoras suficientes para atenderla, debemos llevarla con nosotras- explicó Blaille.
Yakut asintió y las doncellas cargaron de nuevo la camilla en brazos y reemprendieron la marcha hacia el lugar al que las sabias habían ido a reunirse, en los límites del reino rokiense.
A pesar de la ventisca, todas las sabias se habían reunido finalmente a orillas del mar de Marmira.
Habían levantado un campamento donde conversaban sobre lo que podían hacer:
--¿alguien tiene alguna idea?- preguntó Grannie.
--Con el debido respeto, majestad, creo que yo soy la única de las presentes que puede enfrentarse a Orgai- dijo Blaille,
* que se les había unido tras su fracaso al curar a Helya, a la que atendía solícita para mantenerla con vida y que descansaba en una de las tiendas.
Grannie se sentía orgullosa del tiempo que las sabias dedicaban a la curación y de que antepusieran los intereses de su pueblo a los propios, y Blaille era un claro ejemplo de ello, aunque ahora debía ayudarle a rescatar a la princesa.
--¿Crees que Helya podrá sobrevivir si no estás?- preguntó Grannie preocupada,
Pues no quería perder a una de sus mejores doncellas en aras del rescate de su hija.
--Lo que hago yo puede hacerlo cualquier sabia, darle agua con azúcar y unas hierbas que ya
tengo preparadas en un frasco, esperemos que Relia siga viva, es la única que puede curarla, nunca había visto una herida tan grave causada por una espada ponzoñosa, hay que limpiársela bien, no deja de sangrar y supura pus,
hasta el punto de que hay que cambiarle el vendaje cada diez minutos- dijo Blaille.
--Helya va mejorando de día en día, Blaille, no sé qué preparado guardan esos frascos, pero debe de ser más fuerte que el que nosotras utilizábamos- dijo Yakut.
Blaille sonrió agradeciendo el cumplido y luego dijo:
--Os lo enseñaré cuando esto termine, pero aún así yo no puedo curarla, mis hierbas son potentes, pero dudo mucho que lo sean tanto como para curarla.
--Por lo menos ahora come más- apuntó Gabriela- me tenía preocupada por lo poco que comía.
Gabriela rara vez se preocupaba por nadie, pero todas las sabias apreciaban a Helya.
--Os repito que sólo Relia puede curarla, pero no perdamos la esperanza de encontrarla con vida- dijo Blaille.
Relia, si bien no tenía los poderes que Blaille poseía,
sí era muy fuerte en los talentos curativos, y Blaille era lo bastante humilde como para reconocerlo.
Era extraño que las sabias no compartiesen sus pociones, pero Blaille no tenía tiempo ahora para ponerse a enseñarles las hierbas que utilizaba.
--Daima, ocúpate de Helya, haz cuanto te diga Blaille- dijo la reina.
Daima asintió con renuencia, pues no le gustaba recibir órdenes de Blaille, aunque nunca osaría ser irrespetuosa con ella.
Si fuera por ella, Daima sería la reina, pues no le gustaba recibir órdenes de nadie, incluída la propia Grannie.
--Ya dije lo que debía hacerse- dijo Blaille.
--Eso mismo lo hemos estado haciendo nosotras- dijo Yakut- quizá a ti se te ocurra algo más.
--Veremos, aunque no lo creo, mis talentos no dan para más- Reconoció Blaille suspirando y negando con la cabeza- sólo le he dado unos cuantos masajes por todo el cuerpo, para hacer circular la sangre y algunos para intentar mejorar su estado.
Blaille detestaba comprobar los límites de su poder con la curación, y más delante de otras sabias que creían que ella era mucho más poderosa de lo que realmente era,
incluso más que ellas, cosa que no era del todo falsa en algunos aspectos.
--¿qué te propones respecto a Orgai, Blaille?- inquirió Grannie.
--Simplemente asustarla un poco. Ella está muy tranquila, custodiada por sus guardias, y bien servida por sus esclavos, no esperará mi visita- respondió Blaille.
Las sabias sonrieron ante el malicioso comentario de Blaille.
--Bien, confío en tu saber, Blaille, en esta misión serás mi embajadora, toma el mando.
--Gracias, majestad, me siento muy honrada- admitió Blaille, a pesar de que no le gustaba el poder ni estar al mando, pero en esta ocasión no podía negarse a asumir el control, era sin duda la sabia más capacitada para enfrentarse a la situación.
--Pero no la mates, por favor, podría sernos útil- intervino Yakut, que creía a Blaille capaz de cualquier cosa.
--Eso se lo dejo a la reina, no me interésa hacer justicia- replicó Blaille sonriendo y negando con la cabeza la posibilidad de matar a Orgai.
--Majestad, ¿no creéis que deberíamos explorar el palacio real durante algunos días?- preguntó Alisea.
--Sí- aprobó Grannie.
--Yo lo haré, conozco muchas maneras de que nadie me vea- dijo Blaille.
Las sabias la miraban expectantes, a saber qué podría hacer aquella leyenda viva.
Entonces Blaille, sin necesidad de la figurilla que utilizaba Grannie, invocó a las nubes, que formaron una capa de niebla que la volvió invisible.
--Bien, funciona- dijo tranquilamente Blaille mientras las otras sabias abrían la boca maravilladas ante el prodigio.
--Ahora sólo queda esperar a que anochezca.
Después de varias noches explorando el palacio, Blaille decidió actuar:
Orgai dormía plácidamente en sus aposentos, en una gran cama cubierta por finas sábanas.
Las lámparas con apliques dorados estaban ya apagadas y la oscuridad era total.
Orgai estaba tranquila, pues tenía a dos guardias apostados en la puerta de su habitación y a una esclava presta a acudir ante ella con un solo toque de la campanilla que tenía sobre su mesilla de noche.
De pronto,
Orgai se despertó sobresaltada al notar una mano que aferraba su cuello,
pero que no lograba ver.
Sin duda la persona que tenía aquella fuerte mano
debió haber entrado muy silenciosamente en su cuarto y tenía que conocer muy bien el palacio.
Orgai tanteó en la mesa en busca de la lámpara para encenderla y tener algo más de luz con la que intentar vislumbrar a su adversario, pero la mano aferraba tan fuertemente su cuello que estaba paralizada y era incapaz de moverse.
