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Paco preparaba los aparejos para la jornada de pesca, que como cada día de descanso solía pasar.
El día se presentaba ideal, corría una ligera brisa y siendo finales de septiembre el calor no era sofocante.
El lugar preferido de Paco es, sin duda, las escolleras del nuevo puerto en construcción,, donde de vez en cuando sacaba una buena pieza.
Una vez preparado todo, lo cargó en el coche, un viejo opel corsa de color rojo y emprendió la marcha hacia el lugar mencionado, tras haberse abastecido de alimentos ia que la jornada sería larga.
-¡Estupendo día! - exclamó Paco.
El agua ligeramente agitada y un poco turbia, presentaba un aspecto inmejorable para la pesca del robalo.
Ya en las escolleras preparada la primera caña, la lanzó con un cebo vivo, una pequeña boga, y seguidamente ancló la caña en el pincho portacañas.
-¿Tendré suerte hoy? - se preguntaba.
Sin perder tiempo agarró otra caña, esta un poco mas fina que la anterior, con la intención de pescar esta vez una buena dorada, por lo que la carnada fué un buen gusano.
Al buscar un sitio para el pincho, fue a quitar unos cartones con la sorpresa que bajo estos había alguien durmiendo .
-¡Joder! ¡Que susto!.
Era un inmigrante, este era de color y al ser de noche casi no se veía.
-¡Perdona! ¡No te había visto!.
El pobre africano tenía la cara desencajada, los ojos muy abiertos llenos de lágrimas; el miedo se reflejaba en su rostro el cual delataba que no tendría mas de veinte años; de un impulso se incorporó poniéndose un gorro de lana que le tapaba prácticamente la cara, abrochándose luego un mugroso chándal que le quedaba demasiado ancho ya que el moreno era de poca corpulencia, mas bien tenía un aspecto débil y se adivinaba una personalidad tímida.
Tras unos minutos de silencio absoluto, se sentó unos metros mas allá, observando todos los movimientos de Paco.
Este sacó un termo del coche y tras servirse un vaso de café, le ofreció otro al verle que no paraba de tiritar.
Con su timidez ya confirmada, agarró el vaso con ansiedad controlada.
-¡Cuidado!, ¡que te vas a quemar! - le replicó Paco.
A sorbos pequeños se tomó el café, dedicándole una sonrisa de vez en cuando y al terminar este le indicó con el pulgar un gesto de gratitud.
-¿Te ha gustado?.
El moreno asintió.
-¡Claro hombre!, ¡esto resucita a un muerto!.
En esos momentos en la primera caña, un picotazo centró la atención de ambos.
-¡Ese es bueno! -afirmó Paco.
Efectivamente era una buena pieza, un robalo de unos cuatro kilos aproximadamente, el cual tras unos intensos minutos de combate, pudo sacar el pescado con la ayuda del moreno, no sin ciertos apuros.
-¡A costado trabajo! - dijo Paco suspirando y mostrando una gran sonrisa al compañero, devolviéndole este el mismo gesto.
Fueron pasándolas horas y las capturas se iban sucediendo, aunque mas pequeñas y de distintas especies.
Al llegar la hora del almuerzo, la amistad fue creciendo pero el moreno seguía mostrándose tímido, no dejándose ver el rostro.
Paco sacó del coche una bolsa con la comida, la cual era una tortilla de patatas y unas latas de refrescos.
-Acércate, vamos a comer.
El moreno estaba sorprendido de la actitud de aquel hombre, ya que estaba acostumbrado al rechazo de la gente, al mismo tiempo Paco también se extrañaba de su comportamiento, pero ese chaval le inspiraba confianza sin saber porqué.
Una vez echo un bocata de tortilla, le ofreció la mitad a su nuevo amigo junto a una lata de refresco.
-¡Come despacio, no te vayas a atragantar!.
El moreno comía a la vez que Paco, como si lo estuviera imitando.
La jornada terminó sin darse cuenta, se hizo de noche y Paco recogió todos los aparejos.
-¡Bueno moreno!, llegó la hora de irme- dijo con pena.
Este asintió con resignación.
Guardó todo en el coche y quiso despedirse de su amigo con un saludo.
