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Al amanecer, cuando todos dormían, incluso la esclava Damiana a los pies de la cama de Maricarmen, ésta luego de tomarse una hora para vestirse, salió hacia las caballerizas y le pidió a Severino que le ensillara a lucero que estaba relinchando loca de placer de ver a Maricarmen quien le ofreció un puñado de heno que la yegua engulló rápidamente dispuesta a partir en cuanto la ensillaran. Ya en la calle, sabiendo lo impaciente que estaba su ama, Lucero comenzó a galopar y en pocos minutos ya estaban en la pulpería donde Eloy esperaba sudoroso y temeroso de que ella no volviera.
Cuando ella bajó de la yegua quien pedía insistentemente su terrón de azúcar por parte del joven, éste se arrojó a los brazos de Maricarmen pero ella se echó hacia atrás haciéndolo casi caer y dejándolo muy desconcertado por su actitud.
“Ahora no: sólo quiero hablar contigo de algo muy serio”.
“Me asustas. ¡De qué se trata?”
“Ya sé tu verdadera condición, ya sé quién eres realmente”.
“¿Cómo? No te entiendo, no sé de qué me hablas”.
“¡De que ya sé que eres un esclavo! Y que me quieres tanto que no pudiste decírmelo antes”.
Él se puso blanco como la leche y le corrió un sudor frío por todo su cuerpo quedándose sin habla.
“¡Dime! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué dejaste que me ilusionara como una tonta?”
“Amor mío, yo nunca quise hacerte daño”.
En ese instante, se desbordó un torrente de lágrimas de los ojos de Eloy pero logró seguir hablando:
“Maricarmen, mi flor de primavera, es cierto todo lo que sabes: yo sólo soy un simple esclavo y no merezco tu amor. Cuando te conocí me enamoré perdidamente de ti y por eso no te dije la verdad enseguida, porque pensé que te perdería y no podía soportarlo. Eres la mujer de la que más me he enamorado en mi vida y quería seguir con este amor que me parecía como un sueño pero acabo de despertar a mi pesar y sé que ya no puede ser”.
“Me imagino en la presión que te encontrabas al no poder hablar pero eso no te daba derecho a engañarme. ¿Hasta Cuando pensabas mantenerme así?”
“Hasta que pudiera reunir suficiente dinero para irnos juntos: en ningún momento pretendí engañarte ni mentirte: es verdad que mi nombre es Eloy palacios y que vine de Provincia de Angostura; me fui de allí porque estaba harto de los maltratos y del rechazo de mi padre. Alba, la esclava que tienes en tu casa, era mi novia antes de que se la llevaran…
Por eso mi actitud aquel día del sarao cuando tú nos presentaste y ella se desmayó. Ella fue quien te lo dijo ¿No es cierto?”
“Así es, ella ha estado enferma con una fiebre emocional muy fuerte y en medio de sus delirios repetía que debías decirme la verdad, por eso no acudí ayer aquí y finalmente, anoche me lo dijo. Creo que ella todavía te ama y me parece que deberías llevártela o casarte con ella y trabajar en mi casa; allí nadie te maltratará como en aquel lugar de donde viniste”
“No Maricarmen, no podría hacerlo: mi corazón te pertenece a ti, ya no podré amar a otra mujer…
Lo de Alba quedó en el pasado para siempre”.
“¡Pero esto no puede ser! No me quiero imaginar si te capturan y te matan como a un animal alejándote de mi lado”.
“¿Eso quiere decir que a pesar de que soy un esclavo tú me amas?”
“Te amo más que a mi vida y eso no podría borrarlo ni en un millón de años”.
“¡Mi amor! Me haces tan feliz”.
Yo no renunciaré a ti pues no podría hacerlo y aunque lo intente, sería caso perdido pues te amo tanto como al aire que respiro y no podría vivir sin ti”.
Él la rodeó con sus tiernos brazos y le ofreció sus labios que fueron acogidos con gran placer y felicidad.
“Flor de primavera, te he comprado un obsequio”
“Tu amor es el mejor regalo para mí pero adelante, puedes dármelo”.
Él le tomó la mano y le colocó en su dedo un anillo de oro con una única perla como adorno.
“¡Dios mío! ¡Qué hermoso! Pero ¿Cómo pudiste comprarlo? Si……”
“tengo un muy buen amigo que me lo dio a un precio accesible para mí y cuando le hablé de mi flor de primavera, no dudó en vendérmelo”.
“¡Es realmente precioso! Me lo pondré todos los días De mi vida”.
“Con este anillo quiero pedirte que seas mi novia: pensé en no entregártelo cuando me dijiste que sabías la verdad sobre mí porque creí que me rechazarías pero como me aceptas así como soy, te lo entrego y te digo que se reafirma mi amor hacia ti para siempre”.
“No podría rechazarte; te amo sin importar los prejuicios ni las clases sociales que nos separan: te amo por lo que eres y no por lo que tienes o por tu posición social pues para mí, eres igual que cualquier hombre con dinero y linaje y por esa razón acepto que seas mi novio”.
“gracias ¡Muchas gracias! Te quiero y no me importaría morir por ti”.
“Yo también tengo algo que entregarte: esta carta la escribí en casa de mi amiga Rosa Linda”.
“Gracias, la leeré pero ahora debes irte para que no se extrañen en tu casa pero antes, le daré a Lucero su terrón de azúcar para que se vaya contenta”
La yegua resopló de gozo al recibir su terrón de azúcar, los novios se despidieron con un fugaz beso y ambas partieron a pleno galope rebosantes de alegría pero en vez de ir a su casa, Maricarmen fue a la de Rosa Linda a contarle las novedades y a que ella le contara las suyas. Al llegar, doña Josefina la hizo pasar al salón donde su amiga estaba muy entusiasmada bordando sus iniciales a unos pañuelos que le daría a su prometido el día de su boda.
“¡Amiga! No sabes que feliz soy: ¡Eloy y yo somos novios!
“¿Cómo? ¡Pero definitivamente tú te has vuelto loca! ¿Cómo osas hacerte novia de ese joven que nada puede ofrecerte?”
“Sencillamente porque lo amo y no me importa lo que digan”.
“Pero Maricarmen tú sabes muy bien que ese muchacho no es el más adecuado para ti por ser lo que es”.
“A mí no me importa lo que él sea: lo que me interesa es que él me quiera y de eso tengo la certeza. ¿Sabes? Me he enterado de algo más que te hará morirte y no sé si deba contártelo”.
“Vamos Maricarmen ya que empezaste, ahora debes terminar. ¡Cuéntame!”
“Eloy es un esclavo”.
“¿Qué? ¿Acaso escuché bien? No, no: ¡Eso no puede ser! ¿Cómo te pudiste fijar en un esclavo? ¿Dónde tienes la cabeza?”
“¡Rosa Linda ya basta! Deja de recriminarme y escucha mi explicación: él es hijo del antiguo amo de Alba y ella era su novia de la infancia hasta que a ella la vendieron a mi padre; ella misma me contó pues por él ha tenido una fiebre emocional, deliraba diciendo que él tenía que decirme una verdad y cuando estuvo consciente hice que me dijera todo”.
“¡Santo Dios! Esto se cuenta y no se cree ¿Y aún sabiendo que es un esclavo lo aceptaste? ¿Pero cómo es que él actúa como un joven de linaje?”
“Porque aunque su padre no lo quería, él se le acercaba siempre para aprender todo lo que pudiera”.
“¿y cómo es que ahora no está al lado de su padre?”
“porque no soportó más sus maltratos y desplantes pero rosa, él es el hombre más maravilloso que he visto jamás”.
“Yo fui ayer por la tarde a la pulpería a comprar un dulce de leche y una botella de miel y él me confundió contigo: estaba tan preocupado por su flor de primavera, que en cuanto me vio acercarme en mi caballo, expresó su angustia conmigo sin saber que era yo; me preguntó si había sabido algo de ti pues no habías asistido a verlo”.
“ES cierto: como te he comentado antes, Alba ha estado con una fuerte fiebre y me quedé cuidándola pero hoy fui a verlo y a enfrentarme con él; le dije que ya sabía que era un esclavo y me dijo que no me lo había contado por miedo a mi rechazo…
Me ha regalado este anillo”.
“¡Qué hermoso! ¿Pero acaso lo robó? Si es un esclavo, no puede tener tanto dinero para comprar una cosa así, tan valiosa…”
“¡Pues no! Lo consiguió honradamente con el sudor de su frente: no por que sea esclavo tiene que ir robando para conseguir lo que quiere ¿O acaso tu esclava Cecilia te roba tus joyas para quedárselas o regalarlas por ahí?”
“No pero…”
“¡Pero nada! ¡Que sea la última vez que insinúas que él pueda robar para conseguir sus propósitos! ¿Entendido?”
