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Comencé a soñar con ella a los 15 años.
Recuerdo que en esa ocasión, soñé que estaba en el centro, realizando algunas diligencias con mi madre. De pronto entramos a una entidad financiera, pues mi madre iba a pagar algunas cuentas y mientras hacíamos la larga fila, la vi. Estaba sentada en una de las sillas, quizá esperando a alguien, puesto que por lo que se veía, no tenía intención de hacer nada en dicho banco.
Tenía puesta una blusa negra de tirantes. Su cabello negro, caía libremente por su espalda casi hasta la cintura. Me atraía su expresión dulce y relajada como esperando nada. Sin mucho disimular, la miré varias veces y cuando por fin mi madre alcanzó el turno del cajero, no me aguanté y fui a sentarme a su lado.
Ya más de cerca, pude detallarla aún más. Era una mujer muy normal, como cualquiera. De una estatura más o menos promedio, piel blanca, de contextura ni gruesa ni delgada, de pechos grandes y labios un poco gruesos. Pero sus ojos, eso sí que era distinto. De un gris profundo y triste, pero que poseía un imán hacia mí, tan poderoso, que hice y dije cosas que en ningún momento había siquiera pensado.
La saludé y me miró con ese contraste de dulzura y tristeza a la vez.
Yo en ese instante, recé para que mi madre se demorara un poco más en la taquilla.
Me dijo hola, con una amplia sonrisa que destacó mas lo agradable de su rostro, pero sus ojos me seguían inquietando porque ahora que dedicaban toda su atención a mí, sentía como un calambre recorría todo mi ser y una sobre dosis de adrenalina invadió mi espíritu.
Esperas a alguien? Le pregunté y me dijo que si, de hecho, estaba esperando varias personas ese día.
No entendí muy bien la respuesta, pero tampoco quise ahondar más en el asunto.
A eso, ya venía mi madre y al ver que se me acababa el tiempo, no sé porqué, le pregunté: me quieres?
Volvió a sonreír y me dijo. A ti, todavía no.
Cuando salimos del banco, me desperté.
Muchas veces le di vueltas a dicho sueño. Incluso le conté a mi madre y me dijo que quizá era a alguien que conocería más adelante.
Tres años después, la volví a ver en otro sueño que paso a relatar:
Estaba con unos amigos paseando en la costa. Estábamos relajados en la playa tomando ron, escuchando música y riéndonos de todas las bobadas que decíamos.
En algún momento, me dio por meterme al mar, para darme un chapuzón. Había mucha gente nadando; yo también empecé a hacer lo propio y me fui alejando un poco de la playa y cuando me di cuenta, nadaba a mi lado. Esta vez, fue ella quien me saludó.
Te acuerdas de mí?
Con mucha sorpresa, la miré; llevaba un traje de baño de dos partes, su pelo recogido en un moño, pero sus ojos, grises e inconfundibles, me hicieron atragantar de preguntas y solo atiné a balbucear un sí.
Se veía esta vez, sumamente atractiva. Su boca, más sensual que la otra vez y sus senos grandes y bien puestos, invitaban al placer.
Como te acabó de ir ese día en el banco?
Me preguntó y le dije. Pero tú porqué siempre te me apareces solo en mis sueños?
Se rió e hizo una pirueta en el agua y luego dijo: no sé…
En ese instante y con todas las preguntas que tenía en mi mente, solo pude decir.
Me quieres?
No, todavía no…
Y se alejó, dejándome solo.
No tuve más remedio que deshacer lo andado, o mejor decir lo nadado y volver a la playa donde mis amigos.
Iba a contarle lo sucedido a uno de ellos, cuando me desperté.
Si con el primer sueño había quedado inquieto, con este sí que quedé intranquilo porque en esencia, era la misma mujer a quien solo veía así, en sueños y con la pregunta recurrente y la misma respuesta por su parte.
Es más; quedé tan tocado, que recurrí a un profesional de la psicología, quien palabras más palabras menos, me explicó que ella habitaba en mi inconsciente y que en algún momento de mi vida y de alguna manera, me tendría que topar con ella, porque era como una especie de admonición alojada en mi mente.
Con tamaña explicación, me quedé un poco más tranquilo y por algún tiempo, no volví a pensar en eso.
Unos dos años después, la volví a ver y el sueño, es como sigue:
Estaba con mi novia; íbamos para cine, estábamos haciendo la fila para comprar las entradas cuando sin mirar, noté su presencia inmediatamente detrás de mí.
Instintivamente giré y sus ojos me electrizaron de nuevo.
Tomaste mucho ron aquél día!
Me quedé sin nada que decir, porque me parecía increíble que mencionara siempre el último sueño en el que nos habíamos visto.
Mi novia, algo inquieta como es natural, se giró y preguntó si nos conocíamos; Yo estaba como idiotizado y ella, respondió que nos habíamos visto en un par de veces, pero que no debía preocuparse, ya que solo era un sueño.
De pronto, ya estábamos en el cine, yo sujetaba una mano de mujer, que no era precisamente mi novia. Era ella quien me acompañaba en la película.
Cuando me percaté de la situación, quise preguntar, pero ella suavemente, puso su dedo en mis labios y me dijo: espera, disfrutemos de la peli..