Se marchó del lugar, no antes sin mirar varias veces por el espejo retrovisor, preguntándose que sería de aquel muchacho y si lo volvería a ver.
Al día siguiente ya en su trabajo, el cual era de vigilante nocturno en una vieja fábrica de hielo, desde donde se veía las escolleras en la que Paco había conocido aquel africano, el cual, sin saber por que, le inspiraba simpatía.
Tras haber dado una ronda de control por los exteriores del complejo y comprobar el frío que hacía a esas horas de la noche, no podía dejar de pensar en aquel desgraciado y la noche tan mala que pasaría, prometiéndose que haría algo al respecto.
Trascurrido los días de trabajo y al llegar la víspera del día de descanso, Paco, no solo preparó los aparejos si no que, agregó algo de ropa para el moreno, destacando sobre todo un chaquetón de color marrón con un dibujo de unas montañas en la espalda, para que el moreno aguantara las duras noches de invierno que se esperaban.
A la mañana siguiente Paco realizó las mismas operaciones que tantas beces había realizado en las diversas jornadas de pesca, y esperando la picada, se extrañó que no hubiera aparecido el inmigrante.
Pasaron varias horas y el africano sin dar señales de vida.
-¿Dónde estará este chaval? - se preguntaba.
-¿Le habrá pasado algo? - él mismo se sorprendía de su preocupación.
A lo lejos, una persona hacía aspavientos con los brazos.
-¡Es él! - mascullaba, al tiempo que daba un suspiro de alivio al ver que era su amigo y se encontraba bien.
Ya a su lado y una vez saludados ambos, Paco, se dirigió al moreno diciéndole:
-¡Toma estas ropas! y tira ese chándal.
El moreno asintió, cogió las ropas y las guardó en una bolsa de plástico.
La amistad fue creciendo, pero el moreno seguía mostrándose demasiado tímido, ocultándose tras el gorro de lana y el jersey que le tapaba la cara casi por completo.
-¿Quieres probar? - le preguntaba al mismo tiempo que le enseñaba una pequeña caña.
Una vez preparada y puesta la carnada se la dio al moreno, al cual, explicado el funcionamiento básico le comentó:
-¡Que tengas suerte chaval!.
El africano disfrutaba como un mocoso, pero mas disfrutaba Paco viéndole pescar.
De repente le picó al moreno un buen pez.
-¡Tranquilo!, ¡poco a poco! - le intentaba aconsejar Paco a su amigo.
Tras un rato de lucha y con su ayuda sacó un mero de unos seis kilos.
-¡Vaya con el novato!, ¡eso es pura suerte! - le replicó al moreno.
La pesca continuó entre risas, bromas y pescados, pero ninguno de mayor tamaño al anterior.
La amistad fue creciendo y se podía decir que eran amigos de toda la vida, pero a Paco le preocupaba la exagerada timidez del joven, ya que no se dejaba ver el rostro, aunque pensaba que podría ser que fuera un poco afeminado, puesto que algunos gestos realizados por este le delataban y tuviera miedo al ser descubierto por otros inmigrantes, y estos lo agredieran o peor aún lo violaran sin escrúpulos, comprendiendo su actitud desconfiada y precavida, aprobando su forma de actuar.
En la siguiente jornada, apareció el inmigrante con las ropas y el chaquetón que le había dado Paco, ocasión en la cual fue de gran satisfacción, ya que por lo menos le quitaría algo de frío.
-¿Te ha servido para pasar la noche? - le preguntó, como siempre hablando pon gestos, puesto que el africano no hablaba, o por lo menos, no lo hacía con su compañero de pesca.
-¡Toma! ¡esto es tuyo! - le dijo mostrándole sesenta euros.
-Es lo que me han dado por el mero que cogiste el otro día.
El moreno se negaba, pero debido a la insistencia de Paco sucumbió a la voluntad de este.
-¡Cómprate lo que quieras!, tú lo pescaste y tú lo debes disfrutar.
Normalmente cuando las capturas eran cuantiosas se las llevaba a un restaurante, el cual tenía apalabrado la compra de los ejemplares que fueran comerciales para el local.
En días posteriores comprobó que se compró entre otras cosas un gorro de lana nuevo.
-¡Hombre, que chulo!, ¡gorro nuevo!.