“¡Está bien! No diré más nada al respecto ¡Pero creo que debes calmarte! Estás muy alterada por un simple comentario”.
“Mira Rosa Linda, dejémoslo así: yo no me quiero enfadar contigo; eres mi mejor amiga y lo único que te pido es un poco de apoyo y comprensión”.
“Y la tienes amiga: de verdad discúlpame por lo que te he dicho pero no puedo pensar que tengas amores con un esclavo”.
“Ya te acostumbrarás. Ahora ¡Vi como te temblaban las rodillas con la presencia de Juan Luis el domingo! Vi como se hablaban con las miradas ¡Y el brazalete que él te dio! Tú con ese miedo que tenías ¡Y estás enamorada de él!”.
“Sí Maricarmen, no te lo puedo negar, tú tenías razón: no se parece en nada a aquel muchachito odioso que venía a molestar; es tan galante, tan gentil…”
“Y se ve que te adora con devoción como la que mi padre siente por mi madre. Tus padres hicieron bien en escoger a Juan Luis para ti”.
“así es y se los agradezco: no ha faltado a su promesa y ha venido todos los días a verme y hoy vendrá a almorzar. A propósito ¿Por qué no te quedas?”
“En casa deben estar preocupados y no quiero incomodar”.
“¿Pero qué dices? Si tú no incomodas en lo más mínimo. No se diga mas: ¡te quedas a comer con nosotros y asunto arreglado! Le diré a Cecilia que vaya a avisar en tu casa que estás aquí para que no se preocupen”.
Media hora después, entraba al salón Juan Luis escoltado por el esclavo de la puerta trayendo un gran ramo de lirios y azucenas que luego de hacer una reverencia, entregó a Rosalinda con mucha delicadeza.
“Muchas gracias mi amor, son preciosas”.
“Nada es más bello que tú”.
“Gracias amor. ¿Recuerdas a mi amiga Maricarmen?”
¡Claro! ¿Cómo está señorita?”
“Muy bien gracias”
“ella se va a quedar a almorzar con nosotros”
“Me parece bien y ahora ¿Por qué no damos un paseo por el jardín?”
“De acuerdo, el día está espléndido para disfrutar de él al aire libre”.
“Yo me quedaré conversando con doña Josefina”.
“como gustes, regresaremos en un momento”.
Ellos se alejaron tomados de la mano sonriéndose cálidamente y al llegar al jardín, él le plantó un beso tan apasionado que la dejó sin respiración y le dijo que estaba feliz de que ella lo amara como él la amaba: que su amor era tan grande que no cabía en su pecho y que el verla le producía una sensación tan hermosa, tan rara e indescriptible que no podía expresar. ella le confesó que tenía miedo de él, de que la humillara como cuando eran niños y él soltó una carcajada estrechándola entre sus brazos y le aseguró que no había nada de qué preocuparse, que sería el hombre más tierno y amoroso con ella para demostrarle que había cambiado, que no se arrepentiría de casarse con él ni un solo día de su vida.
“Yo también haré lo posible por hacerte feliz y porque no me dejes nunca”.
Mientras se abrazaban, apareció la esclava Cecilia anunciando que la señorita Maricarmen y los patrones esperaban para almorzar y ellos se encaminaron raudos y veloces al comedor aunque muy azorados por el apuro en que los había encontrado la esclava.
Luego de almorzar, Maricarmen se fue a su casa dejando que Lucero mordisqueara pasto de aquí para allá y suspirando de vez en cuando de la alegría que sentía.
Al llegar, caminó hasta su cuarto para saber de Alba y ésta le dijo que no había comido porque no tenía hambre; entonces decidió ir a la cocina a pedirle a Damiana que le llevara el caldo de gallina y cuando entró silenciosamente, sorprendió a las esclavas Damiana y Remigia, la cocinera desgranando maíz y sosteniendo una conversación:
“Sí, cuando alba estaba en el cuarto de la amita Maicamen, decía una cosa bien rara: decía que alguien tenía que decile la vedad a la amita y cuando se dispetó, yo misma vi con estos ojos que se han de comé los gusanos que ella la obligaba a decirle eso de lo que ella etaba hablando. A decí vedad yo no entendí nadita de nada”
“Eso sí que e muy raro: ¿Será que la amita se metió en un problema? ¿Y tú no te imagina de que se trata?”
“No poque ella me mandó a salí del cuato cuando Alba iba a hablá con ella pero esa muchacha etaba mueta de miedo poque la amita tenía unos ojos que echaban fuego, yo nunca la había visto así. ¡La amita le dijo que le iba a da 20 latigazos! Y ella no hace eso con ninguno de nosotro pero si la amenazó con eso, debió se po algo bien grave”.
“No, eso no puede se: la amita e muy buena y no haría eso con naiden”.
“¡Basta! ¿Porqué no toman en serio su trabajo en vez de estar hablando de lo que no les importa? ¡A las que voy a mandar a dar 20 azotes son a ustedes! ¡Y además las dejaré encerradas en un cuarto sin agua y sin comida por una semana entera!”
“No amita disculpe ¡Es que yo tuve la culpa po se tan bocona! Yo le etaba contando a Remigia pero…”
“¡Pero nada! ¡No quiero escucharlas hablar de las cosas de sus patrones que a ustedes no les interesan! ¿Entendido?”
“Sí amita le juramos que no volverá a pasá: Remigia, dale e duce de lechosa que tanto le gusta a la amita”.
“¡No quiero nada! llévale el caldo a Alba para que coma ¡Y no se hable más del asunto!”
Esa tarde, Chía se encontraba pintando en el salón junto a la ventana. Pintaba al sol y a la luna con sendas lágrimas que caían por sus reflejos de oro y de plata y mientras lo hacía, cantaba una triste melodía que dejó muy asombrada a Pilar pues nunca la había escuchado cantar algo tan triste pero tan hermoso: ese día se había negado a hablar en castellano para obligar a todos a comunicarse con ella en su lengua sin saber porqué. Al terminar la canción, Pilar se atrevió a preguntar:
¿Qué le pasa mamá?”
“Estoy muy triste sin razón alguna. Es como si me arrancaran una parte de mí, como si Chía, la diosa luna me hubiese comunicado algo mientras dormía y Ches, el Dios Sol me lo confirma pero no logro saber qué es”.
“Mamá, nunca la había escuchado referirse a la luna y al sol de esa manera”.
“Ellos son los dioses que adoran en mi tribu y aunque creo en el dios de tu padre, también creo en ellos, en sus bendiciones y en sus castigos”.
“Sí recuerdo que una vez nos habló usted de eso a mí y a Maricarmen. Le aseguro que todo está bien y que no tiene porqué sentirse triste. ¿Por qué no va a ver un rato a sus pájaros? O también puede pasear a caballo”.
“No hija, prefiero estar aquí pintando pero tú puedes ir a decirle a Severino que te ensille a tu caballo”.
“No, no la quiero dejar sola así como está”.
“Tranquila, yo estaré bien, todo pasará en un momento, ve a distraerte; no es bueno que estés todo el día pegada a mis faldas recogiendo mis tristezas y mis penas”.
“A mí no me molesta estar con usted: me gusta acompañarla siempre y darle todo el amor que usted me ha dado a mí”.
“Pero tú eres joven y debes disfrutar tu juventud, no puedes consagrarte a mí toda tu vida”.
“Mamá ¡Pero si con 30 años no es tan vieja! Y si yo me caso algún día, le aseguro que vendré a verla todas las tardes y nos sentaremos a charlar como lo hemos hecho siempre”.
“Cuando te cases deberás consagrarte enteramente a tu marido, yo tendré a Manuel. Ahora vete hija, en este momento no soy compañía para nadie”.
“Sí mamá como usted ordene: iré a ver a sus pájaros pero volveré en un rato”.
Chía no contestó y al cabo de media hora, seguía cantando la canción triste pero en una nota se le quebró la voz y se desató un profundo llanto que provenía de sus entrañas. Al entrar con su labor de punto, Maricarmen la vio muy extrañada pues nunca había visto llorar a ese roble que era su madre y enternecida por esas lágrimas, corrió a su lado para abrazarla.
“¿Qué le pasa mamaíta? ¿Qué la ha hecho llorar así? Y esa melodía que cantaba… la escuché desde el pasillo”.
Chía no podía hablar pero se dejó acunar la cabeza en los brazos de su hija como una niña pequeña que necesitara consuelo.
“Mamá por favor, deje de llorar de ese modo que me asusta y dígame que es lo que la tiene así”.
Chía suspiró para tratar de calmar su llanto incontrolable pero no pudo y en ese instante, resonaron los pasos de don Manuel que venía de su jornada de trabajo y al percatarse de lo que pasaba en el salón, entró corriendo al lado de su mujer y de su hija con una gran congoja pues el llanto de Chía, era la más grande debilidad para él; así, la tomó en sus brazos, sentándose en un mueble, la puso en su regazo y comenzó a besarle el rostro mojado de lágrimas con una infinita ternura que estremeció a Maricarmen de los pies a la cabeza.