Trató de llamar a sus esclavos, a gritos o tocando la campanilla, pero ningún sonido salió de su boca e, igual que cuando intentó hallar la lámpara, tampoco encontró la campanilla.
todo fue en vano.
Finalmente, tratando de relajarse, respiró hondo y logró articular con voz ronca, temblorosa, estrangulada y asustada, algo nada habitual en ella:
--¿quién… quién es?, ¿quién anda ahí?... ¡guardias!- gritó sobresaltada la reina.
Entonces notó que la mano que aprisionaba su cuello lo apretaba con más fuerza y optó por guardar silencio, no sin antes suplicar en un ronco susurro:
--Piedad, quienquiera que seáis, no me matéis.
La invisible mano aflojó un poco la presión sobre su presa y Orgai respiró aliviada, al menos no querían matarla.
Blaille era, con mucho, la única persona que atemorizaba a Orgai, pero ella creía que había
muerto hacía muchos años, por lo que era la última persona a la que esperaba ver.
En un instante,
Orgai hizo una lista mental de los muchos enemigos que se había ganado,
pero no creía que se tratara de ninguno de ellos.
Todavía Orgai se sobresaltó más cuando oyó la voz de la persona que la tenía sujeta y que reconoció al instante:
--Buenos días, reina Orgai.
--Bla… bla… bla… Blaille… yo… creí….
--Lo sé, creías que estaba muerta, pues ya ves, no lo estoy.
--¿qué quieres?- preguntó Orgai con voz temblorosa.
--Vengo en nombre de la reina Grannie, dispuesta a enfrentarme a ti.
El desafío sonó en la sala y Orgai se sintió flaquear por dentro, incapaz de aceptarlo.
--No hablaría con tanta brusquedad si tuviera tiempo,
Pero es algo de lo que no dispongo- continuó Blaille- ¿dónde tienes a las sabias a las que retienes cautivas?- preguntó.
--¿por qué iba a decírtelo?, no te tengo miedo- mintió la reina.
Orgai se estaba comportando como un niño que no quiere pelear pero que finalmente acaba aceptando la pelea a base de herir el orgullo de su rival con comentarios un tanto absurdos.
--Por tu bien, más vale que me lo digas- la amenazó Blaille.
--No es vuestro estilo amenazar- se extrañó Orgai.
--Todos nos cansamos de vuestras maquinaciones- respondió Blaille.
--Bueno, supongo que las sabias recorrerán el país, como hacen siempre- dijo Orgai en tono ligero.
--¿dónde está la princesa Dalia?- preguntó Blaille.
--En las mazmorras con los esclavos- cedió Orgai.
* --Te creía mejor negociadora, Orgai- dijo Blaille.
--Aún puedo llamar a los guardias para que negocien mejor- replicó la reina con una sonrisa sarcástica.
--Bueno, ya estoy harta, veo que no contestas adecuadamente a mis preguntas, no me creo lo de las sabias ni lo de los esclavos, ni pretenderás que lo haga, tú eres más sutil que eso- objetó Blaille- sabes que podrías obtener un buen rescate, así que debe de haber alguna razón que no me cuentas para hacer esto, ¿qué estás tramando?.
--Sin embargo, digo la verdad. Está bien, en mi fuero interno pensé que podría convertir
* a la princesa en mi servidora- reconoció Orgai.
--Bueno, está bien, anularé tu voluntad si no obedeces mis órdenes- sentenció Blaille riendo- serías una magnífica marioneta en manos de Grannie, un regio juguete, diría yo.
--No… no puedes hacer eso- dijo Orgai aterrorizada.
--¿no puedo?, ¿subestimas mi poder?- se mofó Blaille.
--Oh, no, claro que no- se apresuró a decir la reina.
Entonces Orgai notó un cosquilleo dentro de su cabeza.
Sacudió la cabeza, tratando de debatirse.
--¡no lo hagas!, ¡te lo suplico!- imploró Orgai- te obedeceré… sin necesidad… de utilizar… esos poderes.
Blaille detuvo el truco, ahora Orgai sabía que ella podía hacerlo,
y, sobre todo, sabía lo que era, pues sabía hacerlo ella también a otras personas.
--¿qué quieres que haga?- preguntó aterrada y jadeando Orgai
cuando comprobó que Blaille había detenido el truco.
--No quiero que hagas nada, no quiero obligarte a hacer lo imposible, sé que no puedes dejarnos en paz porque los genios te han dado talentos maléficos,
pero ahora no hagas nada,
déjate hacer y guarda silencio- dijo Blaille.
--Pero perderé mi reino- protestó Orgai- no creo que vengas tú sola.
--Veo que aún eres inteligente a pesar del tiempo que ha pasado desde la última vez que nos vimos,
Cuando yo era reina,
Pero creo que es un poco tarde para arrepentirse, ¿no te parece?,
Además, sería tonta si me tragara tu supuesto arrepentimiento,
¿no crees?.
--Yo creía que en Sofía dábais segundas oportunidades- dijo Orgai.
--Las damos a quien se las merece, y creo que no es el caso, pero no te preocupes, no seré yo quien te juzgue.
Orgai suspiró de alivio,
Pero al pensar en su perdido reino
derramó algunas lágrimas, aunque éstas no tuvieron efecto alguno en Blaille.
Orgai creía que, si Blaille estaba viva, seguiría siendo reina en la sombra, dijera lo que dijera ella.
La soberana rokiense no estaba acostumbrada a suplicar, y ya lo había hecho varias veces durante aquella noche,
Estaba acostumbrada a mandar y ser obedecida,
Pero seguiría suplicando si lograba mantener su reino o, al menos, conservar la vida,
Ya que no se creía que Blaille,
Conociéndola como la conocía,
Ya que sabía que la odiaba,
No la juzgase.
Pero Orgai juzgaba a los demás partiendo de sus propios juicios siempre maléficos de sus semejantes.
--Por favor, no quiero perder mi reino- suplicó Orgai.
--¿tengo que continuar usando mis poderes?- insinuó Blaille, con intención de acallar a la soberana.
--¡no!, no hace falta, lo haré, os obedeceré- aseguró Orgai aterrada.
Entonces Blaille ató a la reina con una cuerda que llevaba consigo,
La amordazó con su propia ropa,
La envolvió en las sábanas de su cama
y la dejó bajo la cama de sus habitaciones.
Cubierta de nuevo por la niebla, tal y como había entrado en los aposentos reales,
Motivo por el cual no fue vista por los guardias,
salió de palacio y llegó a las tiendas de las sabias.
