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Alfredo era casado, pero siempre estaba dispuesto a iniciar una aventura amorosa.
Sus 1,85 metros de estatura, su tez morena, sus grandes ojos verdes amparados por frondosas cejas y una cautivadora sonrisa le daban una apariencia de galán.
Viajaba como vendedor libre por todo el país, permitiéndose esos deslices con total tranquilidad.
Se jactaba de su habilidad para relacionarse con todo tipo de mujeres, pertenecientes a cualquier escala social, mientras su esposa no sospechaba de su infidelidad.
Yo era la única persona que estaba al tanto de sus correrías.
Debido a su actividad, pernoctaba la mayor parte del tiempo fuera de su casa, por lo que su mujer vivía casi en soledad pues no tenían hijos.
Ella era muy bonita. rubia, alta, delgada, de curvas muy afinadas, llamativa por donde se la mire.
El caradura de Alfredo se aprovechaba de mi soltería, haciéndose pasar por mi ante sus amantes.
Está de más decir la cantidad de correspondencia que yo recibía.
De vuelta de unas de sus giras, lo noté cambiado, para mi no era Alfredo, su comportamiento era algo extraño.
Ante mi curiosidad, contó que había conocido, en La Ciudad de Córdoba, a Lucía, una joven viuda, muy ardiente, con quien había pasado unos días de ensueño.
Antes de hacer el amor, ella le ofreció el pijama de su extinto esposo. No bien se lo puso, sintió una extraña sensación.
Al acostarse con Lucía no tenía conciencia de lo que estaba pasando, su cuerpo y su mente estaban poseídos, ella lo llamaba Carlos, sintiendo que ese era su nombre y que conocía cada parte de su cuerpo y sus gustos sexuales, haciendo el amor y gozando como nunca.
Confesó que al principio se asustó, pero su mente le decía “seguí adelante” y así lo hizo.
Ante tanto placer le pidió a Lucía que le obsequiara el pijama, accediendo sin reparos.
Al regresar a su casa, decidió sorprender a su bella esposa.
Sin encender la luz Ingresó a su dormitorio, se puso el pijama que su amante cordobesa le había obsequiado y sin mediar palabra comenzó a acariciarla y besarla suavemente, pero cuando ella lo recibió con un “Carlos que pillo eres”, Alfredo salió disparado como un rayo sin destino.