“¿Qué pasa amor mío? ¿Qué te han hecho? Cuéntale a tu Manuel, a tu hombre de las nieves, que es lo que te tiene así tan consternada”.
Ella no dijo nada, sólo se abrazó a él hundiendo la cara en su pecho”.
“Es inútil papá, no quiere decir nada”.
Minutos después, cuando don Manuel logró calmarla, dijo entre hipos espaciados por el llanto:
“No lo sé, estoy muy triste pero no encuentro el motivo. Quiero tener a mi familia siempre conmigo, no me dejen sola; quiero vivir siempre con ustedes, mi propia tribu”.
“Mamaíta, no tiene porqué preocuparse: nosotros nunca la dejaremos sola la amamos mucho y nunca podríamos vivir sin su risa, sin su voz, sin su forma de ver la vida”.
“Amor mío, mi flor de los páramos: no quiero verte más llorar así; ya sabes que no puedo soportarlo, siempre nos tendrás a tu lado para mimarte y protegerte”.
“Lo sé Manuel pero no puedo evitar esta tristeza que me oprime el alma, es como si se fuera la luz de mi vida y no pudiera evitarlo”.
“No hables de esas cosas. Lo mejor es que te recuestes un rato o si prefieres, puedes ir a tu hamaca, te la haré colgar cerca de la jaula de tus pájaros; creo que necesitas un poco de tu cultura, de tus costumbres. Fui muy egoísta al civilizarte y hacer que trataras de olvidar tus costumbres para adaptarte a las mías: es por eso que hoy nos hemos comunicado contigo todo el día en tu lengua ¿No es así?”
“No lo sé Manuel, sólo necesito descansar un rato”.
“así será mi amor, te acompañaré a tu hamaca y te meceré hasta que te quedes dormida. Maricarmen, ve a pedirle a jacinto que cuelgue el chinchorro de tu madre cerca de la jaula por favor”.
Así fue: Manuel acompañó a Chía y la hizo dormir hasta la hora de la cena que ella apenas probó”.
En la pensión de doña Juana, Eloy se sentó en su catre a leer la carta que le había entregado Maricarmen esa mañana.
“Amado mío: espero que pienses en mí como yo en ti; te escribo a esta hora de la tarde desde la casa de mi amiga Rosa Linda para contarte que su prometido ha venido y que se aman como tú y yo nos amamos; es tan tierno con ella, tan dulce…
Al darse un beso, cierro los ojos y me imagino que somos tú y yo los que nos besamos ardorosa y apasionadamente. En este momento quisiera estar contigo mirándote, abrazándote y que me dijeras lo mucho que me amas. Siento envidia al saber que Rosa Linda y su prometido sí podrán estar juntos y nosotros siempre tendremos que vernos a escondidas…
Quisiera estar contigo por siempre y para siempre sin que nada ni nadie pueda separarnos, porque nunca podré querer a otro hombre que no seas tú. Nunca olvides que te amo y que pase lo que pase mi corazón estará contigo. Tuya, Maricarmen”.
Él colocó la carta contra su pecho y se quedó dormido sonriendo.
Alba, ya mucho mejor de su fiebre, acostada al lado de su ama como si fueran dos iguales, le hablaba de su niñez con Eloy y Maricarmen la interrumpió mostrándole el anillo que él le había dado.
“Alba, ya somos novios: me lo dio esta mañana en la pulpería; ya lo enfrenté y le dije que sabía que era un esclavo y que no me importaba”
“¡Ama! ¡Está exponiéndose a que lo maten! ¿No ha pensado en eso? si su padre se entera de que él es un esclavo estoy segura de que lo matará sin compasión”.
“ya encontraremos la forma de que eso no suceda ahora quiero que me digas una cosa: ¿Aún lo amas?”
“Sí ama pero sé que él la quiere a usted y no es bueno retener a un hombre si él no siente amor. Si usted lo quiere, luche por él para que sean felices, yo la ayudaré en lo que pueda; ya sabe que yo daría la vida por usted y estaría dispuesta a dejar que sea feliz con el hombre que yo amo”.
“Alba, de verdad lo siento mucho: no hubiera querido que esto pasara yo tampoco pretendo hacerte daño pero…”
“Tranquila ama pierda cuidado. Yo soy su esclava y mi deber es estar con usted y obedecerla en todo lo que quiera así que sea feliz con él que yo no se lo impediré”.
“Muchas gracias Alba y perdóname por todo esto”.
“Yo no tengo nada que perdonarle porque no tengo derecho a eso y porque no le guardo ningún rencor ya que nunca me ha dado motivos: me ha tratado como nadie lo ha hecho en la vida y eso para mí es suficiente”
“Es lo menos que te mereces, me has cuidado mejor que nadie y haces todo a mi gusto para complacerme”
“Lo hago con mucho gusto ama”.
“Lo sé y te lo agradezco. Ahora vamos a dormir, estoy muy cansada”.
“Sí pero antes le diré que mañana me regreso a los pies de su cama. No es bueno que una esclava esté durmiendo en la cama de su ama y mucho menos a su lado”.
“Está bien, como quieras; y me alegro de que estés mejor”.
Dos meses pasaron y Maricarmen continuaba hiendo furtivamente al amanecer a ver a su novio: cada día la relación se iba fortaleciendo más y cada vez que podía, Eloy le obsequiaba una que otra cosa. Chía seguía con una tristeza inexplicable que le oprimía el pecho y le perturbaba el alma. Rosa Linda estaba extremadamente feliz con Juan Luis y ya tenían fecha para la boda, sería dentro de tres semanas; esto tenía muy complacidos a los padres de la muchacha pues siempre habían sabido que hacían buena pareja. Alba se resignaba poco a poco a que Eloy, su novio de la infancia perteneciera a la mujer que mandaba sobre ella y por eso, se esmeraba en arreglarla cada día para sus encuentros con mucha dedicación para que él la encontrara hermosa y la amara más aunque a veces se sentía triste y lloraba cuando su ama dormía por haberlo perdido pero no le guardaba ningún rencor a ella, más bien le deseaba que pudiera ser muy feliz con él.
Una mañana, Maricarmen fue como todos los días a encontrarse con Eloy: hablaron del futuro, de cómo harían para estar juntos; él le dijo que ya no podría dejarla nunca, que no podría vivir sin ella para luego darle un gran abrazo. En eso, pasó un carruaje que se detuvo al verlos.
“¡María del Carmen! ¡Suelta a ese hombre inmediatamente! Apuesto a que vienes todos los días a encontrarte con él cuando todos dormimos ¿No es así? ¡Sube al carruaje que nos iremos a casa ahora mismo!”
“¡Papá!”
“Te asombra que yo esté aquí ¿Verdad?”
Dentro del carruaje, Chía lloraba inconsolablemente aferrándose al brazo de su marido.
“¡Mira como tienes a tu madre! ¿No puedes tener un poco de consideración con ella?”
“Perdone papá, pero yo lo amo y quiero formar una vida con él”.
“Señor, yo también amo a su hija y estoy dispuesto a lo que sea por ella”.
“¡No! ¡Esso no puede ser! ¡Mira lo que es este hombre! ¿Cómo puedes aspirar a un futuro con él? ¡No tiene nada!”
“¡Eso a mí me tiene sin cuidado! Yo no lo quiero a él por lo que tenga sino por lo que es ¡Y lucharé contra todo y contra todos por estar con él! Incluso con usted”.
“¡Ahora mismo te vienes conmigo! No permitiré que sigas frecuentando a este joven”.
Don Manuel se bajó del carruaje y llegó hasta su hija en dos zancadas tomándola por la manga del vestido haciendo que éste se desgarrara.
“¡Manuel no! ¡Suéltala!”
Él la subió al carruaje a rastras sin hacer caso a Chía y a Eloy que fue lanzado al suelo de un puñetazo cuando trataba de protegerla.
Al entrar a la casa, Don Manuel llamó a Alba a gritos y le ordenó que vigilara a Maricarmen en todo momento y que no la dejara salir para nada de su habitación. Luego de que Maricarmen subiera llorando, Chía se enfrentó con Manuel como nunca lo había hecho en el tiempo que habían estado juntos y esta vez en castellano:
“¿Cómo pudiste hacerle eso a nuestra hija?”
“Chía, yo soy su padre y sé lo que es bueno para ella y sé que ese joven no es nada bueno; no permitiré que ella sostenga amores con él y además, ¡Estaba abrazándose en la calle con él como una vulgar meretriz!”
“¡No te permito que hables así de mi hija! Bien sabes que ella nunca nos ha dado problema alguno y que si hace lo que está haciendo ¡Es por culpa tuya! Sé que ese joven es bueno y que daría la vida por mi hija. ¿Acaso quieres que se case con un hombre que le haga la vida un infierno?”