Al final, salimos y me dijo que quería tomarse algunas cervezas conmigo.
Vestía una falda corta de color azul y una camiseta blanca escotada.
Su pelo como siempre, largo y sensual, se derramaba caprichosamente por su espalda descubierta.
Sus manos, estaban cubiertas por manillas artesanales y en sus uñas, se distinguían dos colores.
Yo seguía encantado. Quise hacerle más preguntas pero me decía que disfrutáramos el momento, ya que en pocos sueños nos veíamos; a mí me pareció razonable su pensamiento y mejor opté por callar y aprovechar su compañía.
Sus ojos, me seguían llamando mucho la atención, todo sumado a su agradable charla sobre diversos temas como música, política, cine y literatura.
Pero en ningún momento habló de ella y tampoco parecía importarle mis asuntos personales.
Con el transcurrir del tiempo, fueron fluyendo las cervezas y con ellas, vinieron los besos más sensuales que me hayan podido dar.
Besos húmedos, tibios, dulces y apasionados; me embriagué tanto de sus besos, como de tantas cervezas que tomé, pero a ella, no le afectaba en lo más mínimo y tampoco el licor parecía hacerle daño.
Ya bastante ebrio, le dije que fuéramos a mi casa. Ella aceptó y ya en el taxi, no hice sino mirarla y sus ojos, me seguían mirando con la misma expresión de tristeza y dulzura como la primera vez.
Llegamos a mi casa, me acostó en mi cama, me arropó con cariño y le pregunté: me quieres?
No, pero sabes? En el próximo sueño que nos encontremos, si te querré, te haré mío, me dijo y acto seguido con un beso, se despidió y desapareció.
De inmediato la alarma de mi celular, me despertó del sueño más interesante que haya tenido en toda mi vida.
Como es normal, a la mañana siguiente, no hice sino pensar en dicho sueño, pero como estos no eran tan frecuentes, ya me estaba acostumbrando a sus apariciones ocasionales.
Nunca más volví a verla, ya hasta se me había olvidado su existencia, hasta hoy, cuando ya adulto y un tanto enfermo, volví a verla y sentirla en toda su expresión, en el último sueño de esta tan onírica crónica, que se narra de la siguiente forma:
Estoy en mi cama, con algunos grados de fiebre; todo mi cuerpo tiembla y la neumonía no me deja en paz.
Mi señora y mis hijos me rodean y me prodigan todo el cuidado necesario, que un enfermo de cáncer de pulmón, puede requerir.
En algún momento, dejé de sentir las molestias del cáncer, todo mi cuerpo se relajó y me solacé en una tranquilidad que ni los medicamentos me podían dar.
De repente, entre toda la gente que me rodeaba, sentí como el ambiente cambió y una excitación feliz se apoderó de mi; ella estaba sentada en mi cama, toda vestida de negro. Se acomodó en mi cabecera y me puso suavemente su mano en mi cara.
Te acuerdas de mí?
Hace mucho que no nos veíamos!
Desde tu juventud, creo.
Pero tu como sigues igual de joven?
Le dije.
No se…
Yo soy siempre así…
Sentí una vitalidad que hace tiempo no experimentaba.
Ella se acostó a mi lado y con mucha suavidad, comenzó a acariciarme y besarme y volví a recordar los besos suyos, tan dulces y apasionados, que me dio en el sueño último que la vi.
No sé en qué momento, me despojé de mis ropas de enfermo y ella también, desnuda, únicamente cubierta por su pelo que caía como un velo por su espalda.
Durante mucho rato, permanecimos así, juntos, jugueteando con nuestros cuerpos y por fin pude disfrutar de sus grandes senos erguidos y sensuales, los cuales había deseado tanto.
Caricias, besos, palabras tiernas abundaron en ese momento en un derroche de auténtica pasión.
La besé toda. Penetré por todos los orificios de su cuerpo.
Le hice sexo oral, gimió de placer, me envolvió el rostro con su pelo, sus senos nadaron por todo mi cuerpo y su boca, se detuvo en mi pene y con movimientos de experta, me hizo derramar en sus labios.
Descansamos un poco, para luego empezar con el sexo puro que me removió todos mis sentidos y en realidad, pensaba que iba a estallar de placer.
Cuando ya estaba llegando a un orgasmo limpio y quizás el más auténtico que haya tenido, le pregunté:
Me quieres?
Si. Me dijo. Hoy, eres solo mío; te quiero con todo mi cuerpo, mis ganas y mi pasión.
Pero no te quiero como te quiere tu mujer, o tu hijo. Mi cariño es diferente. Es un cariño de posesión de arrebato y desenfreno; es un cariño, que solo lo puedes sentir una vez en tu vida porque es tan único e irrepetible, que solo dura un momento, éste momento y jamás volverá.
En ese instante todo mi cuerpo se convulsionó en el último orgasmo de mi vida.
Me derramé dentro de su ser y fluí y fluí. Me sentí flotar, navegar y ya no estar…
De pronto, la nada, el vacío, la transparencia, la felicidad, la eternidad…
Mauricio Ceballos Montoya.