--Majestad, tenéis el control de la situación, Orgai está atada bajo su cama y aterrorizada.
--Bien, ¿le has sacado alguna información?- preguntó Grannie.
--Sí, pero si he de darle crédito, Orgai está perdiendo facultades.
Dice que las sabias estarán por todo el país y que la princesa Dalia está con los esclavos,
en las mazmorras.
Una mueca de horror afeó el rostro de la reina.
Luego, resueltamente, dijo dirigiéndose a las doncellas:
--Esos serán los primeros sitios por donde debéis buscar.
--Gracias por tu ayuda, Blaille, mañana empezaremos a actuar- sentenció Grannie.
--Aquí estoy para servir a mi pueblo siempre que me necesite, majestad- respondió Blaille.
Al día siguiente, las sabias se levantaron temprano para llevar a cabo el rescate.
Se hallaban aún en la orilla dispuestas a dirigirse hacia el palacio real,
Situado en un elevado promontorio,
Cuando Grannie oyó una voz que decía:
--¡Sabia!, ¡ayudadnos!.
--Es un condenado- susurró Daima.
Grannie asintió.
Todas las sabias conocían la cruel costumbre de administrar aquel brebage con tan devastadores efectos que tenían los rokienses, pero hasta el momento ninguna había descubierto ni las hierbas que se utilizaban en su elaboración ni un remedio eficaz contra tan bárbara bebida.
--¿alguna ha descubierto un antídoto contra esa poción?, podrían ayudarnos a liberar a los nuestros- dijo Grannie
con la esperanza de que Blaille, que llevaba tantos años como sanadora, hubiera descubierto algo.
Blaille no la defraudó:
--Yo lo hice, pero no pude probar si resultaba- dijo Blaille.
--No tenemos nada que perder, ¿tienes lo que necesitas?- Preguntó Grannie.
--Sí, toda sabia que se precie debe tener sus hierbas a mano- respondió la antigua soberana.
Entonces, cuidadosamente, las sabias dieron a beber a los condenados la poción.
Por fortuna, funcionó.
--Alabada sea Grannie- vitoreaban los desgraciados, que ahora se veían libres.
--¿has traído la figurilla?- preguntó Daima a Grannie.
--Sí.
--Invoca a los genios o el mar se nos vendrá encima- dijo Daima.
--Genios, no venís nunca a este reino, pero la necesidad hace que os llame, venid a mí- pronunció reverentemente Grannie.
Los genios sustentaron el mar mientras los antiguos condenados invadían las mazmorras liberando a sus ocupantes.
Entonces Grannie, con su aguda vista, divisó en la isla desierta a Gul y sus amigos.
--Yakut, lleva a Helya ante Relia para que la cure, si está en condiciones, y trae a esa pobre gente- ordenó.
Nadando, Yakut hizo lo que se le pedía.
Relia curó a Helya y todos se reunieron con Grannie.
--¡relia!... ¿te encuentras bien?, hace años que no nos veíamos.
* La sabia asintió.
--Gracias por curar a Helya, es la más fiel de mis doncellas.
--Es mi deber, Grannie.
Debía de ser la única mujer que aún llamaba a Grannie por su nombre de pila,
Pues eran amigas desde la infancia,
Pero a Grannie no le importaba, y menos ahora que se había reencontrado con ella.
--¡Grannie!...- exclamó Relia, que aún no acababa de creerse que se había reencontrado con
su amiga.
--Dalia, hija mía.
--Mamá.
Entonces Grannie tuvo una visión en la que vio las letras del nombre de la niña a la que tenía delante, reconociendo además a la esclava que iba a heredar el reino.
Si iba a ser su aprendiza, le enseñaría a ser una mujer de corazón puro, pero antes la llevaría con su desconsolada madre.
--Dara, pequeña, serás mi aprendiza- dijo Grannie.
--Pero madre…- dijo Daima.
--Lo sé, hace años que no tengo aprendizas y ella será mi heredera- sentenció Grannie.
--Registrad el país, quiero ver aquí a todas las sabias que realmente quieran servir a su pueblo- ordenó Grannie a las doncellas.
Hecho el registro, todas las sabias acudieron a la llamada de su reina.
--Los esclavos serán liberados, traedlos- dijo Grannie- y encontrad a Orgai.
Los esclavos fueron encontrados y puestos en libertad,
Y la reina Orgai entregada a Grannie atada, tal y como Blaille la había dejado,
como prisionera.
--Reina Orgai, ¿qué creéis que voy a hacer con vos?- preguntó Grannie con una apacible sonrisa.
--Matarla- la interrumpió Daima.
Grannie la acalló con un gesto.
--Matarme de la manera más cruel que se os ocurra- dijo Orgai resignada.
--Bueno, es una opción, puedo tomaros como esclava, puedo condenaros a beber el brebage….
--¡no, por favor, eso no!- suplicó Orgai- ya es bastante verme sin mi reino… seré vuestra vasalla más leal, pagaré tributo….
--Tu tributo ha desangrado a mis sabias y a mi pueblo durante milenios, pero no seré yo quien decida.
Grannie, tomando la figurilla en sus manos, dijo:
Madre naturaleza, yo te invoco, acude a mí.
Capítulo 13. Se hace justicia:
--Yo acudo a ti, reina Grannie- dijo la madre naturaleza a través de la figurilla que vibraba con tan angélica voz.
--Decide por mí,
* ¿qué debe ocurrirle a la reina Orgai, que tanto mal te ha causado?- inquirió Grannie.
--No puede devolver en buenas obras lo que ha hecho mal, por mucho que lo intente, de modo que… que los habitantes que deseen salvar la vida huyan contigo a Sofía,
* Te ordeno que les des tu protección como refugiados que son,
* porque ella morirá aquí.
Cuando estéis en Sofía,
invócame para que yo lo sepa,
ordenaré a los genios que dejen de sustentar el mar y arrasaré el país rokiense.
Orgai lloró amargamente y pidió clemencia.
--¡Clemencia!, ¡madre naturaleza!, ¡clemencia!, ¡haré lo que sea!….
--No te la mereces, me has hecho mucho daño, Yo también sé ser justiciera cuando es necesario, Y tú nunca me has tenido en cuenta,
Da gracias que no te ordené beber el brebage. Atadla- ordenó a los genios, a quienes había invocado para cumplir la sentencia.