“¡ese infeliz no se merece una mujer como mi hija! Lo lamento Chía pero esta vez no me convencerás. ¡Ahora déjame solo!”
Ella se fue corriendo hacia su habitación como una exhalación dando un portazo. Beatriz, que en ese momento se encontró con chía cuando se dirigía a su habitación, fue hacia donde estaba Manuel con semblante preocupado.
“¿Qué pasa? ¿Por qué tanto grito?”
“Pasa, ¡Que tu sobrina ha deshonrado esta casa! ¡La vi abrazándose con ese empleado de la pulpería cuando iba a la reunión en casa de los Cáceres y Rivas!”
“¡Válgame dios! ¿Y dónde está ella?”
“Está en su habitación: ¡No quiero que salga para nada! le dije a Alba que la vigilara y que no permitiera que diera un pie fuera de allí”.
“Y por lo que veo, Chía no está de acuerdo contigo”.
“A ella no le importa que Maricarmen esté con él”.
“Es que ella no entiende aún todo lo que implican las clases sociales, ella no entiende que una muchacha como Maricarmen o Pilar no pueden estar con cualquier hombre que se cruce en su camino porque ella se casó contigo a pesar de que perteneció a una tribu indígena”.
“¡Sí pero va a tener que entenderlo! Porque haré que Maricarmen se case con Alfredo, el hijo de lozada Alfonso”.
“No será tan fácil porque ya sabemos que Maricarmen es tan testaruda como su madre y que no va a ceder”.
“Voy a la reunión con los Cáceres Rivas, necesito distraerme un rato”.
“¿Y qué dirás cuando pregunten por Chía?”
“Que está indispuesta y que no pudo asistir”.
“Bueno, ve con dios”.
“Gracias, queda con él”.
En la reunión de los Cáceres Rivas, mientras los hombres tomaban Güisqui, llegó un hombre calvo, desaliñado con barba de tres días dando la descripción de Eloy y alegando que lo buscaba porque él era un esclavo y su amo lo quería de vuelta en su hacienda. Don Manuel, sin pensarlo, le dijo que en efecto lo había visto y que trabajaba en la pulpería como empleado.
El hombre llegó a la pulpería cuando Eloy estaba atendiendo a unos clientes y sin esperar, irrumpió y Eloy lo reconoció de inmediato pero ya no podía hacer nada para escapar de su inminente captura.
“¡Al fin te encuentro! Te me has vuelto muy escurridizo pero ya no podrás escaparte de mí. Me han pagado una buena suma por tu cabeza y no voy a desaprovechar esta oportunidad”.
“Está bien señor, me voy con usted pero déjeme hacer una cosa primero”.
“No nada de eso: ¡Te vas conmigo! Y no hay discusión”.
La gente que allí se encontraba, no podía creer lo que veían y escuchaban porque nunca se hubieran imaginado que Eloy, con su apariencia de caballero, pudiera ser un esclavo pero no hicieron nada para que el hombre le colocara unos pesados grilletes y unas cadenas en las manos pero cuando iban caminando, vio a Rosa Linda que paseaba en carruaje con su madre.
“¡Señorita Rosa Linda! ¡Espere! Me llevan ¡Pero dígale a Maricarmen que la amo! ¡Que como sea estaré con ella!”.
“¡Dios mío! Se lo diré ¡No se preocupe!”
“Hija ¿Maricarmen se enamoró de ese esclavo?”
“Sí madre pero ya está confirmado que ese amor es imposible porque quizás lo matarán. Jaime, ¡Déjame en la casa de los Ruiz y Domínguez!”
“Como usted ordene amita”.
“Durante 3 días sin descanso, Eloy estuvo caminando con gran dificultad por los grilletes y las cadenas al lado de la cabalgadura del cazador de esclavos y cuando traspasaron el umbral de la hacienda de su amo, se dejó caer extenuado al suelo. Su amo enojado, le mandó a levantarse y él lo hizo trabajosamente. Luego, hizo que lo ataran al tronco de un árbol y le dio 100 latigazos hasta que quedó inconsciente y por eso, lo bajaron del tronco para dejarlo tirado en el duro suelo y con un sol inclemente.
Cuando todos se marcharon, Regina, una esclava de rasgos toscos y con el cabello negro y muy largo, lo arrastró hasta la barraca y le curó las heridas de la espalda con aguardiente y hierbas medicinales pero él estaba muy mal, no se sabía si resistiría.
“Al llegar a la casa de los Ruiz y Domínguez, Rosa Linda se encontró a Pilar en el salón y le preguntó por Maricarmen y al saber que estaba en su cuarto, fue corriendo a contarle la suerte de Eloy.
“¡Amiga! ¿Por qué lloras? ¿Acaso ya sabes lo de Eloy?”
“¿Saber qué? ¡Estoy así porque mi padre nos vio abrazados en la pulpería y me obligó a venirme a casa con él!”
“Bueno, lamento decirte esto pero vi cuando se llevaban a Eloy y me gritó que te amaba y que vería la forma de estar contigo”.
Ella y alba se taparon la cara de horror para luego caer en un llanto histérico.
“Lo siento muchísimo, no sé como pudieron encontrarlo”.
“¡Ahora sí que lo perdí! Si lo matan ¡Te aseguro que me moriré con él! ¡Quiero verlo! ¡Necesito estar con él!”
“No Maricarmen, ahora eso es imposible: Tú sabes que está lejos y que probablemente no sabrás más de él así que tendrás que conformarte y casarte con otro hombre que te haga feliz.
“¡No! ¡Yo lo amo a él! Y nunca podré estar con otro hombre ¡Si no regresa, jamás me casaré! Pero ¡Se me ha ocurrido una idea! Voy a buscarlo”.
“¿Cómo? Definitivamente estás loca ¡No puedes ir a buscarlo sola por este país tan grande! Piensa bien lo que harás, no te apresures”.
“Sí ama, hágale caso a la señorita Rosa Linda. Piense las cosas con calma y cuando decida algo, yo la ayudaré pero ahora debe calmarse”.
“Tienen razón: debo actuar con cautela para hacer lo que sea por recuperar a Eloy antes de que sea demasiado tarde”.
“Ahora le traeré una infusión para que se tranquilice”.
Esa tarde, a la hora de almorzar, Manuel fue al cuarto de Maricarmen a verla y le pidió a Alba que los dejara solos.
“Hija, ahora sé mas que nunca que no podrás entablar una relación seria con ese joven: esta mañana me enteré de que es un esclavo prófugo y que huyó de la hacienda de su amo. Por supuesto, yo al enterarme le dije al cazador de esclavos lo que sabía de él y a estas horas ya lo deben haber capturado”.
“¡Papá! ¿Cómo pudo hacer eso? ¿Cómo pudo delatarlo?”.
“¿Tú sabías que él era un esclavo?”
“Claro que lo sabía pero no por eso iba a dejar de quererlo. ¡Lo odio papá! Es despreciable lo que ha hecho ¡Y nunca se lo perdonaré!”
En ese instante, Chía abrió la puerta del cuarto.
“¿Por qué gritan así? ¿Qué ocurre?”.
“Ocurre ¡Que tu hija ha tenido amores con un esclavo! Y lo peor es que ella lo sabía”.
“¡No! Lo peor es que mi honorable y respetable padre lo delató cuando fueron a la casa de los Cáceres y Rivas preguntando por él ¡Y eso no se lo perdono! Y ahora seguramente lo matarán”.
“¿Un esclavo? Pero a mí nunca me lo ha parecido: a pesar de su empleo se ve que es un joven muy bien educado”.
“Sí mamá pero lo es y a mi no me importaba; así como no le importó a don Manuel Ruiz y Domínguez casarse con una indígena”.
“¡Pero eso es diferente! Porque yo soy un hombre”.
“¡Pero tampoco podías elegir la mujer que quisieras! Y sin embargo la elegiste: ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?”
“¡Porque si te casas con un esclavo mandarás a esta familia al suelo!”
“¡Al diablo con tus prejuicios sociales! En el amor no hay diferencia alguna ¡Y no descansaré hasta estar junto a él! Además, sin saber que era esclavo siempre lo rechazaste porque sabías su humilde empleo y muy bien pudiste emplearlo en tu hacienda para que fuera respetable para ti pero no lo hiciste”.
“Maricarmen ¡Más vale que vuelvas a tus carriles!”
“¿Y qué pasará si no lo hago?”
“¡Te encerraré en un convento sin derecho a nada!”
“¡Pues hágalo! Que yo buscaré la forma de escaparme”.
“Ya se te pasarán esos arrebatos: ¡Mientras tanto no saldrás de aquí hasta nueva orden!”
“Como usted diga amo y señor mío”.
