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Autora, Kat Mendoza.
Dedicado a todos mis amigos que siempre leen mis historias y me dan sus opiniones y críticas constructivas para poder mejorar.
Martes, 12-1-2010: Marie Boulait se encontraba con su pequeña hija Juliette de cuatro años vendiendo frutas en el mercado principal de la ciudad como todos los días pues eran muy pobres y como casi todos los habitantes de ese país trataban de sobrevivir al hambre y a la miseria. Laurence, el padre de Juliette, trabajaba en un almacén pero sus ingresos económicos no alcanzaban para nada y ambos tenían que hacer peripecias diariamente para dar de comer a la pequeña Juliette quien era una niña muy delgada a causa de la desnutrición, era de color como todos en ese país y usaba trenzas muy largas que su madre le hacía cada dos semanas.
Esa tarde, mientras su mamá trataba de vender unas bananas, Juliette estaba sentada en un destartalado banco viendo a la gente pasar cuando de pronto el mundo se le sacudió y en segundos se encontró atrapada entre un montón de escombros con su madre desmallada a su lado; al menos ella creía que lo estaba y entonces comenzó a darle golpecitos en las mejillas para tratar de despertarla. A su alrededor, la gente gritaba como loca:
“¡Terremoto! ¡Auxilio! ¡Ayuda por favor!”
Sin saber qué hacer, Juliette comenzó a llorar desesperada pero sentía que aunque llorara con todas sus fuerzas nadie la oía.
Cinco calles más arriba, Laurence, el padre de Juliette luchaba por vivir bajo una pared sin tener éxito: a los pocos minutos del sismo de 7.3 en la escala de ricter, falleció tratando inútilmente de llamar a su esposa y a su hija.
Se oían alaridos de dolor y de confusión por todas partes de hombres, mujeres y niños que no sabían que hacer: algunos lloraban a sus muertos y otros trataban de buscar a sus familiares en las ruinas de los edificios.
Muy pronto toda esa pobre gente quedó incomunicada en Puerto príncipe, capital de Haití pero a medida que pasaban los días la ayuda humanitaria de otros países fue llegando y a pesar de eso, todos se mataban por un simple trozo de pan; todo era miseria y destrucción y entre la desolación que los embargaba, ellos se preguntaban el por qué de esta tragedia y por qué Dios querría hacerlos más desdichados de lo que eran antes.
Todos se ocupaban de sus propios problemas y nadie se acordó de la pequeña Juliette quien yacía junto a su madre esperando la muerte. Luego de cinco días, rescatistas que removían unos escombros cercanos, escucharon los débiles quejidos de Juliette y procedieron a remover rápidamente hasta llegar a ella y sacarla con sumo cuidado pues tenía varias fracturas. Al ver que la alejaban de su madre, la niñita logró articular:
“Ma mére, elle est ici”.
Al escuchar las palabras de Juliette, los rescatistas lograron sacarla también pero al verla, todos se miraron y le dijeron a Juliette que ella se había ido al cielo, que no podría volver a verla jamás, que lo sentían muchísimo y que ellos la llevarían a ella a un lugar seguro para que estuviera bien. La niña muy confundida preguntó:
“¿Yo no podría ir con ella al cielo?”
Uno de los hombres le dijo con lágrimas en los ojos y tomándola en sus brazos:
“No cariño pero ella te estará cuidando desde allá y tú debes ser buena niña para que ella se sienta orgullosa de ti”.
Otro de los hombres revisó el cadáver de la madre más de cerca y casi se le salieron los ojos de sus órbitas cuando descubrió que la mujer estaba en cinta de unos seis meses y les hizo señas a los otros para que se acerquen menos al que tiene a la niña en brazos. Todos quedan boquiabiertos y muy consternados por lo que vieron y Juliette al intuir la conmoción de ellos, preguntó de pronto:
“¿Mi hermanito también se fue al cielo con mi madre?”
El que la sostenía le dio un beso en la frente y le dijo con voz ronca evitando las lágrimas:
“Oui ma petite, él tampoco está ya con nosotros”.
Él decidió alejarla de su madre para que no viera la escena y Juliette rompió en fuertes sollozos y en furiosos pataleos tratando de zafarse del hombre pero el dolor de sus costillas y otras partes del cuerpo fracturadas, la hicieron darse por vencida con las lágrimas a flor de piel.