Ahora, atada por unas ligaduras que no podía ver,
Y con una fuerza superior a la humana,
Orgai vio que le era inútil debatirse.
Y así, ahogada y con su país arrasado, murió Orgai.
Capítulo 14. El medallón perdido:
“y en las manos de un esclavo de corazón puro resplandecerá la luna en el medallón perdido”.
(tomado de las profecías de Sofía, escritas por las sabias que tuvieron este don, aproximadamente dejaron de escribirse en el año 2.150 DF, después de la fundación).
Cuando Gul fue rescatado,
llevaba en su cinturón guardado con las ostras que había pescado y que le habían servido como alimento
una mitad de medallón que había encontrado y que entregó a la reina Grannie.
Era un medallón dorado y muy brillante,
Lo que hizo suponer a Gul que tendría algún valor,
Aunque nunca pudo imaginar que tuviese tanto,
Pues él nunca había oído hablar de las profecías,
un secreto bien guardado por las sabias que ahora iba a desvelarse.
--La profecía se ha cumplido- dijo Grannie cuando se lo entregó.
--No sé de qué habláis, mi reina- respondió Gul.
--Te lo contaré pronto- prometió la reina.
De vuelta en su cueva, la reina mandó llamar a Gul y le dijo:
--Cuéntame tu historia, por favor.
--Me esclavizaron un día en que estaba pescando perlas, mi reina.
Desde entonces, en el mar o en la montaña, he tratado de ser un buen hombre a pesar de los amos que tenía, especialmente crueles, sobre todo la reina Orgai, pero yo no guardo rencor a nadie, de todo se aprende, he aprendido a ser buena persona y a amar a mis semejantes.
Grannie sonrió complacida.
--El medallón que has hallado,
leal súbdito,
da cumplimiento a la profecía, pues es el que falta para completar el medallón en forma de luna- dijo mostrándole la figura.
Hizo encajar simétricamente el medallón que, como si lo hubiera hecho otras veces, se descolgó de la talla de la mujer que representaba la figurilla.
Emocionada, Grannie se lo colgó al cuello mediante el fino cordoncillo del que pendía.
--Sinceramente, no sé muy bien para qué sirve el medallón- reconoció la reina- las profecías no lo precisan,
quizá las sabias sólo tuvieron una leve percepción de este momento y supieron que sería importante.
Grannie le dio a Gul un collar de perlas que un pescador le había regalado, y Gul dijo:
--Por las perlas, diría que os lo regaló mi nieto.
--Es posible.
Grannie hizo cuanto pudo para hallar a la familia del pescador y finalmente se reencontraron.
La reina sabía lo que debía al anciano Gul.
Le hospedó en su cueva junto con su familia y con el tiempo se casaron.
Esto fue lo que necesitó el pueblo para acabar con la costumbre de la esclavitud y convertirse así en un país igualitario y respetuoso con la naturaleza.
--Helya- le dijo Grannie una mañana a la mensajera- me has servido fielmente durante muchos años, pensé en ti para tener descendencia si no llegaba a tenerla, pero no ha sido necesario, pídeme lo que quieras y te lo daré.
--Sólo quiero vuestro bienestar, majestad, nada pido- dijo la doncella.
Grannie la abrazó efusivamente.
Grannie dio a Rebeca y a Mílem, a las que tanto debía, una cueva para cada una y se convirtieron en las damas de compañía de Dara, en sus consejeras.
Mílem, fiel a su promesa, nunca reveló el secreto de su amiga Madam, ni siquiera tras los efusivos agradecimientos de la reina por salvar a los implicados en aquel secuestro.
Sabía que aquello era mentir, pero había hecho una promesa y la cumpliría hasta el final.
Una mañana, Madam acudió a ver a la reina.
Era de todos sabido que, liberadas las personas en peligro,
Madam, que en teoría continuaba siendo esclava,
En realidad se había fugado, pasando por alto incluso el exilio al que había sido condenada,
y vivía en el bosque, cerca de Sabinia.
No había vuelto a visitar a Klimda para no ponerla en peligro, prefiriendo llevar una paupérrima existencia.
Aún recordaba el temor que había sentido cuando se decidió a abandonar su forzado exilio para regresar a Sofía, un temor que en realidad nunca la había dejado.
Por fin se había decidido a recorrer el camino de vuelta, más dulce que aquel que había recorrido de ida llorando amargamente tantas veces.
Siempre procuraba ocultarse si divisaba a alguna sabia o si veía alguna cara que le resultaba conocida, salvo que estuviera enferma o que esa persona acudiera a ella por alguna razón, en cuyo caso le pedía que guardara el secreto.
Llevaba una mísera existencia en el bosque,
Tanto que cada día se construía una casa con ramas y hojas,
Pues no tenía madera para una vivienda y, además, siempre cambiaba su lugar de residencia por temor de ser descubierta,
Nunca permanecía más de dos días en la misma zona del bosque,
Recorriendo el boscoso país sin cesar.
No tenía nada que perder,
Y nadie del pueblo se fiaba ya de ella, pues pensaban que era una bruja, salvo que no les quedase más remedio que acudir a ella por hallarse realmente graves
o que no la reconocieran,
pues había continuado curando escondida en el bosque, incluso a alguna sabia, siempre procurando ponerse de espaldas a la persona a la que debía curar o al menos no mirar a nadie a la cara,
y pidiendo que guardara el secreto a aquel que la reconocía.
Incluso había estado gravemente enferma y nadie se había preocupado de ella, se sentía como un perro abandonado, aunque a veces era feliz en su pobreza.
Para no deshonrar a las sabias, ni siquiera se permitía el lujo de confeccionarse faldillas de hojas, que habrían podido proporcionarle algún abrigo, por escaso que fuera, prefiriendo estar desnuda.
Vivía de la caridad, curiosamente, de las sabias,
Ya que nadie más le daba nada para comer,
Ni siquiera en agradecimiento a las curaciones que realizaba,
Como si fuera un desprecio ser curada por una bruja declarada,
Aunque ella procuraba que las sabias no viesen su rostro,
Cuando no le quedaba más remedio que ir a recoger lo que buenamente le daban,
y en el fondo era una mujer muy desgraciada,
Por lo que Grannie, creyendo que ya había tenido castigo suficiente,
lo dejó estar, fingiendo no saber nada de la mujer y sin darle importancia a que estuvieran manteniendo a una bruja,
pues bien podía ser una mendiga,
ya que en Sofía no se permitía a la gente morirse de hambre,
todos tenían derecho a comer.