“Vamos Chía, dejémosla sola”.
“Manuel, me has decepcionado por mandar a ese pobre muchacho hacia la muerte; nunca hubiera esperado esto de ti”.
Ella salió de la habitación con el rostro desencajado y él fue tras ella cerrando la puerta dejando a Maricarmen llorando a lágrima viva.
Pasaron los días y Maricarmen no tenía noticias de Eloy. Chía, Pilar y Beatriz iban a verla cada día pero ella las recibía con el mismo desánimo aunque su mente maquinaba velozmente.
El día antes de la boda de Rosa Linda, ésta fue a visitar a su amiga y Maricarmen, muy seria, le preguntó si ella podía llevarse a lucero a su casa esa noche pero Rosa Linda notó un brillo extraño en sus ojos.
¿Por qué quieres que me lleve a lucero a mi casa?”
“Rosa Linda, a ti no te puedo mentir: ya tengo todo preparado para huir en busca de Eloy”.
“¡Maricarmen! ¿Estás segura? Eso puede ser muy peligroso”.
“Sí rosa no te preocupes, ya tengo todo calculado: me iré mañana sin que nadie lo note”.
“¡Pero mañana es el día de mi boda!”
“Puedes estar tranquila que no faltaré: me iré cuando todo termine y los invitados se dispersen para marcharse”.
“Ay amiga ¿Y si no lo encuentras? ¿Y si te pasa algo?”
“No me pasará nada y estoy segura de que lo encontraré”.
“Ya veo que no te voy a hacer desistir: no me queda más que desearte mucha suerte y decirte que te quiero”.
Maricarmen se levantó y abrazó a su amiga con lágrimas en los ojos.
“Yo también te quiero y tú lo sabes: cuando pueda te escribiré a la casa de Juan Luis para que estés tranquila”.
“Está bien, pero cuídate mucho”.
“Lo haré, quédate tranquila”.
“Bueno, ahora debo irme; continuaré con los preparativos de la boda, te espero mañana”.
“Ahí estaré y recuerda, nada de esto a nadie”.
“Eso no tienes ni qué decírmelo: seré una tumba como siempre”.
“Gracias, ahora ve que se te hará tarde”.
“Hasta luego. Le diré a Severino que me has prestado a Lucero”.
Está bien, no sabes cuanto te lo agradezco; hasta luego amiga”.
Llegado el día de la boda de Rosa Linda, se encontraban todos los invitados esperando en la catedral a que ésta apareciera. Cuando llegó del brazo de su padre, vestida con un exquisito traje de varias capas de gasa azul, según ella para que el amor perdurara para siempre, con brocados de oro y plata y un hermoso velo de tul adornado con piedras preciosas; además llevaba la pulsera de oro que él le había regalado el domingo en que se volvieron a ver. Al verla tan deslumbrante, el novio, vestido con un traje color melón con encajes y un gran pañuelo atado en el cuello, le sonrió ampliamente mostrándole su satisfacción y admiración.
“Estás preciosa”.
“Tú también estás muy guapo”.
Terminada la ceremonia, con mas de una hora de duración, todos fueron a la casa de los De Alcázar a disfrutar de la recepción nupcial. Cuando Maricarmen subía las escaleras para entrar a la casa, un jovencito más o menos de su edad, se agachó simulando que se le cayó algo al suelo para ver la pierna desnuda de la muchacha y ésta, al darse cuenta, se volteó y le dio un puntapié con todas sus fuerzas en la cabeza que lo hizo caer hacia atrás.
“¡Eso es para que sigas viendo bajo las faldas de las mujeres! ¡Pervertido asqueroso!”
En la casa habían flores por todas partes y esclavos repartiendo comida y bebida como para diez regimientos; la novia se veía feliz bailando pieza tras pieza con su ahora esposo pero Maricarmen no podía dejar de sentir envidia por la felicidad de ellos y decidió apartarse a un rincón.
Chía, que pasaba por ahí, se acercó hacia ella acariciándole el mentón.
“Hija ¿Qué haces aquí tan sola?”
“Nada mamaíta, sólo viendo a los novios bailar”.
“Y pensando en él ¿O me equivoco?”
“Sí mamá. no he dejado de pensar en él ni un solo instante”.
“Lo sé hija, sé lo que sufres, lo siento en mi corazón”.
“Mamá yo…”
“Lo sé niña mía, sé que lo amas y te entiendo porque yo también he amado a tu padre con la misma intensidad”.
“Mamaíta, quiero que sepa que la quiero pase lo que pase”.
“¿Por qué dices eso?”
“Porque es la verdad: la quiero y siempre estará conmigo acompañándome en mis pensamientos y en mi corazón”.
“Tú también hija mía pero sé que hay algo más. ¿A qué viene todo esto?”.
“A nada mamá, es que estoy muy sentimental por la boda de Rosa Linda”.
“Lo imagino y ahora con todo esto que te ha pasado…”
“Sí es muy duro pero ya lo iré superando”.
“Me alegro de que seas optimista y por mi parte te digo que si necesitas de mí, no dudes en decírmelo”.
“Gracias mamaíta. Ahora iré a buscar a alba para que me acompañe a casa, es que no me he sentido bien”.
“¿Pero vas a dejar a Rosa Linda sola el día de su boda?”
“Mamaíta, yo estoy segura de que ella lo comprenderá así que no se preocupe”.
“Está bien hija, márchate si lo deseas”.
“Pero antes ¿Puedo darle un abrazo?”
Chía extendió sus brazos hacia su hija quien correspondió abrazándola fuertemente. En el abrazo, Chía dejó salir unas amargas lágrimas que se le agolpaban en sus ojos y cuando Maricarmen se alejó, sintió una pena más honda que la que antes sentía.
Alba ya la esperaba en las caballerizas con Lucero ensillada y lista para partir.
“Ama, en las alforjas hay dinero, agua y comida: también están varios vestidos, enaguas y unos pantalones de montar”.
“Gracias alba, Sabía que me ayudarías en todo”.
“Yo le dije que lo haría pero ¿Por qué no me lleva con usted?”
“Porque esto tengo que hacerlo yo sola. Aunque sé que si te quedas, puede ser perjudicial para ti: si hay problemas, dile a Rosa Linda que te reciba en su casa”.
“¿Y quién la va a vestir y a dar de comer?”
“Pues yo misma alba, no soy una inútil; aunque tengo esclavos, sé lo que hay que hacer”.
“Ay ama ¡Yo no podré vivir sin usted!”
“muchacha, no me hagas esto más difícil ahora: tengo que irme y no deseo llorar”.
“Está bien señorita, pero cuídese mucho y escriba cuando pueda”.
“Lo haré”.
Ella le dio un fuerte abrazo a su fiel esclava que lloraba silenciosamente.
“Ahora ve a la casa y cuando noten mi ausencia les dices que tú me acompañaste hasta allá y que no te diste cuenta cuando me fui”.
“Como usted diga ama, así será”.
Varias horas después, llegaron todos a la casa y cuando Chía fue a ver a Maricarmen para averiguar cómo se sentía, Alba llorando le notificó que su hija había huido, que la había dejado sola un momento para prepararle una infusión pero cuando regresó, ya no estaba allí. Chía comenzó a llorar y a experimentar una fuerte pena ligada con rabia ciega y salió del cuarto como un huracán a decírselo a su marido:
“¡Por tu culpa! ¡Todo esto es culpa tuya!”
“¿Pero qué ha pasado?”.
“¡Maricarmen se ha ido de la casa!”
“¡Maldita sea! ¡Seguro a buscar a ese esclavo!”.
“Si tú le hubieras permitido tener una relación con él, ¡Nada de esto estaría pasando! ¡Ahora quién sabe donde estará mi hija pasando necesidades! Y Pensar que se despidió de mí en la fiesta de bodas de Rosa Linda…”
“¿Cómo?”
“¡Así es! ¡Y si tú no te hubieras opuesto a sus deseos ahora estuviera con nosotros!”
“Chía, no es mi culpa: ¡Ella se marchó porque es una testaruda igual que tú! Y porque sabía que yo nunca le permitiría cometer una locura como esa”.
“Manuel, si le pasa algo a mi hija, ¡Te juro que nunca te lo perdonaré!”.
Ella salió corriendo como loca del salón y sin ser vista, pues todos los esclavos dormían, se refugió en las caballerizas en un rincón a llorar hasta que no le quedaron lágrimas. Andaluz, su caballo favorito, de una manera sintió su dolor y fue a acompañarla a su rincón: relinchó suavemente como para consolarla y se bajó a su altura para dejar que ella le acariciara las crines y le pasó su nariz por el cuello para darle ánimos; ella estaba con la mirada ausente, como perdida en el espacio y más tarde, se quedó dormida acurrucada junto al caballo que le infundía su calor, su paz y su serenidad, juntos eran como una sola piel protegidos de las injusticias del mundo.
