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Desde hace muchos años, quería tener un vuelo en parapente.
Muchas veces me imaginé el cómo, él cuando y sobre todo, el con quien podría acompañarme a esa experiencia.
Desde que mi hermano, una tarde me habló de dicha actividad y de los parapentistas que cada fin de semana surcaban los cielos de la ciudad en sus aparatos de tela, me sentí atraído pues me imaginaba esa sensación de libertad en el aire, casi comparada con un viaje en una aeromoto o algo así.
Pasaron los años y por un sinfín de motivos, el sueño de vivir esa experiencia se fue aplazando y en ocasiones quedó tan archivado como los libros de la escuela primaria.
Y aunque estuviese tan archivado, a ratos me acordaba y lo tenía como una de esas cosas que uno no se puede quedar sin hacer.
Resulta que en este año, hablando con una amiga, me contó que ella tenía el mismo sueño y ya lo había realizado.
Hablamos de su experiencia, de lo rico que era y obviamente, de la seguridad con la que se cuenta en dicha actividad.
En mi interior, sentí como aquél sueño, se despertaba, estiraba su cuerpo, cobraba forma y se convertía en algo latente.
Establecimos una fecha, ultimamos detalles y como ella ya lo había hecho, fue más fácil esa parte logística que aparentemente es inocua, pero que es bien importante.
Se llegó el día.
Quedé con mi amiga, un domingo de julio, en una estación del metro. Fuimos hasta la terminal de transportes del norte, abordamos un bus que nos llevó hasta el voladero de san Félix, lugar donde se llevan a cabo los vuelos.
Dicho lugar, es un corregimiento del municipio de Bello, con una altitud de 2400 M sobre el nivel del mar.
Desde la terminal hasta san Félix, hay una hora de viaje más o menos.
Llegamos a eso de las 11 y cuarto de la mañana, con un sol espléndido y muchas ganas de volar.
En la parte de abajo, junto a la carretera, hay unas taquillas donde se paga el valor del vuelo y donde le dan al turista algunas indicaciones.
Pagué, nos dieron la bienvenida y con mucho entusiasmo empezamos a subir unas 400 escalas hasta un terraplén donde se asentaba el club de vuelo.
Muy cansados pero emocionados, subimos, nos recibieron muy bien, nos advirtieron de los riesgos que implica el arte y nos invitaron a esperar turno, porque contrario a lo que yo pensaba, había muchísima gente.
Esperamos unos 40 minutos y cada instante de espera, crecía en mí un ansia loca que se combinaba con un muy pequeñito temor, porque al fin de cuentas, era una situación desconocida y es apenas natural un asomo de miedo.
En medio del sol, avanzaban los minutos, hasta que por fin era mi turno.
Me presentaron a Julián, quien iba a ser el piloto, me ataron los pies y la cintura, me entregaron un casco parecido al de una moto con los colores de la bandera de nuestro país.
Mientras tanto, mi amiga tomaba muchas fotos, porque desde antes habíamos acordado que ella sería la reportera gráfica del asunto.
Me dieron algunas instrucciones finales luego de cerciorarse de que todo iba bien, comenzamos a caminar lentamente por la manga y en unos diez segundos, estábamos ya corriendo! Un segundo después, sentí como mis pies se soltaban del césped y de pronto, ya estábamos volando.
Así me lo dijo el piloto quien con mucha calma y con su música rap en un CD portátil, conminó al viento y a su talento para acompañarnos en el vuelo.
A partir de ese momento, la libertad fue total. Éramos los dueños del cielo! En semi círculos ganábamos altura mientras mi expresión era de auténtica felicidad.
Abajo la tierra y nosotros, dominábamos el aire a mil metros de altura. El viento, ese cómplice y amigo, me daba de lleno en mi cara, en mi cuerpo y en mi corazón que rebosaba de contento.
Cuando ya teníamos altura suficiente, vinieron las acrobacias por parte de Julián, quien con mucho talento, realizaba espirales, semi círculos y elipses, que me producían vértigo y un su bidón de adrenalina buenísimo que lo único que lograba era que gritara de contento.
Abría las manos, extendía mis brazos, estiraba mis piernas y jugueteaba con el viento como un niño. Y es que era eso. Parecía un niño al que han llevado a conocer un invento nuevo y lo mejor, lo han dejado jugar con él, divertirse hasta el cansancio.
Las acrobacias se repetían y el piloto disfrutaba de mis expresiones de alegría y felicidad.
Aquél sueño, duró 35 minutos y hace mucho pero que mucho, no disfrutaba tanto de una actividad adrenalística como lo disfruté hoy.
Aterrizamos, la expresión de alegría de mi amiga al ver mi cara, las fotografías tomadas, el piloto diciéndome que había sido muy bueno volar conmigo y todo adornado por el sol de la una de la tarde que con su brillantez, nos hablaba de que la felicidad es un cúmulo de buenos momentos que hay que aprovechar cuando se viven; para disfrutarlos al máximo, para luego recordarlos con felicidad y pasión.
Luego, no me importó la cara quemada, el viaje de regreso, el gentío en el metro, el calor y el cansancio.
No importaba, porque viví una experiencia que vale la pena recordar.
No importaba, porque aquél sueño archivado como un viejo libro, emergió y se materializó.
No importaba, porque nuevamente en mi vida, fui feliz.