Sí es cierto que cuando Grannie se enteró de la fuga de su esclava decidió que no quedara impune y envió a las doncellas a buscarla,
pero nunca la encontraron y llegaron a darla por muerta, devorada seguramente por las alimañas.
Incluso Helya, que ahora sentía aún más desprecio por la bruja al saber que se había fugado,
gastó todo su tiempo y energía en su búsqueda hasta el punto de que fue a preguntar a Klimda,
pues era conocido de todos que la anciana había sido una buena rastreadora y que conocía muy bien el bosque:
--Klimda, ¿sabes algo de Madam?- preguntó Helya.
--¿de quién?, ah, de esa esclava… no, ¿por qué iba a saberlo, Helya?, no es mía la culpa de que se haya escapado, si lo ha hecho, la culpa será de las sabias que no la tenían bien vigilada, o de las doncellas- dijo con una pícara sonrisa.
--Bueno, la sanadora Ana dice que fuiste la última persona que la vio, y a nadie se nos escapa que conoces bien el bosque.
--¿estás insinuando que le ayudé a fugarse?, si no la conozco prácticamente, sólo me traía lo que le mandaba Ana o cualquier otra sabia, pobrecita, seguro que algún animal la habrá devorado.
Ante esta falta de respuestas, Helya desistió.
Klimda murió pocos días después de aquella visita, lo que apenó mucho a Madam cuando se enteró.
Pero Madam, que había hecho un bien al país que nadie le agradecía,
Y que sabía su fin próximo,
No podía soportar sobre su conciencia cargos que no había cometido.
Sabía que si estuviera en el reino rokiense correría peor suerte,
Pues quizá estaría sustentando el mar indefinidamente sin haber cometido delito alguno,
O habiendo cometido uno que no se merecía tal condena,
Pero una tarde, empujada también en parte por el hambre,
se armó de valor y se encaminó en peregrinación a la cueva de Grannie,
Como una suplicante más,
Una persona que iba a pedir favores a su reina,
Con la diferencia de que,
Al haber sido sabia,
Ella sí sabía dónde estaba la cueva de la reina,
Aunque fingió llegar a ella por casualidad.
La noche se le echó encima y tuvo que pasarla al raso en el bosque, sobreviviendo milagrosamente al gélido frío.
Llegó a la cueva de la reina
aquella fría mañana,
desnuda, pues había perdido sus escasas ropas que se habían roto a causa del uso,
lo que hacía que tuviera todo el cuerpo amoratado y casi congelado debido al frío helador,
descalza,
pues había perdido sus zuecos por idéntica razón y no había dispuesto ni de madera ni de esparto para confeccionarse otros,
pues era muy arriesgado recolectarlo en lugares donde todo el mundo podría verla,
y con los pies ensangrentados después de varios días de caminata a través de la helada nieve
y, por añadidura, cubiertos de sabañones debido al cortante frío.
Grannie, compadecida ante su lastimoso estado,
Pues estaba muy delgada,
La comida que recibía era escasa,
Sus ojos y su sonrisa se habían apagado, se habían vuelto tristes,
Su rostro ya no sólo estaba arrugado porque había sido sabia y también debido a la edad,
Sino que estaba ajado,
Daba la impresión de ser aún más vieja de lo que era,
Y se hallaba realmente débil,
la reconoció y, antes de que pudiera hablar, le dijo con semblante duro y serio, pues no iba a ponérselo fácil por mucho que quisiera hacerlo:
--Madam, ven aquí.
Madam se sentía confusa, no sabía cómo actuar ante Grannie, pero, en principio, decidió tratarla como si fuera su ama, como debería haber ocurrido si ella no se hubiera fugado.
Se estremeció al ver que su ama la había reconocido.
Conociendo su falta, pues hacía años que se había fugado, y sintiendo un gran temor hacia la reina, Madam se arrodilló, bajó la cabeza y dijo con un hilo de voz:
--Lo siento, ama,
Perdonadme, os lo suplico, no volverá a ocurrir,
volveré a serviros- dijo con resignación al verse descubierta por su propia ama- no debí haberme escapado así… no sé por qué lo hice… bueno… en realidad… echaba
de menos Sofía y mi libertad- confesó- estoy famélica y desesperada, ya soy vieja, pero trabajaré, haré lo que sea, sacaré fuerzas de flaqueza,
pero por favor,
no me matéis,
sufriré el castigo que decidáis imponerme- dijo mientras ofrecía la espalda a Grannie para ser azotada.
La reina, para tentarla y ver hasta dónde se dejaría hacer, tomó la vara de bambú que llevaba siempre en la mano y azotó a Madam con menos fuerza de lo que en ella era habitual.
--¡te lo mereces, esclava, por todo lo que has hecho!- dijo la soberana en tono despreciativo, pero sin duda fingía.
Madam asintió con la cabeza y se dejó azotar hasta que Grannie decidió guardar la vara.
Viendo Grannie lo arrepentida que estaba,
pues un mar de lágrimas, más de pena que de dolor, corría por su rostro mientras hablaba, tal vez debido al miedo, y comprendiendo que ella también había actuado mal, suavizando el tono, dijo a Madam:
--Madam, creí que estabas muerta, te busqué por todas partes, vamos,
Levántate,
date la vuelta y mírame a los ojos,
no voy a hacerte más daño, sólo estaba viendo si realmente te dejarías hacer y no te quejarías.
La aludida negó con la cabeza, nunca se quejaría si realmente se merecía el castigo,
y luego se levantó lentamente, actuando mecánicamente, maquinalmente, cumpliendo órdenes, como si su ama aún se las estuviera dando y no hubiera dejado de ser su esclava, se acercó con cautela, temblando visiblemente, en parte debido a los azotes, pero también debido al temor, y sudando a causa del miedo, a pesar de las tranquilizadoras palabras de la reina,
caminando con gran dificultad debido al lamentable estado en que se encontraba,
muy extrañada de que su reina, después de todo lo que había pasado, le permitiera mirarla a los ojos,
algo a lo que no se atrevió por el momento,
aunque lo hizo brevemente para no desobedecer a su ama,
pero esa breve hojeada no le indicó nada,
y entonces Grannie sonrió y le dijo con voz cálida:
--Ven, te curaré, cuando haya terminado, me contarás lo que desées.