Todos buscaron a Chía durante toda la noche por la casa pero no pudieron encontrarla. Al amanecer, Severino, viendo muy extraño que Andaluz estuviera acurrucado en un rincón se acercó y vio con sorpresa a su ama dormida con el caballo que la protegía de todo y de todos percibiendo su vulnerabilidad.”
“Ama, ¡Despierte! La han buscado toda la noche, nadie ha dormido nada preocupados por usted”.
“Yo no quiero saber nada de ellos, sólo quiero estar aquí con Andaluz, que al parecer me comprende más que mi propia familia”.
“Está bien, le traeré algo de comer”.
“No tengo hambre”.
“Pero debe comer algo, ya regreso”.
Antes de llegar a la cocina, Severino se encontró con don Manuel y le dijo que Chía estaba en el establo y él mismo se ofreció a llevarle un tazón de sopa.
“Mi amor ¡Estaba tan angustiado por ti! Te he traído algo de comer”.
“¿Qué haces aquí? ¡No quiero verte!”
“Vamos Chía, he venido a llevarte a casa y a traerte un plato de sopa”.
“No quiero”.
Él intentó darle una cucharada pero ella lo escupió en la cara”.
“¡Chía por favor! ¡Te estás comportando como una salvaje!”
Ahora, hablando en su propia lengua, ella le replicó muy enfadada:
“¿Y acaso cuando me conociste no era una salvaje? Yo sigo siéndolo aunque tú me hayas civilizado: ¡No sé Porqué me dejé dominar al dejar que me enseñaras tus hipócritas y convencionales costumbres! Por lo menos en mi tribu sí actuaban con sinceridad y lealtad Y aunque sé todas esas cosas, sigo siento una salvaje y sé que si me enseñaste todo eso, fue porque te avergonzabas de mí y así poder entrar en tu real sociedad española; ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de que se ríen de mí cuando me volteo en tus reuniones? ¿Crees que de verdad tus amigos me aceptan en su círculo social? Pues no: para ellos sólo soy una índia salvaje que te atrapó con sus hechizos y se deslumbró por tu dinero y tu posición y no ven el amor y la devoción que he sentido por ti. Sabes que siempre he hecho lo que tú querías para agradarte, para que te sintieras orgulloso de mí”.
“¡Chía ya es suficiente!”.
“Para mí no es suficiente: a partir de hoy, ya no seré la mujer sumisa y recatada que tú creaste. Seré como yo quiero ser y tú decidirás si me quieres o no. Ahora vete, ¡Quiero estar sola!”.
Está bien, pero ahí te dejo la sopa”
Al retirarse don Manuel muy abatido, Chía le dio la sopa al caballo que resopló agradecido.
Maricarmen no durmió en toda la noche cabalgando hacia Provincia de Angostura: muchos hombres le hacían propuestas indecentes pero ella galopaba más rápido para no escucharlos y por temor de que la siguieran; aunque estaba cansada, quería seguir andando hasta llegar a su destino y Lucero, percibiendo su empeño, también quería llegar a donde su ama quisiera ir, no la defraudaría en ese instante cayendo al suelo muerta de agotamiento. De vez en cuando se detenían en un río para beber agua pero seguían su camino.
Luego de dos días viajando, con todo su cuerpo adolorido, pudo llegar al fin a Provincia de Angostura pero cuando había recorrido unos pocos kilómetros, dos mulatos con cara de pocos amigos la interceptaron con una sonrisa cínica en los labios:
“¡Caramba! ¡Miren qué tenemos aquí!”
“¿Qué es lo que quieren? ¡No me hagan daño!”.
“¿Por qué querríamos hacerle daño a tan linda muñequita? ¡Sólo queremos un poco de diversión!”
“Sí, es que nuestros días han sido muy aburridos por aquí. ¿Es usted descendiente de españoles verdad?”
“Sí así es”.
“¡Entonces haremos lo que tengamos que hacer contigo para cobrarnos todo lo que nos han hecho esos desgraciados! Ustedes nos han quitado todo y nosotros nos hemos conformado durante mucho tiempo”.
“Es hora de que ustedes sufran un poco también”.
“Señor, ¡Pero yo no tengo la culpa de eso! no he hecho nada para que ustedes sufran; yo he tratado con respeto y consideración a los esclavos que he tenido bajo mi mando”.
“¿Aaah sí? No me diga…
¿Y cree que con eso es suficiente? ¿Piensa que ellos no sufren siendo sus esclavos actuando como si no pudieran tomar decisiones por ellos mismos?”
“No señor, yo tomo en cuenta sus opiniones y siempre en mi familia se les ha recompensado por lo que han hecho por nosotros sin maltratarlos. ¡Todos los españoles que habitan este país no somos iguales!”
“A nosotros no nos importa si son iguales o no, pagan justos por pecadores”.
“Ya déjese de tanta habladera y vamos a la acción que no tenemos mucho tiempo”.
Diciendo esto, los dos hombres la bajaron de la yegua y mientras uno forcejeaba con ella, el otro sacó el contenido de las alforjas que estaban debajo de la silla de Lucero pero ésta dando patadas y mordiscos, logró huir dejando al hombre en el suelo. Maricarmen, llena de ira y de adrenalina, consiguió también darle una patada en la ingle al otro hombre que lo derribó momentáneamente y le dio oportunidad de escapar corriendo pero al pisar una roca, se dio cuenta de que perdió sus zapatos, de que su vestido estaba hecho jirones y de que tenía la boca sangrando.
Después de otro medio día de caminata, y con los pies completamente rotos, llegó a la hacienda De los palacios preguntando a todo el que veía sin importar lo que pensaran de ella por su aspecto.
Cuando iba entrando, se encontró con la esclava Regina quien soltó una irónica risita al verla.
“¿Usté no es de por aquí Berdá?”
“No, vengo a buscar a una persona”.
“¿Y a quién será?”
“A Eloy Palacios ¿Lo conoce?”
“Sí pero se va a tené que dir por donde vino, porque él ya no está aquí”.
“¿Qué quiere decir?”
“¡Que Eloy está muerto! Estiró la pata el mismito día que llegó, cuando el amo le dio tanto latigazo que no aguantó”.
Maricarmen se quedó estática donde estaba y Regina seguía hablando sin parar y sin importarle el dolor de la otra joven”.
“Si lo hubiera visto: ¡Parecía que se iba a quedá sin sangre! Y estaba pálido como la muerte, gritaba como un condenao cuando le pegaban”.
“¡Basta! No quiero oír más”
“Está bien señorita, no le diré más ná; ya me tengo que dir porque tengo muchas cosas que hacé”.
En la casa de los Ruiz y Domínguez, Don Manuel estaba en su despacho llorando como un niño cuando entró Pilar:
“¿Qué le pasa papaíto?”
“Tu madre no me perdona que Maricarmen se haya ido: me dijo cosas muy duras en el establo y no sabes cuanto me duele todo esto”.
“Ay papá, eso se le pasará pronto: yo estoy segura de que más tarde vendrá como si nada y será como siempre”
“No hija, yo se que esta vez no será así; me dijo cosas tan feas que no quiero recordar y siento unos remordimientos terribles por tu hermana pues si le llegara a suceder algo, yo tampoco me lo perdonaría y si pierdo a Chía, me moriré; no podría vivir sin ella”.
“No papá, yo estoy segura de que ella regresará sana y salva y todo será como antes”.
“Dios te oiga”.
“Ahora vamos a comer que con todo esto no hemos probado bocado en todo el día y usted necesita alimentarse”.
“Está bien hija”.
Cuando Manuel llegó a la mesa con Pilar, estaba Chía ya sentada con el cabello totalmente desordenado, el vestido sucio y oliendo a caballos.
“Mi amor, me alegra que hayas venido a comer con nosotros”.
Ella no le respondió y esperó que Damiana le sirviera.
Al tener todos su comida, Chía ignoró los cubiertos y comenzó a comer con las manos ante el asombro de todos.
“Chía por favor, no te comportes de ese modo en la mesa: ¿Qué pretendes?”
Ella respondió con la boca llena escupiendo trozos de comida al hablar siempre en su idioma:
“Nada esposo mío, sólo como a mi manera ¿No le gusta? Así se casó conmigo ¿Recuerda?”
“Déjela papá, ahora no es conveniente que la riña. Ella sólo se comporta así para llamar su atención”.
Él siguió comiendo en silencio sin apartar sus ojos de su plato y al terminar, Chía se chupó los dedos uno por uno hasta lamer la última gota de salsa de la carne de venado y luego se limpió en la ropa.
“¡Damiana! ¡Tráeme una jícara! Si no tienes una, ¡Dile a uno de los esclavos que la consiga!
¡Quiero un jugo de caña recién sacado!
(Jícara: envase de totuma o concha de coco que usaban los Timoto-Cuica para beber).
