¡-tac, -tac, tac; se puede!. ¡Bienvenido!, -entra, siéntate y disfruta de la lectura, gracias por tu visita
Se acerca el verano y como cada año, se presenta la incógnita de dónde iremos de vacaciones. El abanico es muy grande, sin embargo hay varios aspectos que tenemos que tener en cuenta, que sin duda alguna, son imprescindibles a la hora de tomar la última decisión.
Parece mentira, pero hasta en esto, es difícil que nos pongamos de acuerdo. Lo único que no varía son las fechas en que viajamos, pues mi empresa la cierran en agosto, de manera que ese tema al menos, está zanjado de antemano.
Hasta ahora hemos viajado por nuestra cuenta, contratando el transporte y hotel, siendo independientes para el resto.
Siguiendo la tradición, este año, no pensábamos cambiar lo más mínimo, pues si bien, no sacamos tanto jugo al viaje, consideramos que la independencia, es un factorimportante. Así pues, convencida de que una vez más pasaríamos unas vacaciones en familia, me dirigí a la agencia para adquirir definitivamente el paquete elegido.
Mientras esperaba mi turno, escuchaba como le contaban auténticas maravillas de un tour por Europa a la persona que atendían.
Según oía elogios tras elogios, me iba entrando la duda de olvidarme de la decisión que tanto nos había costado obtener y cambiar a esa aparente maravilla, dándoles a los míos, toda una sorpresa.
Así, cuando me presenté en casa con la noticia, todos parecieron contentos, salvo por el hecho de que era un viaje organizado, por lo que tendríamos que ir en grupo a todas partes. Es cierto, contesté, pero quizás sea bueno que probemos otras alternativas. Hay veces que nos aferramos a algo concreto y existen cosas mejores que por desconocimiento nos las perdemos.
Por fin llegó el día de la partida y, de no ser por el disgusto que nos supone cada vez que tenemos que dejar al perrito en la residencia, inquietos por lo desconocido, y excesivamente contentos ,agarramos las maletas y pusimos rumbo a una aventura incierta.
De esta manera, nos vimos metidos en un autocar, lleno hasta el último asiento y una voz femenina que se oye por el micrófono que dice: “Señores, verán muchas cosas”.
Y así, fue como emprendimos un maratoniano viaje en autobús. Cierto es que fuimos pasando por un sin fin de ciudades, que apenas teníamos tiempo para visitar, siendo los trayectos de una a otra inmensos,
Sin posibilidad alguna de que una vez concluida la jornada, tuviéramos en claro de dónde veníamos, dónde estábamos y a dónde íbamos.
Sin embargo,al levantarnos cada día, sabíamos perfectamente, qué nos darían para comer. El menú siempre constaba de sopa de pollo, y como no podía ser de otra forma, un segundo plato consistente en alguna variedad de la misma carne, en unas cantidades tan ridículas, que poco a poco minaba nuestras fuerzas, y lo que era peor, dejándonos el ánimo por los suelos.
Los días eran agotadores. Nunca veíamos el momento de llegar a la habitación, tomar una ducha y descansar unas horas. Curiosamente, cuando comentábamos en familia que quince días serían pocos para visitar tantos lugares, ahora, deseábamos fueran menos, pues cada vez se nos hacía más cuesta arriba esos enormes desplazamientos en carretera, visitas mínimas por las ciudades y comida, cada vez peor. De ahí que por las noches cuando entrábamos al hotel, repetíamos: ya nos queda un día menos.
Lo que en un principio pensamos fuera un inconveniente, es decir, el grupo, se convirtió en la salvación del viaje, pues gracias a los muchos comentarios jocosos de algún componente de la excursión, las preguntas suspicaces sobre qué comeríamos ese día, cuántos kilómetros nos tocaría recorrer en esa jornada, etc. Sirvieron para aderezar de cierto humor las muchas horas que teníamos que compartir.
De esta forma, con más pena que gloria, fuimos agotando uno tras otro, los días de unas vacaciones que en una situación normal habría sido motivo de pesadumbre, pero que en este caso, sin duda alguna era de respiro, deseando llegara cuanto antes una vida normal.
Y por fin llegó el tan ansiado momento en que por última vez antes del regreso, compartiéramos todos un recorrido por una capital, donde debíamos visitar la catedral y el centro de la ciudad. Por este motivo, tendríamos que comer un bocadillo de Franfur durante la visita.
Ante tan absurda situación, de la manera más singular, pues el consenso fue tan inmediato que no perdimos ni un instante y por primera vez, decidimos olvidarnos del grupo y marcharnos a comer por nuestra cuenta, renunciando a cualquier visita, pero a cambio, dándonos un festín increíble, asustando a propios y extraños.
El recuerdo que aún hoy perdura en mi retina después de varios años, es las caras que pusieron los componentes del grupo cuando nos vieron aparecer y les contamos la aventura que habíamos vivido, dándoles con pelos y señales información de la comilona que nos acabábamos de obsequiar.
COSAS DE PAQUI