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Salón de Lectura

¡-tac, -tac, tac; se puede!. ¡Bienvenido!, -entra, siéntate y disfruta de la lectura, gracias por tu visita

Silvia López Palacios

¡Tras la pista de la memoria.


Ya se cumplen seis años de aquel fatídico acontecimiento que convulsionó al país entero. Yo voy recuperando de a poco mi vida rota, sí, rota y digo bien pues desde aquella triste mañana de marzo de 2004 todo dio un vuelco inesperado y brusco que me dejó fuera de mí durante un año que resultó interminable.

Esto que ahora me dispongo a narrar es lo que he podido recordar después de un año totalmente amnésica en el que no sabía ni cómo me llamaba, dónde estaba o de dónde habían salido las personas que acudían a visitarme al hospital y que decían ser mis familiares y amigos… ¿Familiares y amigos…?

Hasta mayo de 2005 no sabía que me llamaba Petra y que tenía veintiocho años. Que vine a España desde Polonia con mis padres y mi hermana Hanna en 1992 y que vivía en Alcalá de Henares y trabajaba en las oficinas de los juzgados de Plaza de Castilla en el servicio de limpieza.

Allí me dirigía aquella trágica mañana del 11 de marzo de 2004 en un tren de cercanías que tomé en la estación de Alcalá de Henares en dirección a Atocha donde tenía previsto tomar el metro…

Sentado enfrente de mí había un muchacho que no superaría los dieciséis años. Por su atuendo –chándal y playeras, una cazadora vaquera y una mochila- debía dirigirse a clase… Escuchaba música y se entretenía leyendo uno de esos periódicos gratuitos repletos de mensajes publicitarios.

Al muchacho le sonó el móvil y éste lo atendió pudiendo escuchar yo desde mi asiento, parte de la conversación que mantenía con alguno de sus compañeros de instituto:

-Sí, ya estoy llegando a Atocha. En cuanto salga del tren te aviso… Sí, te llevo los apuntes que me pediste…

Cuando el muchacho colgó, ya casi entrábamos en la estación y de pronto un estruendo enorme y una gran sacudida me sobresaltó y el impacto me impulsó hacia delante cayendo encima del asiento que unos minutos antes había ocupado el chico…

Todo el mundo gritaba pero yo no era capaz de entender qué estaba pasando… De repente me percaté, miré a mi alrededor y lo que vi me dejó estupefacta… Sin embargo de mi compañero de asiento no veía ni rastro.

Cuando conseguí salir por mis propios medios al pasillo para alcanzar la puerta del vagón, no sin dificultad pues saltaba por encima de personas caídas, bultos desparramados y un sinfín de cuerpos destrozados, al lado de la puerta le pude ver… Estaba vivo pero muy malherido. Sin embargo, debió de reconocerme porque me miró con ojos suplicantes y yo entonces me bloqueé porque no supe interpretar lo que quiso decirme con sus ojos.

Finalmente me ayudaron a salir y me llevaron a una zona donde habían improvisado un lugar para primeros auxilios y pude comprobar que estaba sana y entera.

En ese momento reaccioné y llamé a mi madre quien me dijo aliviada al oírme hablar:

-¡Ay, Dios mío! ¿Estás bien?

-Sí, tranquila, ha habido un accidente ferroviario pero estoy bien. No sabía realmente lo que había ocurrido y entonces mi madre respondió:

-No, Petruska, no ha sido un acccidente cielo; se trata de un atentado terrorista…

De pronto el celular me dejó de funcionar y sentí entonces un ligero mareo y un malestar enorme…

Tal vez fueron los nervios, tal vez fue el ataque de pánico que sufrí o tal vez fue todo junto, el caso es que me caí al suelo sin conocimiento…

Lo siguiente que recuerdo es una habitación de hospital y a mi hermana Hanna al lado de mi cama todo el tiempo…

Lo que me había sucedido en la estación fue que aunque milagrosamente no tenía daños físicos, emocionalmente la tensión y el miedo me bloquearon y una subida de presión repentina izo que me desmahyara. A causa del trauma emocional, durante un año y dos meses permanecí sin recuerdos, sin llegar a estar despejada del todo y con un insomnio solamente aliviado por las pastillas para dormir y los tranqilizantes.

Empecé a reaccionar a estímulos cuando nació mi sobrina Haydèe, hija de Hanna. Una emoción así me ayudó a ir reestableciendo paulatinamente mi estado.

Ahora, cuando ya han pasado seis años de aquel salvaje atentado, es cuando yo estoy empezando a subir de nuevo en un tren. Hasta casi el año pasado he sido incapaz de enfrentar la enorme fobia que me había quedado como secuela. Tanto es así, que me fui a vivir con mis padres a una casita de la zona de la sierra porque no soportaba el bullicio, las aglomeraciones y mucho menos montar en tren o en metro, bueno, en realidad, en cualquier transporte público.

Hanna se quedó en Alcalá de Henares pero hyo no iba nunca a visitarla y si iba, lo hacía en el coche con mi padre. Él se sacó el permiso de conducir para evitarme la necesidad de utilizar el transporte público.

Hoy en día ya he rehecho mi vida y ahora incluso me he animado a hacer un curso de peluquería y estética. No volví a trabajar en los servicios de limpieza de los juzgados de Plaza de Castilla y aspiro a poder trabajar en lo que realmente me gusta a partir de ahora.

La vida me ha dado una segunda oportunidad y no pienso desaprovecharla. Tengo previsto ir a Cracovia a visitar a los familiares que ttengo allí y solamente tengo un ruego que hacer a Dios en estos momentos, que este tipo de sucesos no vuelvan a ocurrir en ningún lugar; desafortunadamente este deseo es una utopía por desgracia pero lo deseo de corazón.