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Salón de Lectura

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Miguel de Portugalete

¡que encanto de persona!.


Portugalete 8 de noviembre 2009
Ya el despertador a sonado, y nuestro amable protagonista, decide acerlo callar, estampándolo contra la pared.
Se prepara, y rápidamente sale a la calle, y se dirige al bar, a por su dosis de cafeína, que estimulará su genio mordaz.
Lo que hace la mayoría de la gente al entrar a los sitios, es dar los buenos días, aunque nuestro amigo, piensa que como los deseos no siempre se hacen realidad, dice que es mejor hablar de los acontecimientos, una vez pasados, pues la futurología no es lo sullo. ¡y toda esta palabrería, para decír que no quiere dar los buenos días!.
Estas palabras, suele pronunciarlas con los dientes apretados, lo que da una rara tonalidad a su voz.
Buenos días, le dice el camarero que ya sabe de que pie cojea, y al que le gusta oír las ocurrencias de nuestro personaje.
Los días buenos lo serán, depende para quién, y según los criterios que se utilicen, no te jode?.
¡valla hombre!, cada día, te noto más encantador. Dice el camarero.
Mientras, el camarero sonríe maliciosamente a los parroquianos al mismo tiempo que dice:
¿quieres entonces lo de siempre no?:
¿leche descremada con un poqito de café descafeinado, verdad?.
A lo que nuestro amado personaje responde:
Pues al revés, disléxico puñetero. Jejejejeje, como te gusta buscarme la boca.
Acto seguido, le hes servido el café, y en pocos minutos, y a la velocidad del rayo, lo vemos partir hacia la parada del autobús, eso si, tras pegarle una patada a un perro pequeño, que andaba suelto, pues su dueña contraviniendo las órdenes municipales, no le había puesto la correa.
La señora, no sabe con quién se la está jugando, e increpa al agresor.
Este, siempre con la palabra amable en los labios responde:
¡Ya veo que son dos los que tendrían que estar con correa!, ¡la mierda del perro, y la boba de la dueña!.
Sigue el azaroso día de nuestro amigo, el cual no puede callar un instante, y al ver que alguien intenta colarse a la ahora de coger el autobús, grita como si estuviese poseído, un:
¡eh oiga, que esto de la fila se ha hecho para todo el mundo!, ¡que los privilegios de la nobleza, se suponen ya abolidos!.
El infractor, ante tal chaparrón de furia verbal, decide aguardar su lugar esclamando:
¡bueno vale, me he pasado, pero no he matado a nadie!.
Nuestro beligerante amigo siempre lleno de amor hacia su prójimo esclama:
¡si hombre, haber si a los demás, es que no nos va a gustar ir sentados igual que a ti. Si te levantases antes, y llegases a tu hora, no tendrías porqué andar haciendo el jilipollas!.
La cosa ya se vuelve tremendamente compleja, pues nuestro protagonista, trabaja cara al público, aunque no iríamos muy errados, si decimos plantaba cara al público.
Tenía especial animadversión a los que usaban un lenguaje melífluo, o a aquellos que se ponían brabos.
Un ejemplo que él consideraba humorístico pero distaba mucho de serlo, era cuando alguien venía en plan provocador, y decía:
¡bueno que!. ¿cuando me van a atender?.
A lo que nuestro encantador amigo respondía:
Pues eso depende de varios factores, que son:
Primero, a lo mejor si te tranquilizas, y sólo a lo mejor, pronto.
Segundo, cuando los trescientoss que se han molestado en venir antes que tú sean atendidos, y tercero y para no estenderme más, cuando hagas un gran derroche mental, y pongas correctamente en el impreso lo que deseas, sin faltas de ortografía, y para ello, te recomiendo que vuelbas a leer la primera cartilla, y repasar algo de caligrafía, que mi hijo, el que va a primero de e.g.b. tiene mejor letra que tú.
Para darle mayor énfasis a lo dicho, y ridiculizar aún más al osado, subraya con un bolígrafo rojo los fallos que el atrevido ha cometido, y hace regresar al infractor chulito al final de la fila, cada vez más nutrida de personal.
Su jefe de sección que ha bisto la faena, lo llama por los apellidos, que es algo que indica que se avecina el chaparrón burocrático:
Rodríguez, ¿sería usted tan amable de acercarse un momento?.
Rodríguez, se aproxima a su superior, y con cierta sorna pregunta:
¿qué desea el señor?.
A lo que su jefe responde:
Desear lo que se dice desear, pues muchas cosas ciertamente. La primera, que se dirija al público con respeto y corrección.
¿sería mucho pedir, señor Rodríguez?.
Pues teniendo en cuenta lo insoportable que es la gente, sería muchísimo, por no decirle que una misión imposible, replica rodríguez.
La jornada de nuestro encantador Rodríguez, es continua. Tanto en horario como en su amable actitud, de la que hace partícipe a la gente de su entorno.
Sale sobre las tres, y se dirige a al único restaurante en que lo soportan, pues ha tenido la suerte de toparse con gente de su misma calaña.
Allí la gente es como él:
Josefa la camarera, regordeta ella, de piernas algo torcidas y de nariz prominente, saluda a Rodríguez, con el cual la naturaleza tampoco a sido muy complaciente diciéndole:
¿qué quieres guapo?.
A lo que con su gran amabilidad Rodríguez responde:
Pues serlo algo más que tú, y algo que se esté quieto en el plato y sea comestible. ¿comprendes?.

Pepi, ante el malicioso comentario de Rodríguez contesta:
cuidado con la lengua, que si te la muerdes, te envenenas.
La comida aderezada con mensajes de ida y buelta en el tono que hemos visto, suele repetirse con más o menos gracia e ingenio cada día.
Posteriormente, se dirige a la librería, y compra literatura satírica, que es la que agudiza e incrementa su ingenio, y como no, su mala leche.
Se ha leído varias veces a Quevedo y otros en la misma onda, pues para él, son los verdaderos artistas de la prosa, y del hablar sin pelos en la lengua
Muchos más son los ejemplos que podríamos poner de sus modos de ver la vida y pensamientos sobre el amor, la política y la religión, pero emparejándolas por ese orden, creo que sus respuestas a nivel resumido serían:
Amor:
Estabilidad económica que no quiero dar a nadie.
Política:
negocio de vandidos al que nada deseo aportar.
Religión:
rebaño de vagos que lo que deberían de hacer en vez de vender parcelas en el cielo, es trabajar.


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