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Hace tanto frío que no saldría de la cama. Sé que ha sonado el despertador y que no me queda más remedio que levantarme, pero hace tanto frío que me vuelvo a tapar hasta las orejas y me doy algún minutito más, arañándolo del tiempo que dedico al aseo personal y ordenar un poco las cosas que el día anterior dejé de hacer.
Pienso de repente en el 70 y el mal humor que me invade, me hace olvidar cualquier cosa que ocupara mi mente. Sin más dilación, salto de la cama, y, casi sin darme cuenta, me encuentro en la parada del autobús. Son las siete de la mañana de un día otoñal. Aún es de noche y yo, estoy sola. No me atrevo a sentarme, pues tengo los pies tan helados que temo se me congelen y que venga el autobús y no sea capaz de llegar a tiempo a la puerta.
Por ello, decido caminar deun lado a otro, con pisadas firmes y regulares, y mientras tanto pienso cuándo acabará esta rutina que tengo que repetir de lunes a viernes.
Hay días que la espera se alarga tanto, que me prometo a mí misma, que a la vuelta del trabajo haré un escrito quejándome del pésimo funcionamiento de esta línea de autobús. Sin embargo, pasado ese instante de furor aparco el tema, pues, sé de muchas reclamaciones que han efectuado compañeros míos, tanto por escrito como por teléfono que no han servido de nada.
Hoy, debe ocurrir algo especial, ya que llevo 40 minutos dando vueltas de un lado a otro de la parada y de momento no hay el menor vestigio de que aparezca el 70.
Ahora, empieza a llover, dando al traste con mis exíguos paseos obligándome a resguardarme dentro de la marquesina.
Ha llegado un señor mayor, que según la edad que aparenta, no creo vaya a trabajar, debiendo tener un motivo más que importante para salir de casa , un día tan desapacible y sobretodo a estas horas tan tempranas.
¿Hace mucho que espera el autob´ús? Pregunta dirigiéndose a mí, ocultando unas manos más que ajadas por el paso del tiempo en los bolsillos.
Con la voz entrecortada por la humedad que hay en el ambiente, contesto, que llevo 40 minutos esperando, pero que ignoro cuándo pasó el anterior.
Con gesto de preocupación, el hombre empieza a mirar a derecha e izquierda mascullando palabras que no alcanzo a entender, pero que sin duda alguna, son el motivo de su desasosiego.
Inquieto, va de un lado a otro, siempre atento a la carretera sin importarle la lluvia y que poco a poco se está poniendo empapado. Percibo como tiene la vista fija en un tipo de vehículos y me doy cuenta que busca un taxi libre.
Transcurridos unos minutos veo como sale de estampida hacia la derecha y compruebo que ha parado un coche blanco con una franja roja del que descienden dos personas. Comprendo que se trata de un taxi y antes de que mi compañero de parada alcance lo que sería para él su alivio al menos momentáneo, éste arranca dejando en tierra al caballero, y con e´l, su desesperación.
Lentamente regresa hasta donde yo me encuentro y sin pensar que es un desconocido le comento que no existe una línea de autobús peor que ésta y que parece mentira que con un recorrido tan largo, no pongan más servicio para los usuarios.
No termino de exponer mi queja cuando veo que con verdadero desprecio, me recrimina que el problema, no radica en el poco servicio, sino en la descoordinación existente entre vehículos, no guardando los tiempos entre ellos, provocando que circulen varios juntos, con el perjuicio que ocasiona al personal.
seguimos esperando, viendo como cae la lluvia, mi amigo y yo, pues a esas alturas de desdichas, tras desahogarnos recíprocamente, es como si nos conociéramos de toda la vida. Y mientras, vemos en la lejanía un bulto que sospechamos y sobretodo deseamos sea nuestro annhelado 70 que nos lleve un día más a nuestro destino.
COSAS DE PAQUI