--Pero… no me lo merezco, debería ser castigada por fugarme, majestad- dijo
Madam sollozando abrumada ante la compasión de su reina.
--Vamos, deja de llorar- dijo Grannie
mientras la tomaba de la mano e intentaba tranquilizarla.
Madam tiritaba de frío y miraba a su reina como si la viese por primera vez.
La soberana se quitó una capa de lana,
Prenda que había adoptado debido al frío y a su avanzada edad,
Y la puso sobre los ombros de la aterida Madam,
Que no podía creerse las atenciones de que era objeto.
Aprovechando que envolvía su cuerpo en la capa, la reina posó suavemente una mano en el ombro de la bondadosa Madam.
Grannie la condujo al interior de la cueva,
A pesar de la renuencia de Madam,
Y cuando la curó,
Friccionando ella misma, sin ayuda de otras sabias, quería hacerlo ella, Madam había sido su amiga, con un ascendente, circular y reconfortante masaje sus agarrotados, acalambrados y congelados miembros,
Huntó sus ensangrentados y doloridos pies con manteca de oveja caliente,
Vendó las muchas heridas, cortes y rozaduras que el penetrante frío le había producido en diversas partes de su cuerpo,
Limpió la sangre, tanto reciente como seca que cubría sus pies,
Curó los verdugones que ella misma le había ocasionado,
Le dio comida y una infusión caliente y luego,
dándose cuenta de que ya no era la mujer a la que había conocido,
Sino una mucho más quebrantada física y moralmente por los sufrimientos que había padecido,
Tuvo que contener el llanto, le ofreció otra taza de té que la mujer aceptó,
Grannie la estaba tratando casi como si fuera una invitada,
Lo que dejó a la esclava un tanto sorprendida, extrañada y confusa,
y, cuando Grannie iba a hablar, Madam, que hasta el momento se había dirigido a ella como una esclava a su ama, se le adelantó, osó hablarle sin recibir su permiso, para decirle con un hilo de voz y lo más educadamente que le fue posible, tratando de recordar las palabras que tantos años atrás Grannie le había prohibido pronunciar, la palabra madre, para evitar hacerlo:
--Majestad, sé que me habéis prohibido hablaros salvo para cumplir vuestras órdenes, pero… ¿me dais permiso para hacerlo?.
Nadie en su sano juicio osaría hablar a la reina si se lo habían prohibido expresamente,
Y menos aún acudir ante ella sin ser llamado y en aquellas circunstancias,
lo que daba una idea de la desesperación de Madam por contarlo todo y porque sus méritos fueran reconocidos, pero sobre todo por recuperar la amistad de la reina y, si era posible, su condición de sabia, aunque ella no iba a pedirlo, sólo quería que se hiciera justicia.
Grannie suspiró, quizá no debería haberla declarado bruja, y luego asintió.
--Adelante, habla como si nada hubiera ocurrido- le dijo la soberana.
Madam se sorprendió, pero no dejó que se le notara y habló con rapidez:
--Yo simplemente fui una mujer astuta,
Hice lo que nadie logró, controlar mis talentos y hacer el bien a pesar de tener talentos venenosos,
Maté a aquel infeliz por miedo a la poderosa Orgai,
Y es algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida,
Desde entonces he vivido atormentada,
He cometido un grave error,
Sé que parece increíble, pero, humildemente, siempre quise ayudar a mi pueblo.
Yo fui quien, a pesar de las prohibiciones, huí de Sofía para contarle a Mílem lo ocurrido con Relia, tuve un sueño, sabéis de mi talento a ese respecto.
Yo no sabía lo de la princesa, de eso me enteré después.
No culpéis a Mílem, ella es una buena amiga,
yo le dije que guardara el secreto, ella os ha sido siempre fiel, mi reina.
Por cierto, Klimda me protegió, sabía de mi regreso a Sofía, pero no acudí a ella por temor a ponerla en apuros.
--Ya no tendrás que preocuparte por eso, Klimda ha muerto.
Madam suspiró.
La reina se sentía como si alguien le hubiera colocado una pesada losa sobre sus ombros.
De repente, sin previo aviso, abrumada,
Grannie no pudo soportar más el formalismo de Madam y se arrodilló a sus pies,
llorando amargamente al conocer la verdad y lo mucho que Madam había sufrido.
Por suerte estaban las dos solas.
Madam se sorprendió ante la actitud de la soberana, pero la dejó dar rienda suelta a sus sentimientos.
--Perdóname, Madam,
* antes éramos amigas, pero ahora yo te destrocé la vida, debería haberte creído,
* tú nunca has mentido,
* nunca debí haberte declarado bruja ni debí quitarte tus derechos.
Te he humillado, he actuado dominada por la cólera y la precipitación, perdóname, te lo suplico.
Eres libre, ya que nunca te concedí la libertad- dijo Grannie sinceramente afligida- si quieres volver a ser sabia, contaré tu historia al pueblo.
¿lo haríais, madre?- preguntó Madam emocionada, olvidados ya los formalismos anteriores
y los agravios sufridos durante años al no tener aquellos derechos.
Madam palideció al recordar su desliz y se inclinó ante su reina al tiempo que decía:
--Disculpadme, majestad.
--Te devolveré tus derechos, si puedo, estoy atrapada en mis propias palabras, unas palabras que pronuncié ante el pueblo, pero lo intentaré. Puedes llamarme madre y venir a hablar conmigo siempre que lo desées- concedió
* Grannie sonriendo mientras se levantaba torpemente del suelo donde había estado arrodillada y aprovechaba para besar los pies de Madam y cubrirlos con las lágrimas que derramaba para implorar su perdón.
Madam estaba estupefacta ante el arrepentimiento de su reina,
tanto, que casi lamentó haber ido a visitarla.
--Lamento haber venido, madre, no quería molestaros o hacéroslo pasar mal, estáis perdonada, por supuesto- dijo Madam.
Grannie suspiró aliviada y luego dijo sonriendo:
--Yo sí que habría lamentado morirme sin saber la verdad.
--Gracias, madre, ¿volveré a ser sabia?- preguntó Madam anhelante.
Grannie sonrió.
--No puedo garantizarte eso, pero contaré tu historia al pueblo- repitió pacientemente Grannie, que comprendía la ansiedad de Madam.
--¿de veras?- repitió Madam incrédula.