Al cabo de un rato, la esclava trajo la jícara con el jugo que chía comenzó a beber ruidosamente. Cuando terminó, regresó al establo donde se sentó a llorar de nuevo con la compañía de Andaluz, con la cara en sus crines”.
Maricarmen, abrumada por lo que le dijo aquella esclava, fue caminando lentamente y encorvada sin rumbo fijo: cuando se dio cuenta, iba camino hacia su casa pero al no poder más ni con su alma, se derrumbó a un lado del camino a llorar por la pérdida de su amado: ya no tenía noción del tiempo ni del espacio que se encontraba; sólo quería estar con él. De repente, escuchó un relincho que le pareció que venía desde muy lejos y minutos más tarde, sintió un aliento caliente en el cuerpo que la hizo volver la cabeza.
“¡Lucero! ¡Mi Lucero! ¿Cómo es que estás aquí? ¡Pensé que te habían matado!
Lucero, muy feliz de haber encontrado a su ama, empezó a corretear de aquí para allá relinchando y resoplando de pura satisfacción y después volvió a estar a su lado empujándola con el hocico para que se levantara.
“no, ya no quiero levantarme ¿Por qué no me dejas morir? ¡Vete! Déjame ir con él”.
A pesar de los insistentes ruegos de Maricarmen para que se fuera, la impetuosa yegua siguió empujándola para que se levantara y final mente lo hizo. Seguidamente, revisó debajo de la silla para ver si le habían robado todo y para su gran sorpresa, encontró una bolsa con el dinero y la comida que Alba le había dejado; esos malhechores nada más se habían llevado la ropa que estaba en un atillo.
Entonces, la muchacha recobró un poco de sus fuerzas inesperadamente para abrazar y besar a su yegua en las crines y ésta se dejaba mansamente.
“¡Qué grande eres! ¿Sabes que has salvado mi vida? ¡No te podría pagar ni con todos los terrones de azúcar y el heno del mundo! Escapaste a tiempo antes de que esos hombres nos dejaran sin nada”.
Maricarmen después de comer, y darle unos terrones de azúcar que tenía en la bolsa a Lucero, se subió a horcajadas en ella y la llevó a un riachuelo cercano donde la yegua pudo mojarse un poco y pastar en los alrededores pero pendiente de su dueña que la esperaba tumbada pacientemente a la sombra de un árbol.
Una tarde, cuando don Manuel llegaba de su jornada de trabajo, vio a Chía subida tranquilamente en una mata de mango comiéndoselos con gran deleite con grandes mordiscos”.
“¡Chía baja de ahí! ¡Puedes hacerte daño!”
“¡Ja! ¿Daño yo? ¡Pero si he hecho esto durante toda mi vida!”
“¡Déjate de tonterías y bájate de allí! Si no quieres que te baje yo mismo”
“Adelante, puedes hacerlo pero si te atreves, haré algo por lo que lamentarás haberme tocado”.
Ignorando las amenazas de su mujer, Manuel la bajó de la mata de mango pero para que la soltara, a parte de patalear y gruñir, le hizo un gran mordisco en el brazo que logró que la dejara en el suelo inmediatamente.
“¡Estás loca! ¿Hasta cuando te seguirás comportando de ese modo?”
“¡Hasta que me dejes en paz!”.
Ella se fue corriendo como estaba hacia la barraca de los esclavos. Damiana, que estaba fregando el suelo, le preguntó con mucho respeto si se le ofrecía algo y Chía, sentándose sobre una tabla de madera que servía como mesa, le dijo con simpatía:
“Voy a dormir aquí con ustedes algunas noches: traeré mi chinchorro y lo colgaré yo misma”.
“¡Pero ama! ¡No puede hacé eso!”
“Claro que puedo, yo soy igual que ustedes y no me tienen que tratar con consideraciones”.
“Bueno ama, como usté diga: aquí siempre será bien recibía, esta es su casa”.
En su primera noche en la barraca, a pesar de los esfuerzos de Beatriz para que recapacitara y cambiara de actitud, empezó a confeccionar un gualluco con piel de venado.
(Gualluco: vestimenta usada por nuestros aborígenes consistente en una especie de tapa rabo).
Alba, al verla, le preguntó si pensaba vestirse con eso y Chía le dijo que sí con una sonrisa de oreja a oreja y que eso no tenía nada de malo. Cuando finalmente estuvo listo, se quitó el vestido que llevaba, lo lanzó al suelo y se colocó el gualluco a la vista de todos dejando ver unos senos redondos y perfectos cuyos pezones se erguían orgullosos; los esclavos se quedaron sin aliento mirando a su ama y uno de ellos se atrevió a decirle que sus pechos eran tan bonitos que provocaba comérselos y que hacía rato que no veía una mujer tan bonita por esa barraca y que si ella quisiera, él pudiera hacerle muy buenos favores a su ama para disfrutar esas tetas tan lindas que dios le dio.
Alba, al escuchar las insolencias del esclavo, le reprochó echando chispas con los ojos:
“¡Negro atrevido! ¿No te da vergüenza hablarle así a mi ama Chía? ¡Si el amo se entera de lo que le has dicho te corta la cabeza!
Ama, ¿Por qué no se viste y regresa a la casa?”
“No, me quedaré aquí”.
“Como usted diga”.
A la hora del almuerzo del día siguiente, fueron Rosa Linda y su esposo a visitar a la familia y a saber de Maricarmen. Cuando estaban todos comiendo excepto Chía, ésta llegó de improviso al comedor vestida sólo con su gualluco y pintada con símbolos indígenas por toda la cara y el cuerpo lo que dejó a Manuel pasmado, como a punto de darle un infarto por lo que veía.
“¡Pero esto ya es inconcebible! ¿Cómo se te ocurre venir así cuando hay invitados en la casa?”
“¡Había olvidado que al señor no le gustan los comportamientos salvajes en su mesa! ¿Pero qué puedo hacer? Yo soy una de esas salvajes que andan por todas partes desnudas sin importar lo que puedan decir y si usted se casó conmigo debió saberlo”.
Ella se sentó a comer de nuevo con las manos como lo había hecho últimamente sin hacer caso de su marido.
Rosa Linda y su esposo, se miraron muy serios pero sin un ápice de burla en sus rostros: Sólo sentían admiración por aquella mujer que podía decirle a su esposo lo que pensaba sin recibir ningún castigo por su parte y desnuda, sin ningún pudor, como si fuera lo más natural del mundo.
“¡Ya no puedo más con esta situación! ¡Haz lo que te venga en gana! No vale la pena ni siquiera golpearte porque no servirá de nada”.
“Don Manuel, mi esposa y yo nos retiramos; creo que no hemos venido en mejor momento pero volveremos en otra ocasión”.
“Los acompaño hasta la puerta”.
Manuel no dejó de disculparse por las actitudes de su esposa y Rosa Linda le dijo que no se preocupara y que por eso no iban a dejar de asistir a su casa. Él quedó algo aliviado pero muy dolido con su mujer.
Ella se fue toda la tarde al río y cuando regresaba, vio a Maricarmen venir harapienta y cansada con su yegua.
“¡hija mía! ¡Haz vuelto! Cómo te he echado en falta ¿pero porqué vienes así?”
Ella se arrojó llorando a los brazos desnudos y mojados de su madre.
“¡Mamaíta! Yo también la extrañé.
En el camino me han robado pero gracias a dios que Lucero huyó a tiempo antes de que se llevaran el agua y la comida que tenía: nada mas se llevaron mi ropa, yo estoy bien. Dejé que Lucero me guiara todo el camino hasta aquí pues ya no me quedaban fuerzas para seguir; ella me salvó la vida”.
“¿Y por qué esa oscuridad en tus ojos mi niña?”
Ella comenzó a sollozar más fuerte al recordar su pena:
“¡Eloy está muerto! Cuando llegué a buscarlo a la hacienda, ¡una esclava me dijo que había fallecido cuando era azotado por su amo el mismo día en que llegó!
“Hija ¡Lo siento tanto! Yo quería a ese mozo para ti aunque fuera esclavo”.
“Lo sé mamá, y se lo agradezco mucho; ¡Pero ahora él está muerto! Y no podré remediarlo”
Ambas lloraron juntas hasta el cansancio pero cuando se calmaron, Chía hizo que la yegua fuera a la caballeriza donde la esperaba Severino para mimarla y condujo a su hija hasta la casa donde llamó a gritos a Alba para que se ocupara de ella. Cuando llegó corriendo de la cocina, se arrojó a los brazos de su ama llorando loca de alegría.
“Alba, ¡él está muerto! Ya no estará conmigo”
“¡Ama! ¿Cómo sucedió?”
“Luego te cuento, ahora no deseo hablar de eso”.