-¡Ya era hora que lo cambiaras!.
Pero lo que mas emocionó a Paco, fue un regalo que le entregó a continuación, un llavero de un pez, como los que se usan para la pesca con señuelos artificiales, pero con un acabado perfecto.
-¡Gracias, muchas gracias! - repetía una y otra vez, sin dejar de mirar tanto al moreno como al regalo, con los ojos llenos de lágrimas de la emoción.
-¡Joder!, ¡me estoy emocionándo! - replicó al mismo tiempo que le daba un coscorrón cariñoso en la cabeza.
El moreno arrascándose la misma, le dedicó la mejor de sus sonrisas.
-¿Sabes?, desde que se murió mi madre nadie me había regalado nada- le explicaba.
Día tras día la amistad fue en aumento, hasta el punto que Paco estaba dudando de su orientación sexual, porque con ese chaval, él se sentía muy bien y no comprendía esa atracción por un hombre, cosa que nunca lo podría ni imaginar, ya que siempre le habían gustado solo las mujeres, pero ¿porqué esos sentimientos homosexuales?- se preguntaba.
-¡No lo entiendo! - se decía en su interior, el caso es que él dudaba de sí mismo, pero se consolaba con la idea de que solo sería un sentimiento de amistad, pena o de humanidad por un pobre y débil africano que se veía indefenso ante la dura vida del inmigrante ilegal.
El parte meteorológico anunciaba una fuerte tormenta que estaría varios días sobre la zona, lo que produjo en Paco una angustia por la suerte que pudiera correr su amigo y se preguntaba si él podría hacer algo al respecto.
Esa noche, en su trabajo, mientras empezaba la tormenta, paco acariciaba el llavero intentando buscar una solución para ese pobre desgraciado, pero no encontraba ninguna.
A medianoche la lluvia, era exageradamente intensa, el viento huracanado, todo esto aderezado con un frío desgarrador que se metía hasta los huesos.
-¡Vaya nochecita! - exclamó Paco.
La tormenta duró tres días y empezó a amainar una mañana, en la que Paco se encontraba desayunando en una cafetería.
-¿Habéis escuchado lo de los inmigrantes? - comentó un cliente del bar a los camareros.
A Paco se le atragantó el café, y dirigiéndose a ese hombre le preguntó:
-Perdone caballero ¿que ha pasado?.
Este dirigió su mirada al que le hizo la pregunta y contestó:
-Ayer el fuerte oleaje de levante, movió los bloques de las escolleras, atrapando a varios africanos, matando a seis de ellos y sembrando el caos entre los demás.
Paco palideció y tras pagar el café salió apresurado de la cafetería para dirigirse a su coche.
Al llegar al lugar del siniestro, allí se encontraban la policía, las ambulancias y los bomberos con una grúa, para mover los bloques de hormigón y liberar los cadáveres.
Aprovechando que conocía a los sanitarios se acercó y la escena le impactó, enormes bloques encima de trozos de seres humanos aplastados.
-¡Dios mío! - gritó con rabia.
Pero la rabia se convirtió en desesperación al comprobar que entre los restos se hallaba el chaquetón que regaló a su amigo.
-¡No puede ser!.
-¡La culpa es mía!.
-¡tenía que haber echo algo por él! - se decía cabreado.
Abatido fue al coche y allí no pudo contener el llanto y rompió a llorar por la pérdida de su amigo.
La habitación de Paco, situada en la fábrica de hielo, tendría unos cuarenta metros en forma rectangular, con una cama, un pequeño comedor que le servía también de salón y al fondo del habitáculo, un estupendo cuarto de baño ,pero ese día la habitación presentaba un aspecto lamentable, al igual que Paco, que se encontraba en la cama y junto a él un periódico local abierto por la página de sucesos, destacando en grandes titulares la fatal noticia de la muerte de los inmigrantes, siendo uno de ellos su amigo, que no sabía ni su nombre pero sentía que de una manera o de otra lo quería.
Los siguientes días fueron duros y no quedaba otro remedio que aceptar la triste y dura realidad de la muerte de una persona querida.
Resignado volvió, paró su coche en el mismo lugar del accidente y allí permaneció pensativo con la cabeza apoyada en el volante y así se quedó un buen rato, hasta que unos porrazos en el techo le hicieron salir del estado de seminscosciencia en el que se encontraba.