--Por supuesto, me equivoqué, te lo debo, pero ¿no pensabas contarlo?.
--Creí que no serviría de nada- respondió Madam.
--Pero dime, ¿cómo llegaste a ser sabia con tus talentos?- inquirió la reina,
que aún no acababa de comprenderlo.
Madam sonrió y dijo:
--Viendo que en Sofía la guerra contra Orgai era continua, cuando la primera vez que fui al bosque conocí una planta venenosa, supe que sería una bruja,
pero yo no quería serlo,
quería ser una sabia, pues una salvó la vida a mi madre el día anterior a aquella excursión al bosque, así que me lo guardé para mí y sólo dije el nombre de la planta curativa,
por lo que fui admitida como sabia, no sabéis el esfuerzo que me supone controlar mis talentos.
--Me lo imagino. Pero es extraño, ninguna niña puede mentir, no en este caso, las palabras salen de su boca instintivamente.
Tras un largo silencio, la reina continuó:
--Está mal que hayas mentido, pero eso demuestra lo leal que eres- halagó la reina.
--Pude mentir porque tuve un sueño premonitorio la noche antes de ir al bosque en el que se me advirtió de que sería bruja,
por eso hice cuanto estuvo en mi mano por cambiar mi destino, aunque no me sirvió de mucho a la vista de los acontecimientos- dijo Madam sonriendo.
Grannie la miró boquiabierta antes de decir:
--Es sorprendente que hayas podido mentir en tu talento, y es sorprendente que desde tan temprana edad hayas tenido un talento tan fuerte para los sueños, e incluso para las plantas curativas, nos has dado una lección a todas, creíamos que era imposible hacer lo que tú hiciste- admitió.
--¿qué puedo hacer para pagarte el deshonor que te he causado?,
aparte de que vuelvas a ser sabia- quiso saber Grannie.
--No importa, no voy a esclavizaros ni voy a pedir que os azoten públicamente, ya tenéis una edad, y sois la reina, no estaría bien.
--No quiero escapar a mi castigo por ser la reina, quiero que se haga justicia, Madam.
--Bien, como queráis, me conformaría con que os azotaran públicamente, si tengo que elegir- respondió Madam conmovida, pues a pesar de todo no quería ver sufrir a su reina por su culpa.
A pesar de las airadas protestas de las sabias, especialmente de Daima, Grannie fue azotada públicamente, aunque el pueblo, igual que Madam, lloró compungido también por este hecho.
Así nunca se diría que Grannie no había sido justa, ni siquiera consigo misma, aunque ello significara que debía recibir un castigo por algo que había hecho mal.
--Daima, asume el mando, ya que yo soy la culpable.
--Madre, esto es inaceptable,
que os hayáis equivocado no significa que debáis ser azotada.
--Daima,
* he oído eso mismo mil veces, no vas a convencerme, vamos a la cima de la colina, el pueblo espera.
Cuando Daima supo que nada podría hacer para convencer a su soberana de que aquello era una locura, las dos mujeres se encaminaron hacia la colina.
Cuando llegaron a la cima, Madam estaba ya allí, en parte satisfecha, pero también llorando, como todo el pueblo, pues sabía lo que iba a ocurrir.
Tanto Madam como Daima estaban un poco fatigadas debido a la larga caminata.
Daima tomó aire antes de empezar a hablar:
--¡pueblo de Sofía!- dijo Daima tratando de dar un tono solemne a su voz que camuflara la tristeza que sentía por lo que iba a hacer- hace algunos años se cometió una injusticia,
* la sabia Madam fue declarada bruja injustamente.
Ahora sabemos que en realidad hizo algo meritorio, controlar los talentos venenosos que los genios le habían dado, algo que nunca se había logrado antes,
Lo que hizo que en su momento no la creyéramos,
aparte de salvar a algunos miembros de este pueblo de las garras de la reina Orgai gracias a su talento para tener y detectar sueños premonitorios.
Lo hizo además arriesgando su propia vida
en una peligrosa huida sin importarle
su condición de esclava ni el exilio al que había sido condenada.
Sin poder evitarlo, echando de menos Sofía,
Pidiendo a los enfermos que guardaran el secreto,
volvió a huir para curar a su pueblo a escondidas y vivir miserablemente.
Además, Madam demostró ser discreta, pues hizo a una amiga suya guardar el secreto y ambas vinieron a Sofía a avisar a las sabias contándonos la información que sabían, además de los sueños premonitorios que Madam había tenido.
Un murmullo de admiración y un aplauso se oyó entre el pueblo.
--Ahora, Madam está aquí para volver a ser nombrada sabia- continuó Daima.
Entonces todas las sabias, incluída Daima, unas con más renuencia que otras, besaron a Madam una a una mientras le decían:
--Bienvenida a casa, hija.
Tras este ritual, ocurrido a la vista de todo el pueblo, Daima continuó:
--Para reparar la injusticia cometida, la reina Grannie será azotada públicamente, recibirá cincuenta varazos, los mismos que Madam recibió cuando fue declarada bruja- dijo con voz temblorosa.
--¿queréis decir algo antes de empezar?- preguntó Daima.
--Rectifico- dijo Grannie alzando la voz para que el pueblo la oyera- ¿quiere la condenada decir algo antes de empezar?.
Un murmullo de indignación se alzó entre la multitud.
Grannie levantó la mano para acallarlo y continuó:
--Sí, quiero decirle al pueblo y a Madam especialmente que lamento profundamente haberme equivocado, le pido humildemente perdón públicamente, tanto a ella como al pueblo.
Daima se escandalizó, pero nada podía hacer al respecto.
Recobrando la compostura, y para evitar que la reina volviera a rectificar sus palabras, Daima dijo:
--La condenada, de manera especial, puede elegir, ¿quién debe darte los azotes?.
--Que elija la reina- dijo Grannie sonriendo, pues Daima era ahora la reina en funciones.
Grannie podría haber elegido a Helya, que era fuerte, pero no quería hacer sufrir a la fiel doncella.
Sin embargo, Daima lo hizo por ella, ya que sabía que Helya era la única que no dudaría en azotar a la reina si ésta lo pedía.
Daima sonrió cuando Grannie dijo que eligiera la reina.
Antes de pedírselo a la doncella, Daima preguntó a Madam:
--Sabia Madam, ¿queréis azotarla vos?.
Grannie sonrió cuando Daima llamó sabia a Madam, pues ese volvía a ser su título.