En eso, aparecieron Beatriz, Manuel, pilar y los demás esclavos y todos recibieron a Maricarmen con abrazos, y besos. Cuando se acabó la algarabía, Maricarmen, mirando a su padre muy seria, le dijo:
“Ya puede estar feliz, él ha muerto”.
Luego de decir esto con lágrimas en los ojos, se dirigió a su cuarto con Alba pisándole los talones.
En los dos años siguientes, Maricarmen, siempre de luto con sobrios vestidos negros y el pelo recogido siempre en un moño como una viuda, accedió a que el hijo del colono Lozada Alfonso la visitara y le hiciera la corte para agradar a sus padres aunque ella no estuviera de acuerdo. Chía, volvió a ser la misma de siempre exceptuando algunas veces que volvía a las andadas montando a Andaluz a pelo y únicamente vestida con su gualluco por la ciudad, lanzándole cualquier objeto que encontraba sin hacerle daño y arañándole la cara si quería poseerla sin su consentimiento cuando quería que él hiciera algo que ella deseara verdaderamente y él estaba renuente a obedecer: finalmente ella siempre lograba lo que deseaba y le había perdonado lo pasado con Maricarmen pues su espíritu era incondicional y gratuito con los que la conocían y la amaban aunque él no podía dejar de sentir la conciencia sucia ya que él delató a Eloy con el caza esclavos y se sentía culpable de la desdicha de su hija porque si él no hubiera hecho lo que hizo, todo sería diferente y además, porque sabía que ella lo seguía amando a pesar de su muerte.
Rosa Linda, era muy feliz con su marido y habían tenido un hijo al que llamaron Juan José Martín Cáceres De Alcázar cuyos padrinos eran Maricarmen y Gregorio que por cierto, se hizo novio de pilar que ya contaba con 15 años.
La tía Beatriz seguía tan sola como siempre pero feliz de estar con sus seres queridos.
El día antes del casamiento de Maricarmen, ella se dirigía con su madre, Pilar y su tía Beatriz a la costurera para hacerse las últimas pruebas de los vestidos que llevarían cuando de pronto, vieron aparecer delante de su Carruaje a un joven con una mata de pelo rojizo y ojos penetrantes como la noche; Maricarmen no podía creer lo que veía y casi se desmayó de la impresión”.
“¡Mi flor de primavera! Estoy de vuelta por ti. ¿Es cierto que te casarás mañana con el hijo de Lozada Alfonso? Eso escuché decir en la pensión de doña Juana, vine de dejar las pocas cosas que traje”.
“Eloy ¿De verdad eres tú?”.
“¡Pues claro! ¿O acaso crees que soy un fantasma?”
“¡Es que cuando fui a buscarte me dijeron que tú estabas muerto! Que había sido el mismo día que llegaste después de que te azotaran”.
“No, una esclava llamada Regina, gracias a dios me llevó a la barraca como pudo y me curó las heridas, estuvo conmigo día y noche cuidándome hasta que mejoré”.
“¡Ella fue la que me dijo que tú habías muerto!”
“Debí suponerlo: ella siempre ha estado enamorada de mí y sé que hubiera hecho cualquier cosa para que yo la aceptara ¡Pero nunca hubiera podido hacerlo! Porque te amo a ti; ella me preguntó quién eras tú porque yo te nombraba insistentemente cuando me quejaba de mis dolores por los azotes, por supuesto le hablé de ti: le dije que te amaba y que quería casarme contigo.
Debió ser por eso que ella inventó toda esa historia de mi muerte para quitarte de su camino”.
Asombrada, chía se atrevió a intervenir:
“¿Pero cómo fue que llegó usted aquí?”.
“Mi amo murió de una fuerte fiebre y enseguida vine por ti evitando que me viera cualquier caza esclavos o algún colono que pudiera capturarme. ¡Ya no soy esclavo! Bueno sí lo soy, tuyo si me quieres aceptar”.
“¡esto es una gran noticia! Hablaré con mi marido para que te compre y luego te dé la libertad para casarte con mi hija y no se preocupen por si no quiere aceptarlo, yo haré que lo haga”.
Maricarmen abrazó a su madre con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.
“¡Mamaíta! Muchas gracias. ¡Ahora tendré que decirle a Alfredo que no me casaré con él!”
“Pero Maricarmen, ¿y qué dirá la gente?”
“¡Tía por favor! Deja que hablen todo lo que quieran que a mí no me afecta: ahora mismo iré a entenderme con él”.
Al entrar al salón de la casa de los Lozada Y alfonso, Maricarmen vio a Alfredo que reía feliz con una joven muy bonita llamada Adelaida Ibarra y al verse sorprendido, Alfredo trató de excusarse:
“Mi amor ¡Esto no significa nada!”
“¿Aaaah no? ¿Y entonces por qué la tenías sentada en tu regazo?”
“¡Ella fue quien me provocó!”
“¡Eso es mentira! Tenemos amores desde antes de conocerte: él se iba a casar contigo para tener más poder”.
“¡Qué bajo has caído! ¡Ahora mismo publicaré un aviso en la prensa de lo que me has hecho! Y yo que venía a notificarte muy apenada que no me podía casar contigo porque había aparecido Eloy, que no está muerto pero ¿Eso a ti que puede importarte?”
“No mi amor, espera: ¡No te vayas así!”
“¡Tú a mí no tienes derecho a pedirme nada! ahora mismo iré a la imprenta a colocar el aviso”.
Ella salió sin que él pudiera detenerla y al día siguiente, salió publicado en la prensa un aviso con lo siguiente:
“Yo, María del Carmen Ruiz y Domínguez, A las cuatro campanadas de la catedral del día de ayer, encontré a mi prometido, el hijo del importante colono Lozada y Alfonso, en el salón de su casa con una meretriz que dice ser señorita llamada Adelaida Ibarra sentada en su regazo y por esta razón, ya no habrá matrimonio; pido disculpas a los invitados que asistirían a mi boda el día de hoy”.
Esta noticia estuvo en boca del pueblo por varias semanas y lo señalaban cuando lo veían pasar. La familia no lo perdonaba por lo que había hecho pues por su culpa Maricarmen había ido a la prensa logrando un desprestigio para todos y tuvo que trabajar de lo que fuera para poder vivir.
Maricarmen y Eloy se casaron con la aprobación de don Manuel quien al principio se resistía pero Chía, con sus encantos, logró convencerlo.
Esa noche, cuando se enteró de que Eloy había vuelto, Chía lo ató en la cama y le colocó una gran serpiente que inmediatamente se enrolló en su cuerpo desnudo y como seguía renuente pero deseoso por tomarla, ella llenó sus puntos débiles de dulce de lechosa y los fue tomando lenta y sensualmente con sus labios hasta que se volvió loco de deseo pero sin aceptar a Eloy como esposo de su hija. Por último, se desnudó y comenzó a besarlo por todo el cuerpo pasándole a su vez una pluma de pavo real que había tomado de la jaula de sus aves y esto fue lo que le hizo cambiar de parecer antes de comenzar a llorar y suplicar como un niño que lo dejara poseerla.
El día de la boda, Maricarmen lucía radiante con su traje azul que simbolizaba el amor duradero: el traje, hecho de seda bordada con las más hermosas flores que representaban un jardín con mariposas y crisálidas delicadamente posadas en cada una de estas flores. También llevaba un hermoso collar de rubíes con una cruz que la hacían parecer una virgen o una princesa indígena. Eloy, llevaba un traje exquisitamente bordado con hilos de oro y un sombrero de plumas de las más exóticas aves para hacer saber que también honraba a la tribu Timoto-cuicas.
A la boda asistió tanto la familia de Manuel como la tribu de chía que se quedaron admirados con tanta belleza. Los novios se sentían tan felices porque se podían amar libre mente, porque ya no había ningún obstáculo que se interpusiera entre ellos…
Eloy fue la mano derecha de don Manuel, su hombre de confianza a quien consultaba en los negocios más difíciles y lo llegó a querer como al hijo que nunca tuvo; la sociedad lo aceptó luego de algunos prejuicios que no tenían razón de ser pues él era un hombre honrado y recto que se merecía el respeto de todos y el que hubiera sido esclavo ya no interesaba y Maricarmen era inmensamente feliz con él en todo momento: en especial, cuando salían cada amanecer a cabalgar por la ciudad aún adormilada.
Alba obtuvo también su libertad pero siguió sirviendo a su ama con mucho cariño como siempre únicamente que ahora la llamaba señora.
Fin.
Caracas Venezuela, diciembre 2009- octubre 2010.
Agradecimientos:
Agradezco profundamente a Gabriel Calderón que trató de proporcionarme un poco de información valiosa para construir esta historia, a mis amigos del mesinger que me daban su apoyo en todo momento cuando creía que no podía continuar escribiendo y a mis seres de luz que me guiaban a cada instante en el camino y que me hacían llegar la inspiración que necesitaba.