-¿Que quieres? - gritó al que aporreaba, tras mirar y ver a un inmigrante.
-¡Vete de aquí!, ¡no tengo nada!, ¡déjame en paz!.
-¡Que me dejes tranquilo!, ¡joder! - gritó sin volver la cara, al reclamo insistente del inmigrante, pero este no paraba en su empeño de llamar la atención.
-¿Eres tonto o que? - gritaba mas fuerte al tiempo que se giraba brúscamente.
Los ojos de Paco parecían salirse de su órbita, tras comprobar exhausto la identidad del pesado.
Abrió la puerta del coche y abrazó al moreno, sin escrúpulos a pesar del fuerte olor a sudor y a ropa sucia que desprendía.
-¡Eres tú!.
-¡Estabas muerto!, ¡yo te vi muerto! - decía sin creérselo él mismo.
Después del emocionante reencuentro y con su forma de explicarse, el moreno le contó lo sucedido.
Simplemente fue víctima de un robo por parte de otro africano que le despojó del abrigo y nada más gracias a que salió corriendo, librándose de una buena paliza o aún peor una violación, dada esta práctica habitual entre los africanos a otros congéneres mas débiles.
-Pero ¿por que no saliste antes?.
-Tenía miedo por la presencia de la policía y me daba pánico que me cogieran para llevarme con los demás inmigrantes- le dijo, como siempre con gestos.
-¿Que te pasa?, ¿por que te escondes tanto de todo el mundo?.
-Si has echo algo, por favor dímelo!, si puedo hacer algo por ti, te lo aseguro que lo haré.
Pero el interrogatorio lo único que consiguió fue que al moreno se le saltaran las lágrimas por lo que Paco desistió del mismo.
-¡Venga perdona!, no tengo derecho a tratarte de esta manera, olvídalo y vente conmigo.
Se subieron al coche ambos y en el camino a la fábrica Paco le puso al tanto de sus intenciones.
-Mira, en la fábrica hay un barracón que no se usa, lo he preparado para que puedas vivir en él.
-Tiene una cama y un pequeño cuarto de baño para el aseo personal, que por cierto falta te hace, que hueles a kilómetros, pero lo mas importante, es que no debes hacer mucho ruido, sobre todo por la mañana, ya que hay otro compañero, enrique, y es un cabronazo, vamos que si nos descubre nos tenemos que ir los dos a la calle.
El africano asintió, dando por buenas las condiciones y mostrando agradecimiento, llegando a emocionarse por el gesto de aquel hombre.
El barracón le parecía un palacio, y el africano se deshacía en elogios con su protector, puesto que así lo consideraba.
Paco mientras preparaba la comida al día siguiente, se sentía orgulloso por lo hecho, pero al tiempo se preocupaba por los sentimientos que iban en aumento, lo que no podía aceptar su consciencia.
Al bajarle la comida se alegró al comprobar que se había duchado.
-¡Hombre!, ahora si hueles mejor, solo falta que tires ese gorro a la basura y dejes que te vea la cara de una vez.
El moreno agarrándoselo negaba con la cabeza y luego le pidió que comiera allí con él, aceptando Paco la invitación.
Habían pasado varias comidas compartidas y al cuarto día, al entrar al barracón, dio la casualidad de que estaba en la ducha.
-¡Perdona!, te iba a decir que hoy comemos mas tarde, tengo unas cosas pendientes.
El moreno salió de la ducha con un albornoz y una toalla en la cabeza, tapándole el rostro, como era habitual en él, y se dirigió hacia Paco, que estaba de espaldas, poniéndole la mano en su hombro, acariciándolo.
Este, pegó un salto para atrás.
-¡Mira, yo te respeto!, pero a mí no me van los hombres, así que por favor no lo hagas mas difícil- le decía apartándole la mano y dirigiéndose a la puerta, pero al llegar a alcanzar el pomo de la misma,el moreno, le volvió a coger el hombro y Paco ya mosqueado le gritó:
-¡Que no, joder!, mira, lo mejor es que mañana te vallas, por favor- le decía sin volverse.
