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Hace algunos meses, me encontré con pablo en un centro comercial, a raíz de una cita que en días pasados, el mismo me había solicitado; pues al parecer, le urgía hablar conmigo de un asunto que según me dijo, era delicado de tratar por teléfono.
Yo, pensando que era algo que tenía que ver con mi profesión, le di una cita a la mayor brevedad, porque muchas veces hay asuntos que deben tratarse con una buena discreción.
Cuando nos encontramos, lo noté excesivamente nervioso y un tanto prevenido. Lo tranquilicé, diciéndole que todos en algún momento hemos tenido problemas y que eso sería lo más normal del mundo.
Entramos a un sitio tranquilo, de esos que se prestan siempre para hablar; pedimos un par de cafés y me dispuse a escuchar a mi amigo pablo.
Me advirtió, antes de empezar, que por ningún motivo dudase de su salud mental por lo que me iba a contar. Esta observación, me cogió un tanto desprevenido por lo que me pareció fuera de contexto. Sin embargo, no le manifesté nada de esto, para no entorpecer la escucha.
Me dijo, que desde hacía más o menos quince días, le habían estado sucediendo algunas cosas un tanto extrañas. Como por ejemplo, dificultad para dormir, o despertarse abruptamente y con temor; pero lo más importante y raro que según él le estaba pasando, era que veía una luminosidad deslumbrante a todas horas por oscuro que estuviese.
Dicha luz además de ser muy molesta, le producía dolores fuertes de cabeza, agotamiento, calor y un nerviosismo tal, que no hallaba un momento de sosiego y paz.
Me dijo también, que era imposible cerrar los ojos ante esa luz infernal, porque ya lo había intentado en tres ocasiones con consecuencias fatales para su ánimo, porque siempre que lo hizo, se sintió más nervioso y atemorizado como si estuviese en peligro de muerte o bajo una amenaza intensamente poderosa.
Yo, era el primero que escuchaba su relato, porque a pesar de que varias personas de su entorno, le habían dicho que estaba muy raro en sus comportamientos, no había hablado de esto con nadie por temor a que la gente pensase que él estaba loco; recurría a mí, porque consideraba que yo le iba a creer y que juntos buscaríamos una solución racional a tan delicado tema.
Un tanto confuso y sin que decirle a mi amigo, lo escuché y lo acompañé a su casa, diciéndole que procuraría investigar sobre el tema con algunos médicos amigos y que también indagaría por el lado psicológico, claro está, que sin mencionarle en algún momento que la cuestión a mí, sinceramente, me parecía psiquiátrica.
Una semana después, fui a su casa, habiendo hablado con algunos profesionales que lo único que hicieron, fue confirmar mis sospechas sobre el deterioro de la salud mental de Pablo.
Sin embargo, traté en lo posible, de no manifestarle nada de esto a mi amigo, porque de todas maneras, es muy indignante para cualquiera que lo llamen loco así porque sí.
Cuando lo vi, lo encontré con un aspecto dolorosamente demacrado. Lleno de ojeras, con la mirada perdida y una expresión de agotamiento en su rostro, que lo único que dejó traslucir, era que fuese por lo que fuese, sufría infinitamente y que necesitaba ayuda rápido.
En su voz, pude evidenciar todo ese sufrimiento cuando me dijo, que en una semana no había podido dormir ni un solo instante y que a eso se debía su agotamiento; porque la luz, era ya tan intensa, que no lo dejaba conciliar el sueño además de un dolor de cabeza impresionante, que a veces lo hacía llorar.
Contra cualquier evidencia o concepto médico o científico que demostrase una perturbación mental grave en este hombre, con aquella visita me convencí de que estaba diciendo la verdad y que a pesar de ser una cosa extraña y no tan fácil de explicar, no era para dudar de su equilibrio mental.
Le dije que al día siguiente lo acompañaría al hospital y que llamaríamos la atención de los médicos por el hecho del dolor de cabeza.
