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Salón de Lectura

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Angeles Navarro

La señora .


Como de costumbre fué a la primera misa de la mañana, y después como
extraordinario, pasó a visitar unos momentos a los sobrinos de su marido.
Manuel decía que las mujeres deben estar en su casa, y no perder el tiempo
parloteando con unos y otros. Ellos eran la única familia que le quedaba.

Siguió caminando sin tocar el suelo, como pidiendo perdón por existir.

Abrió la puerta de la casa acomodada en la que vivía con su marido desde
hacía más de treinta años. Ella se casó con dieciocho, y Manuel, su marido
casi de la misma edad que sus padres. Los dos eran hijos únicos, era una
boda muy conveniente, pues así juntarían un montón de olivares, de los que
podrían vivir sin preocupación durante toda su vida.

Empujó la puerta con cansancio. Relucía primorosamente, tal como le
gustaba y exigía su marido.

Se dirigió hacia el dormitorio, dobló con cuidado la mantilla, y fijó en
ella, el alfiler que la había sujetado a su moño. La guardó en el cajón de
la cómoda.

Se dirigió hasta el espacioso armario para colgar su abrigo, y al abrirlo,
un profundo estremecimiento recorrió su cuerpo. El lado que pertenecía a
su Manuel estaba completamente vacío, solo unas perchas se balanceaban en
el enorme espacio. Teresita lo sabía, pero a pesar de ello nunca podía
evitar esa sensación de soledad que la encogía cada vez que lo veía. Ella
misma había preparado la maleta que su marido le ordenó. De esto hacía más
de un mes, y estaba acostumbrada a esa taréa toda su vida, cada vez que él
le decía de hacerlo, y su ausencia duraba una semana, pero, ahora...

Grandes lagrimones surcaban sus mejillas enjutas, cuando se oyó la llave
de la puerta.

Coorrió lo más deprisa que pudo hacia la entrada, secándose la cara. ¡Era
él!.

No pudo apenas pronunciar su nombre. Le vió el rostro desencajado, y una
palidez que la asustó. El no dijo nada. Fue directo al dormitorio y con
voz apenas audible ordenó - Llama al médico -.

Así lo hizo.

Ahora esas lenguas viperinas que le preguntaban con mala intención, que
donde estaba su manuel cada vez que el desaparecía, se callarían. El la
quería.



Una semana después, todo había terminado. Su marido se había marchado
hacia el cielo para siempre. Ella lloraba sin cesar su soledad, y su
ausencia. Estaba tranquila. Lo había servido como siempre adivinando sus
deseos, antes de que él los expresase.





Cepillaba los trajes de Manuel para enviarlos al ropero parroquial,
cuando de uno de los bolsillos cayó un papel arrugado. Al estirarlo vió
su letra. En el había escrito, Te quiero. Se lo acercó al corazón, las
lágrimas volvieron a fluir con nmás intensidad. Al separarlo de sí, vió
que la otra parte también estaba escrita. Leyó, Isabel. Una punzada de
dolor, la dejó sin aliento. Se quedó durante horas, mirando fijamente ese
nombre que ella desconocía.



Cuando por la tarde fueron sus sobrinos a verla, les contó con minuciosa
precisión lo que ya todo el mundo sabía. La consolaron como pudieron, y
al final, consiguieron arrancarle la promesa de que saldría de aquella
casa con ellos.



El primer día fueron a la capital y tomaron un helado. Al siguiente, una
merienda, al otro fueron al teatro, y así poquito a poco la fueron
introduciendo en la vida.

La transformaron. Cambiaron su peinado, sus vestidos. Le gustó tanto que
era ella la que pedía salir. Nunca había sospechado que la vida fuese tan
bonita.



Una de las tardes, Iba a subir al coche, cuando una de las malas
lenguas que seguían pululando por las calles del pequeño pueblo, la
interpeló diciendo, ¡Ay, Teresita, si Manuel levantase la cabeza!.

¡Si Manuel, levantase la cabeza, así, así, lo metía otra vez en el
infierno!. Y uniendo la acción a la palabra, alzaba el tacón, daba golpes
contra el suelo con gran fuerza , a una hipotética cabeza que surgiese
de la tierra.

Dio media vuelta, se dirigió hacia el coche, y entró en el, con la
magnificiencia de una gran señora.



Angeles Navarro.


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