Al sentir caer la toalla y el albornoz al suelo, a Paco se le rizaron los vellos, girándose bruscamente, y cuando se disponía a gritarle más fuerte, quedó perplejo al ver que su amigo, que estaba en cueros, era en realidad una mujer.
Atónito y sin parar de mirar el cuerpo de esa joven con las caderas perfectas, vientre marcado y pechos pequeños pero firmes, no reparó en las lágrimas que brotaban de unos ojos grandes de color verdes esmeralda, que conjuntados con su piel no muy morena, le daban una apariencia de diosa.
-¡Perdona, te lo suplico!, y tápate por favor- le dijo dándole el albornoz, saliendo del barracón con cara de asombro y avergonzado por su reacción.
Paco no daba crédito a lo acontecido anteriormente y se veía en la obligación de pedir disculpas; ahora comprendía el porque de sus sentimientos hacia el inmigrante y veía que al instinto carnal no se le puede engañar, encontrando también un alivio al comprobar que su orientación sexual no había cambiado.
Resuelto este dilema, y pasados unos minutos de reflexión, bajó al barracón y tras pegar en la puerta y abrirle el moreno, Paco dijo ruborizado:
-Vengo a disculparme, pero quiero que entiendas que no sabía tu secreto cogiéndome de sorpresa, porque yo creía, por algunos de tus gestos que eras homosexual y aunque yo no lo sea, estaba confundido, por que sentía algo por ti.
La africana estaba verdaderamente abatida, tumbada en la cama sin parar de llorar, y al escucharlo disculparse, se incorporó y secándose las lágrimas contestó:
-¡Lo siento!, no quería engañarte- decía en perfecto castellano.
-¡Me daba miedo! y además era una promesa.
-No te disculpes, tus motivos tendrás y has actuado de la mejor manera posible, porque hay muchos hombres que no respetan a las mujeres, por el simple hecho de ser mujer, y si encima eres inmigrante, aún peor, se creen tener derecho a disponer de tu cuerpo cuando ellos quieran, sin pensar en tus sentimientos.
-Mi nombre es Enola, tengo veintidós años, soy natural de Ruanda, aunque según mi abuela soy de descendencia inglesa, devido a que mi bisabuela tuvo un romance con un inglés, por eso el color tan claro de mi piel- empezó a contar la joven africana.
-Mis padres trabajaban en la finca de un funcionario del gobierno, mi padre de chófe y mi madre de cocinera. Cuando los militares dieron el golpe de estado, todo fue un caos, los asesinatos contra los funcionarios se sucedieron sin piedad, y al llegar a nuestra finca, todo fue horrible.
Enola rompió a llorar, interrumpiendo la narración.
-Tranquila, déjalo si quieres- comentó Paco, comprendiendo lo duro que sería recordar la trájica historia.
-¡No! Por favor, necesito contarla en homenaje a ellos- le replicó Enola.
-Tras matar a todo el que se puso por medio y una vez asesinados los propietarios, llegaron al lugar donde nos escondía mi madre, a mis hermanas y a mí.
-Sin escrúpulos los soldados violaron a mi madre, luego a mis dos hermanas, de solo, doce y catorce años, pero yo escondida tuve que ver toda la escena sin poder hacer nada. Una vez saciados de sexo, los asesinos degollaron a sus víctimas en mi presencia, y se fueron sin remordimientos- contaba muy emocionada.
-Cuando salí a socorrerlas, ya era demasiado tarde, la que aún vivía era mi madre que entre sollozos y antes de morir me hizo prometer que nadie sabría mi sexo hasta que estuviera a salvo, por miedo a que corriera la misma suerte que ellas.
La tremenda historia conmovió a Paco, hasta el punto que llorando se abrazó a ella, diciéndole:
-Conmigo estarás a salvo, no dejaré que nadie te haga daño, ¡te lo prometo!.
Enola continuó la tremenda historia.
-Luego estuve diambulando por varios lugares, hasta que decidí que tenía que ir a Europa, donde podría empezar de nuevo una vida mejor, y aquí llevo mas de dos años escondida a que llegue mi oportunidad para cruzar el estrecho.
-Tengo la solución a tu problema, déjalo todo de mi cuenta y acepta mi ayuda.
-Eres buena gente Paco- le dijo con una voz que desprendía cariño y sentimiento.