Tal y como habíamos dicho, estuve con él en una clínica muy reconocida de la ciudad en la cual, lo dejaron internado al considerar que su caso era algo urgente, y también para practicarle algunos exámenes neurológicos que arrojarían alguna pista de su rara sintomatología.
Le asignaron una habitación muy cómoda que a pesar de tener lo necesario para que cualquiera se sintiese a gusto, el pobre Pablo no la pasaba en grande en dicho lugar.
Y esto sumado a los nervios crecientes de su madre, a la cual no dejaban de hacerle preguntas los miembros del equipo médico y los amigos que llamaban y acudían a visitarlo.
Alarmaba también a todos, sus ojos que momento a momento, se iban poniendo más rojos y y su cara, parecía que hubiese sido expuesta al sol durante muchas horas.
Decía que no aguantaba el ardor en todo su rostro y una enfermera le suministró unos analgésicos muy fuertes que lograron palear la molestia y lo hicieron dormir un poco.
Al día siguiente de la hospitalización, comenzaron a practicársele variedad de exámenes médicos en su cerebro; también se evaluó su visión, sus oídos y hasta le practicaron un examen de sangre.
En una semana, los médicos ya habían hecho su trabajo, sin escatimar esfuerzos para descifrar la causa de las molestias de Pablo, que entre otras cosas, no mejoraba sólo tenía breves momentos de paz, con la droga que le daban.
Preocupado, le pedí al doctor encargado que me diera un parte de la situación de mi amigo.
El panorama, comenzó diciendo, no es muy alentador; porque no sabemos en si, cual es la enfermedad que lo aqueja y así, la cosa no es sencilla. Porque si no se tiene un diagnóstico claro, es muy difícil saber qué podemos hacer para aliviarlo puesto que todos los exámenes y ayudas diagnósticas que se le realizaron, arrojaron resultados muy normales y es un enigma para nosotros, esos surcos en su cara que indican quemaduras y la coloración intensa en sus ojos que nos deja sin explicación médica alguna. Concluyó diciéndome, que iba a ser dado de alta, porque ya en la clínica no había más nada que hacerle.
No me gustó mucho ésta conclusión y así se lo manifesté, aunque en el fondo sabía que él tenía razón.
Me prometió, que convocaría a un equipo médico para estudiar el caso Pablo, pero también me explicó, que tanto para la familia como para él, era muy traumático en todo sentido, el permanecer más tiempo allí y con el agravante de que cada día empeoraba y sin poder ayudarlo.
Asustado, pero entendiendo la situación, hablé con la familia de mi amigo, que entre tristes y resignados, asentían sin saber que más hacer.
Con una cuenta por pagar y sin ninguna solución, se fueron a su casa a cuidar del enfermo, que seguía empeorando, pues a los síntomas ya descritos, se sumó el que momento a momento, se fue quedando ciego porque la luz que el describía, era ya lo único que veían sus ojos enfermos.
Por mis ocupaciones, no pude verle si no, hasta un mes después y aunque su madre diariamente me informaba sobre su salud, sólo cuando estuve frente a él entendí la gravedad de la situación.
Estaba ciego, con el rostro deformado por las quemaduras y una perturbación psicológica que no le permitía ya ni hablar; lo más raro, es que todo pasaba sin ninguna explicación científica que por lo menos, nos pudiera tranquilizar.
Algunos meses después y sin previo aviso, Pablo habló para contarnos que la luz, a la cual por fuerza se había acostumbrado ya, de repente, se había apagado y que para él de por sí, esto, ya era un alivio.
Una a una, sus quemaduras fueron desapareciendo y lentamente fue recuperando su rostro y aunque sus ojos no volvieron a ver, quiso llevar nuevamente una vida normal y empezó por acoger la idea de que había salido con vida de un episodio que era tanto triste como doloroso, aunque de su ceguera no podía dársele una buena razón, estaba vivo y con ganas de seguir en éste bus al que llamamos vida y del cual por ahora, no quería bajarse.
MAURICIO CEBALLOS MONTOYA