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Un extraño dolor en su dedo índice derecho lo despertó de pronto, como si fuera un pequeño alfiler perforando su carne.
Miró a su alrededor y con horror descubrió, que quien le causó dicha perturbación, era una gran rata gris, que al advertir su despertar, huía. Pero como ella, había decenas en aquél lugar, que lo miraban con ojos escurridizos.
Sus hocicos fríos, habían rosado su piel, pues notaba humedad por todas partes.
Pero… ¿Dónde se encontraba?
Estaba acostado sobre algo blando; tenía miedo de mirar, de incorporarse, pero al mismo tiempo, sentía unas ganas urgentes de salir de allí.
Las ratas, temerosas, se habían alejado un poco ya. y una mezcla de olores empezó a invadir su nariz.
Olía como a lodo, humedad, y sobre todo, a una incipiente descomposición.
Pero… ¿Dónde estaba?
Giró su vista a izquierda y derecha sin lograr ver mucho. Solo lodo y piedras a su alrededor.
Hacia arriba, una gran piedra, cubría todo su perímetro.
De repente, lo comprendió todo.
Como el sol de la mañana entrando por la ventana, su mente se llenó de claridad y recordó el accidente.
Pero… ¿Cuánto tiempo llevaría allí?
¿Y su familia?
¿Estarían vivos aún?
Por alguna extraña razón, no se incorporaba; más aún, se quedó quieto y empezó a recordar.
Recordó, que era domingo y se encontraba almorzando con su familia.
Su hija, estaba contenta ya que por fin, había encontrado empleo, puesto que llevaba, más de un año sin conseguir nada.
Su esposa, tan inquieta en los asuntos de la cocina, había hecho un almuerzo delicioso.
Los tres, se encontraban felices, ya que era el domingo, el día que él, podía estar con ellas, pues era su descanso...
Él, era empleado de una empresa de refrescos que funcionaba en la región; trabajaba mucho y ellas, permanecían solas en la casa todo el tiempo.
Vivían en una modesta casa muy cerca de la autopista, que con mucho sacrificio y años y años de trabajo, él había pagado.
Hacia las dos de la tarde, terminaron de almorzar y como de costumbre, hicieron bromas acerca de quien se hacía responsable de lavar la losa.
Él, como siempre, reía y se ofrecía como voluntario, al aseo de la cocina y ellas, como siempre, con agrado y entre risas, le aceptaban el ofrecimiento, ya que decían, estar muy cansadas, puesto que en la semana, era a ellas quienes les tocaban esas labores.
Estaba pues, en eso, y ellas descansando y viendo algo de tv, cuando un gran trueno se escuchó en todo el barrio, seguido de muchos gritos.
Él, pensó que se avecinaba una gran tormenta, como muchas que venían azotando al país en los últimos meses; aunque le parecieron algo extraños los gritos, siguió en su labor.
No pasó más de un minuto, cuando una lluvia de tierra, comenzó a caer por todas partes.
Asustado, no supo qué hacer. Corrió a su habitación, despertó a las dos mujeres, quienes entre confundidas y aterradas, prorrumpieron a llorar.
Él, cada vez más nervioso y sin saber qué hacer, trató de sacarlas de la casa.
Pero una gran cantidad de piedras comenzó a cubrirlo todo, derribando techos, desmoronando muros y acabando con los sueños y las casas de sus vecinos y amigos.
No sabe exactamente, cuantos minutos de extrema confusión pasaron.
Lo único que recuerda, es como desesperado, trató de correr con su mujer y su hija, en medio del caos reinante, hacia ninguna parte.
No sabe cuándo, entre la gente, las perdió de vista.
Y fue, por la misma cantidad de personas que corrían de un lado a otro, que se sintió empujado por una extraña fuerza.
Cayó y sintió como algo muy pesado, aterrizaba en su espalda.
Veía lodo, piedras, gente y se hundía y se hundía cada vez más…
Las ratas habían vuelto a acercarse y sintió como sus cuerpos, trepaban sobre él; sus hocicos fríos, lo auscultaban todo. Pero él, estaba como en un trance, porque era consciente de lo que estaba pasando, pero no era capaz de moverse.
Iban subiendo, bajando, resbalando por su dorso, sus manos, sus piernas hasta que una, la más osada de todas, quizá la que lo había mordido en el dedo, trepó hasta su cuello y por un segundo, se quedó ahí, tal vez sopesando las posibilidades de ataque, o tal vez, comprendiendo, que aquél ser, no estaba tan muerto como los demás que se encontraban en ese lugar.
Y era verdad. Pues con la máxima fuerza de su voluntad, le dio la orden a sus músculos para que se movieran, Aunque se sentía extremadamente débil.
No sólo para quitarse aquellos roedores de encima, sino también, para hacer algo para salir de allí.
Movió su cabeza y como era de esperarse, las ratas huyeron precipitadamente.
Trató de voltearse, pero un agudo dolor, lo penetró por su espina dorsal y fue en aquél momento, donde se percató de que no sentía nada de la cintura hacia abajo.
Volvió a intentar moverse, pero el mismo dolor en su espalda lo hizo desistir.
Imaginándose lo peor, sintió que lo invadía una gran tristeza y lloró.
Lloró, por su casa perdida, por su mujer y su hija, porque no tenía la certeza de que estuvieran vivas.
Lloró, por sus piernas, porque quizá lo darían por muerto y porque al parecer, todo se reducía a esa posición en el fango.
Volvió de nuevo al letargo. Pero ésta vez, las ratas no habían vuelto.
No supo cuanto tiempo pasó; lo cierto fue, que cuando estuvo de nuevo consiente, escuchó voces afanadas, además de máquinas y sirenas.
De pronto, unas manos de mujer lo agarraron y se hizo la luz.
Potentes linternas iluminaron el espacio.
Pudo ver, que estaba acostado sobre dos cadáveres y que a su alrededor, habían decenas de cuerpos envueltos en pantano y sangre.
La mujer le tomó el pulso y le dijo a alguien: ¡está vivo!
Con mucho cuidado, le retiraron la piedra que cubría la parte inferior de su cuerpo y sintió que entre varias personas lo levantaban.
Lleno de dolor pero con mucha alegría, se volvió para mirar a su rescatista y se encontró con dos ojos grises llenos de paz y mucha esperanza que sin palabras le decían, Tranquilo, ya ha pasado lo peor.
Fue trasladado a un hospital de la zona, donde le informaron, que su mujer y su hija, estaban a salvo aunque su hija, en plena flor de la vida a sus 22 años, no podría volver a caminar, a causa de una piedra, que destrozó su médula espinal.
MAURICIO CEBALLOS MONTOYA