Emocionados los dos, Paco fue a limpiarle una lágrima de la cara, cuando Enola le cogió la mano y se la besó con pasión, lo que desencadenó en una liberación emocional, entregándose ambos a los placeres carnales.
Estuvieron varias horas haciendo el amor hasta quedar exhaustos, quedándose abrazados al terminar, y entonces Paco le hizo una promesa.
-Nunca te dejaré, ni siquiera, la muerte nos separará.
A la mañana siguiente tras desayunar se fueron de compras, sobre todo ropa acorde con su edad y sexo.
-¡Qué guapa estás!, los vaqueros realzaban sus formas de mujer y una camisa blanca, que se clareaba un poco, le daba un toque muy sexy, quedando perplejos todos los que la veían pasear con Paco cogidos de la mano.
Ya en casa, después de hacer el amor Paco le preguntó:
-¿Cuál es tu sueño?.
-¡Poder viajar libre por el mundo! - contestó Enola.
-Quería hablarte de eso, la solución a tus problemas es que te cases conmigo, una vez que tengas los papeles en regla serás europea y podrás viajar libre por donde quieras .
-¿Y tú, que? - preguntó extrañada la joben.
-Yo te ayudaré a cruzar el estrecho y luego podrás irte donde quieras sola y por mí no te preocupes, estaré bien- dijo con resignación.
-¡Pero yo quiero estar contigo! - replicó Enola abrazándole.
Paco emocionado le dijo:
-¡Yo también!.
Varios días después y tras arreglar la documentación, se casaron siendo testigo su jefe que estaba al tanto de todas las intenciones de la pareja.
Vendieron el coche y les digieron a los conocidos que estarían varios años por el mundo, hasta que encontraran un lugar para instalarse definitivamente.
El día antes de marchar, por la tarde mientras Paco fue a la oficina a despedirse de sus amigos y de su jefe, Enola se quedó en la fábrica preparando el equipaje.
Al escuchar la puerta de la habitación creyendo que era su marido, salió en su busca con la camisa blanca y sin pantalones.
-¿Tú quien eres? - preguntó al extraño que en ese momento se asomaba por la puerta.
Era Enrique, el compañero de Paco que venía a instalarse.
Sin dejar de mirar a la joven semidesnuda, la cual intentaba taparse, le dijo:
-¡Vaya con la negra!, ¡que buena estás!.
Enola le comentó asustada:
-Nos digieron que vendrías mañana.
-¡Y perderme esto!, ¡ni hablar! - dijo el intruso, preguntando, sin parar de mirar a todos los lados.
-¿Donde está Paco?.
-Ha salido a la oficina, ahora vuelve.
El visitante cerrando la puerta dijo:
-Entonces me dará tiempo de probar ese precioso cuerpo.
Enola horrorizada le decía:
-¡No! ¡por favor vete, Paco está al llegar!.
-¡Al demonio con Paco!, ¡prepárate para disfrutar nena!.
La violación se estaba consumando en el momento en que apareció Paco.
-¿Que haces?, ¡cabrón!, ¡suéltala! - le inquirió al violador cogiéndole por el cuello.
La pelea fue inevitable y se enzarzaron a golpes, pero cuando parecía que todo llegaba a su fin Enrique a traición le clavó un cuchillo por la espalda a Paco, matándolo.
-¡Lo has matado!, ¡ asesino! - gritaba Enola, agachada y sujetando a su marido, mientras se le escapaba su último aliento de vida.
El asesino, situado trás ellos, contemplaba la escena incrédulo.
-¡Ha sido culpa tuya! - decía mientras le rebañaba el cuello a la africana, cayendo esta sobre Paco, muriendo los dos abrazados.
El asesino ,envolvió los cadáveres en una manta, los metió en su coche y los llevó al puerto en construcción, y aprovechando que al día siguiente volcarían miles de metros cúbicos de tierra como relleno, tiró los cuerpos al barranco, quedando sepultados para siempre, a unos metros donde se conocieron Paco y Enola.
FIN
Dedicado a los inmigrantes que sueñan con un mundo mejor, y sobre todo dedicado a las personas que desinteresadamente ayudan a esos desgraciados en su empeño de prosperar en esta vida
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