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Salón de Lectura

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Mauricio Ceballos Montoya

Agua y sal

Estaban ahí, con sus maletas, parados en la puerta de la institución.
Sus rostros reflejaban acaso las ideas que pasaban por sus mentes.
Como sería ese mar? Ancho y profundo.
Su color, su sabor salado.
Sería acaso como una piscina? Con sus bordes bien remarcados?
Pero todo debía esperar, porque primero abría de venir el viaje.
El bus llegó a la hora convenida; paulatinamente, todos fueron llegando y se fueron asignando los puestos en el viaje.
En medio de un alboroto que causó la partida, comenzamos el paseo a cobeñas.
Durante toda la noche, viajamos en medio de alegrías, cantos y cervezas.
No se escatimaron las risas, los chistes, las trovas y las imitaciones a los amigos ausentes y presentes, que contribuyeron a darle más alegría a la previa del paseo.
Llegamos en la mañana, en medio de un sol eufórico que nos sirvió de antesala a la felicidad del mar.
Después de una acomodación en las cabañas y de terminar de llegar, había que desayunar y a pesar de que algunos no habíamos dormido nada en el viaje, nos fuimos a saludar al señor mar.
Pero de repente, todos estábamos ya en él. Los que no lo conocían, un poco asustados con su contacto.
Una joven temblaba. Otro chico le fastidiaba un poco la sal.
Pero tú, te sorprendiste cuando caminando por la playa, de pronto sentiste que un poco de agua te mojó las plantas de los pies.
Ibas con tu maleta de viaje, la cual no abandonaste ni un minuto, porque pensabas que tus compañeros de cabaña iban a quitarte el dinero.
Con tu bastón, auscultabas el terreno.
Cuando el mar te invitó a su mundo, caminaste con una mezcla de temor y respeto. Siempre con tu bastón de faro, con lentitud y curiosidad, caminaste y caminaste, hasta que el agua te cubría las rodillas.
En ese momento, tal vez creíste que era el más indicado, te inclinaste, dejaste que el agua te tocara; con tu mano la cogiste, la probaste, asentiste al ver que en realidad era salada y luego, como cumpliendo un ritual secreto que sólo tú conocías, te mojaste la cabeza, siendo éste tu primer y único contacto con el señor mar en todo el paseo.
Que pensaste? Acaso que era mentira que el agua era salada y te decepcionó la comprobación de que si era verdad?
O acaso tenías mucha expectativa en conocerlo y viste que no era tal la magnitud de la maravilla?
O quizá, te disgustó el contacto con la sal, porque creías que se quedaría adherida a tu cuerpo?
Y así, sigilosamente, volviste a salir, dando marcha a tras, ignorando la muda invitación que el mar y el sol te hicieron.
Ahora con tu bastón salado, recorriste la playa, preguntando aquí y allá, donde por suerte o casualidad, había un lugar con agua pero sin sal, donde te pudieses lavar eso que te había dejado el mar.

MAURICIO CEBALLOS MONTOYA.