¡-tac, -tac, tac; se puede!. ¡Bienvenido!, -entra, siéntate y disfruta de la lectura, gracias por tu visita
Toda la noche, se la había pasado soñando con lo mismo.
Era una interminable secuencia de ideas sobre el mismo tema.
Es más, ya lo sabía de memoria, ya que en varias noches sucedía de forma similar.
Pero cuando despertó aquella mañana, tuvo la certeza de que ésta vez, iba a ser distinto y que por fin, lograría cumplir tan anhelado sueño.
Sonó su despertador como siempre, a las 6 en punto de la mañana.
El sueño le había parecido tan real, que por un momento, una fracción de segundo quizá, estuvo tentada de voltearse al otro lado de su cama y seguir durmiendo, hasta las 10 de la mañana, tal y como lo hacía su hermana, quien por tener una leve discapacidad física, tenía licencia para pasárselo en grande y no hacer nada.
a. Pero no importaba. Total, ella ya había tomado una decisión irrevocable.
Había decidido, que tal como en el sueño, no iría a trabajar ese día.
Había decidido, que ya era hora de quitarse de encima a su jefe quien constantemente, la veía como en una vitrina sexual, puesto que con ojos codiciosos, la miraba todo el día y recargaba sus quehaceres, con frases maliciosas e insinuantes.
Sí. Estaba harta del desorden administrativo de aquella empresa que por un milagro, se sostenía de un hilo financiero, siempre al borde de la quiebra.
Los minutos pasaban y ella seguía en su cama, cada momento convenciéndose de lo que ya sabía.
Sabía, que con la experiencia acumulada por más de diez años en dicha empresa, no tendría muchas dificultades para encontrar un mejor empleo, con condiciones más favorables y un mejor clima laboral.
Sabía, que la independencia económica que tenía, no pagaba el precio de levantarse tarde como su hermana y dedicar el día a comer, dormir, ver tv y salir con sus amigos.
No, no. Ese plan, estaba bien, para un período de vacaciones y teniendo la certeza, de que ella por su parte, aprovecharía mejor el tiempo libre.
No iría a trabajar ese día.
Pero. ¿Por qué no se dormía entonces?
Los minutos seguían danzando en el reloj cuando de pronto, a las 6 y 25, se levantó, tendió su cama, se dio una ducha rápida y se vistió.
Se acordó, de que en el primer cajón de su escritorio, guardaba una carta, la que ella llamaba, la que me hará libre.
No era algo distinto a su carta de renuncia, la cual, había redactado con toda la calma, 6 meses antes, justo al día siguiente de la última vez que tuvo el sueño repetido tantas veces.
Con ésta idea, acalló su pensamiento más emocional, que le reclamaba, el por qué no se había quedado en la cama, hasta las 10 de la mañana.
Se dijo, que ese no era el procedimiento adecuado. Ya que si decidía no ir, simplemente la botarían de la empresa y no podría encontrar empleo fácilmente, puesto que su hoja de vida, quedaría con una mácula difícil de borrar.
Con éste pensamiento consolador, salió de su casa aquel día.
Si, si. Ella era inteligente, o por lo menos, sensata.
Y sabía, que las cosas había que hacerlas bien.
Llegaría a su oficina y le entregaría a su jefe, la carta. Y después, solo después, le diría todo aquello que siempre había querido decirle.
Que era un engreído, que pensaba estar en la flor de la juventud, sabiendo que hace mucho rato pasaba la cincuentena.
Pero sobretodo, que ella, podía tener muchísimos menos años que él, pero lo sobre pasaba en conocimientos y experiencia.
Así, abordó el metro, cruzó la ciudad, entró en la empresa, le dedicó la mejor sonrisa a la cámara de seguridad, saludó a sus compañeras, encendió su computador, revisó las tareas pendientes, las realizó, hizo alguna broma con algún compañero, saludó a su jefe, éste la miró lo más morbosamente que pudo y ya casi al medio día, abrió el primer cajón de su escritorio, ése, donde guardaba algunos objetos importantes, buscó la carta, la leyó, la miró, la releyó y acto seguido la rompió y salió a almorzar con sus compañeras.
MAURICIO CEBALLOS MONTOYA