Madam negó con la cabeza consternada.
--No podría hacerlo- dijo por fin.
Entonces Daima miró a Grannie que continuaba de pie bajo el milenario fresno.
Grannie lo hacía a propósito, para que todo saliera según lo previsto, pues ella no tenía por qué conocer las leyes del país, en ese momento era una condenada, no la reina,
aunque sabía que Daima lo pasaría muy mal al dar las órdenes correspondientes.
Dándose cuenta de que esa no era la postura correcta, y haciendo un visible esfuerzo,
Daima ordenó:
--¡condenada!, ¡arrodíllate!.
Grannie obedeció con un estremecimiento inconsciente, Daima lo estaba haciendo mejor de lo que ella esperaba, e incluso mejor de lo que la propia Daima pensaba, y ya había olvidado lo potente que podía ser la voz de la sabia.
En ese momento Grannie imaginó cómo debían sentirse los condenados, empequeñecidos ante las órdenes de la reina y siendo observados por todo el pueblo subidos a aquel estrado
de madera.
Grannie enrojeció sin poder evitarlo, a pesar de que no era culpable, al menos en ese momento, pues el delito se había cometido mucho tiempo atrás.
Entonces la voz de Daima atronó dirigiéndose a las doncellas:
--¡flanqueadla!, ¡dos a cada lado!, ¡Sulina!, ¡átala!.
--¡Helya!, ¡azota a la condenada!- rugió como si sintiese realmente odio hacia Grannie.
Grannie miró a Helya de reojo y vio una lágrima que rodaba por su rostro.
Aún así, la doncella mantuvo la compostura, tomó firmemente la flexible vara de bambú y comenzó a golpear la espalda de la reina, que aguantó, sin proferir un solo grito, estoicamente, los azotes.
Concluído el castigo, todas las sabias volvieron a sus cuevas, Madam entre ellas.
A la entrada de la suya, Grannie, un tanto maltrecha y tambaleándose, con las rodillas temblorosas por el tiempo que había pasado arrodillada,
y con la espalda sangrando y en carne viva en algunos puntos, preguntó sonriendo:
--¿He reparado el daño, Madam?, ¿estás satisfecha?.
--Sí, y lo siento, mi reina, no quería haceros sufrir- dijo la sabia consternada y con lágrimas en los ojos mientras abrazaba a la soberana.
--Incluso podrías haberme azotado tú- dijo Grannie sonriendo tras separarse del abrazo.
--Oh, no podría- admitió Madam.
--Sabes que puedes llamarme madre, o Grannie, si lo deseas.
Daima se escandalizó, pues rara vez se permitía a las sabias llamar a la reina por su nombre de pila, aquel era sin duda un extraño privilegio.
Madam sonrió agradecida y pronunció el nombre de pila de la reina en un susurro casi inaudible, lo que provocó una sonrisa a Grannie.
Helya entró detrás con lágrimas en los ojos.
--Lo siento, mi reina, ¿os encontráis bien?- preguntó.
--Sí, tranquilízate, me encuentro perfectamente, y no pasa nada, has cumplido con tu deber al hacer justicia- le recordó la reina.
Cuando Helya salió de la cueva de la reina, pasó ante la de la sabia Madam, que acababa de entrar en ella tras despedirse de Grannie, y se decidió a entrar.
Habían pasado muchos años desde que había despreciado de aquel modo a la sabia, pero nunca estaba de más pedir perdón.
--Sabia Madam, os ruego me disculpéis por todo lo que os he dicho y hecho- suplicó Helya inclinándose en una pronunciada reverencia.
Madam sonrió.
--En ese momento yo era una esclava, era lógico que me despreciaras si creías que era una bruja.
--Iré a que me azoten, y si me lo pedís dejaré el cuerpo- dijo la mensajera.
--No puedo pedirte que hagas eso, y aunque pudiera tampoco lo haría.
Las doncellas resolvían los asuntos de honor como este en privado, pues no podían mostrar sus debilidades públicamente,
pero en aquella ocasión, por expreso deseo de Helya,
se le permitió a Madam asistir para ver cómo Sulina y Lisendra azotaban a Helya, ya que la sabia se negó a hacerlo, pues, aunque en algún momento tuvo ganas de azotar a la joven, realmente no podía.
Arrodillada en el suelo de su propia cueva, Helya recibió veinticinco varazos de cada una de las dos mujeres, que eran sus mejores amigas.
Cuando Madam salió de presenciar el castigo, se encaminó a su cueva, donde la esperaba Relia.
--Madam, os estoy muy agradecida- dijo Relia.
--No es nada, fueron mis sueños- respondió Madam.
--Y vuestra valentía, siento mucho todo lo que ha pasado.
--No pasa nada.
Entonces entró Daima.
--Sabia Madam, lo siento mucho, no tenía ningún interés especial, me dejé dominar por la cólera.
--Tranquila, lo entiendo, yo en tu lugar habría hecho lo mismo.
--Sé que no lo harías.
--Bueno, nadie es perfecto.
--Gracias.
Grannie cumplió su promesa, Madam volvió a ser sabia y ambas mujeres reanudaron su amistad.
El pueblo volvió a respetar a Madam como sabia.
Grannie enseñó a Gelian todo lo que sabía y después a Dara.
Cuando Grannie enseñó a Dara cuanto sabía y ésta era ya una prestigiosa sabia, una noche, la madre naturaleza habló a Grannie a través del medallón, pues era más directo o adecuado a los tiempos, así era la voluntad de la diosa:
--Grannie, tus visiones se han cumplido y las profecías también, tu tiempo aquí ha terminado, ven a mi seno, desde allí podrás guiar a las futuras sabias.
Y así, dulcemente,
murió Grannie, la reina más justa y sabia que tuvo Sofía desde su fundación.
Su pueblo la lloró durante largo tiempo, entonó desconsolados cánticos fúnebres en su honor para facilitar su eterno descanso, rezó por ella y dejó su cuerpo en la cima de una montaña para que fuera pasto de los buitres y volviera así a la naturaleza, donde debía estar, e incluso los rokienses, que habían sido salvados de una muerte segura,
De las malas artes de una mala reina,
y que habían sido reconducidos al buen camino,
La alabaron como la buena reina que había sido,
Y su ejemplo inspiró a las futuras sabias y al pueblo,
Que con su muerte se comprometió a ser mejor desde entonces y para siempre.