¡-tac, -tac, tac; se puede!. ¡Bienvenido!, -entra, siéntate y disfruta de la lectura, gracias por tu visita
Hoy es domingo. En teoría un día más de la semana,sin embargo, nada más lejos de la realidad. Me levanto un poco más tarde de lo habitual, pero no demasiado, porque a pesar de no tener que ir a trabajar, tengo otra obligación, que la realizo a gusto, simplemente porque soy yo, y no una tercera persona quien me la impone.
Hace muchos años que dedico las mañanas de los domingos a una visita, que aún repitiéndose semanalmente, la espero con entusiasmo, ya que cada vez, me ofrece algo nuevo.
La excursión comienza cuando me bajo del metro e intento salir a la calle, pero debo hacerlo lentamente, porque son muchas, las personas que quieren hacer lo mismo que yo. De ahí, que me lo tome con calma, pues sé, que a partir de ese momento debo tener los cinco sentidos agudizados si quiero salir indemne de esa situación.
Una vez en la calle se oyen voces por doquier, sin saber a ciencia cierta de dónde provienen, pues es tal el gentío que me rodea, que lo único que tengo claro, es que no me voy a caer.
Al igual que las veces anteriores veo caras conocidas, pues siempre son las mismas personas que están detrás de los cientos de puestos, donde se pueden encontrar las cosas m´ás insospechadas, intentando engañar y a la vez, evitando ser engañados.
En teoría voy por el gusanillo de desafiar nuevamente al destino intentando concluir el recorrido sin ningún percance, ya que comprar, lo que se dice comprar, no es mi idea. Sin embargo, la práctica es otra, pues raramente termino sin llevar alguna bolsa en la mano con objetos inservibles, que al llegar a casa los dejo tirados por cualquier sitio con la sana intención de buscarle algún sentido a la compra.
En ocasiones, ando por inercia sin saber qué venden a un lado y otro de la calle. De pronto oigo gritar:
Al hilo, hilo barato. Miro, y lógicamente son bobinas de hilo para coser, que rechazo inmediatamente. continúo unos pasitos adelante y encuentro a un señor subido en una banqueta que repite:
A un euro, a un euro, a un euro. Todo a un euro. Estiro el cuello para ver qué maravillas pueden vender a un euro y encuentro un revoltijo de cosas tan dispares que se me quitan las ganas de rebuscar en el montón.
Mientras estoy entretenida decidiendo qué hacer, pierdo un instante la concentración, tiempo suficiente para que el ladronzuelo me abra el bolso y se lleve el monedero.
¡Qué desilusión se habrá llevado el pájaro al comprobar que estaba vacío!
De todas formas este suceso aunque sin efectos negativos para mí, es muy importante porque comprendo que no he estado a la altura que requiere esos lugares.
Unos metros más adelante, se encuentra una persona tocando la trompeta y una cabra subiendo y bajando de la escalera. El corro que rodea el espectáculo es enorme y pienso que tendré que aguantar el ruído ensordecedor bastante rato.
Afortunadamente, se produce un altercado entre varias personas de alrededor, ignoro los motivos, pero por suerte me sirve para salir de ahí y seguir el recorrido con las máximas precauciones que requiere el momento.
No he andado mucho cuando aparece un nuevo tumulto donde el granuja de turno juega a las cartas con la baraja trucada y ni que decir tiene, que siempre gana.
De repente escucho música variada y me recuerda a la canción de Patxi Andión que le dedica al rastro y empiezo a tararearla, pues con tantas voces en el ambiente, seguro que nadie, ni siquiera los más cercanos a mí, se dan cuenta que en tono bajito, canto:
“Una, dos y tres,, una, dos y tres, lo que usted no quiera para el rastro es. Esto es el rastro señores, vengan y anímense”.
No he caminado ni diez metros cuando me choca ver a una chavalería arremolinada alrededor de una mesita pequeña,apareciendo detrás un señor cambiando cromos de fútbol. Curiosamente la mayoría coincide pidiendo los mismos jugadores y oigo al señor que les dice: éste, lo cambio por cinco. Los niños se quedan mirando sin saber qué decir, mientras que continúa aclarando que esos cromos son escasos y que ese, es su valor. No entiendo nada del tema, pero veo varios montones de cartulinas con fotos de futbolistas y me pregunto Cómo hay tantas, pues se me antoja que son demasiadas.
Me aparto un poco hacia un lado cuando sin aviso previo, comienza a llover, primero gotas gruesas y casi al momento, se desata un aguacero, por lo que veo que la gente empieza con empujones a intentar salir hacia los laterales para poderse cobijar en los portales. No sé cómo va a acabar el tema, pues empiezo a asustarme un tanto. No quiero ni pensar que con las prisas se produzcan caídas produciéndose algún herido. La sola idea de imaginarme cómo podría entrar una ambulancia a este lugar repleto de personas y puestos, se me ponen los pelos de punta.
De pronto, con la misma rapidez que se puso a llover, amaina, saliendo un sol que nos devuelve otra vez al trasiego de una mágica mañana de rastro.
COSAS DE PAQUI