“¿Dónde me llevan? ¡Yo quiero quedarme con mi mamá!”.
Ella continuó gritando con todas sus fuerzas pero ellos se la llevaron con los demás heridos para ser trasladada a Santo domingo, República dominicana donde recibió todos los cuidados: le enyesaron las dos piernitas fracturadas, las costillas y un brazo para luego darle un plato de sopa caliente que luego la hizo dormir sollozando de pena.
Al despertarse varias horas después, ella le preguntó a la enfermera que la cuidaba:
“Madame ¿Dónde está mon pére?”
“Pues no lo sé. ¿Sabes tú donde estaba él cuando ocurrió el terremoto?”
“Estaba trabajando en un almacén cerca del mercado donde trabajaba mamá”.
A la mujer se le ensombreció la cara repentinamente y le dijo con mucha dulzura:
“Cielo lamento decirte que él también está muerto: sacaron todos los cadáveres hace una hora”.
La niña comenzó de nuevo a llorar y así lo hizo por horas hasta que no le quedaron lágrimas y se quedó dormida nuevamente.
Con cuatro años de edad, Juliette ya sabía lo que era el dolor y ya no le importaba nada más; al despertarse, ya nadie pudo sacarle palabra alguna ya que ella decidió no hablar con nadie y crear su propio mundo donde no pudieran molestarla. Para ella todos eran malos por querer separarla de sus padres y de ahí en adelante, nadie pudo comunicarse con ella.
Días después, decidieron darla en adopción pues sabían que ella necesitaba desesperadamente una familia que la ayudara a soportar este fuerte dolor.
Irene y Ricardo Suárez, era una pareja muy enamorada: se habían casado ya hace seis años pero no habían podido tener hijos. Se habían hecho todos los tratamientos conocidos pero ella no podía concebir. Vivían en un modesto apartamento en Santa Mónica, en la ciudad de Caracas Venezuela que habían comprado antes de casarse.
Un medio día del viernes mientras almorzaban, estaban viendo las noticias del devastador terremoto de Haití ocurrido ese martes. Irene, muy conmovida le dijo a su marido:
“Pobre gente; están tan desamparados en el mundo y cuanta desolación…”
“Sí amor es lamentable pero gracias a dios la ayuda internacional está llegando para ellos”.
“Y cuantos niños Huérfanos habrán que necesitan de una familia que les dé amor y comodidades”.
“Eso es cierto y tantos padres que se quedaron sin sus hijos también”.
“Así es pero yo he estado pensando ¿Por qué no darle una esperanza a uno de esos niños? Ya que no podemos tenerlos, podríamos adoptar uno”.
“Bueno Irene es una decisión muy seria que hay que pensar pero…”
“Yo estaría dispuesta a afrontar todos los riesgos y a asumir las consecuencias que esto traiga. Por favor, amor déjame cumplir este sueño: yo sé que tú también lo deseas y no quiero que me coloques ningún pretexto para poder hacerlo”.
“Está bien, si eso es lo que tú quieres, debo apoyarte pues somos una pareja y debemos estar juntos en la alegría y en la adversidad y esto sería una gran alegría para nosotros”.
Ella se levanta de su silla y abraza a su marido llena de lágrimas de felicidad.
“Gracias cariño ¡Gracias por hacerme tan feliz! Te amo”.
Él sonríe y le da un tierno beso en los labios”.
“Tu felicidad es la mía y no podría vivir si tú no fueras feliz. Yo me casé contigo para hacerte la mujer más feliz del mundo y debo cumplir mi misión. Ya hemos sufrido mucho al saber que no podríamos tener hijos y ya es hora de traer un rayito de luz a esta casa”.
“No dejo de darle gracias a dios un solo día por tenerte a mi lado. Ahora mismo voy a llamar a la embajada de Haití para preguntar los requisitos de adopción”.
Cuatro meses después, Julieta fue llevada a la embajada de Haití en Venezuela totalmente recuperada de sus múltiples fracturas pero sin hablar una palabra. En el hospital le explicaron cual sería su destino pero era como si le estuvieran hablando a una pared: no hizo ninguna expresión ni emitió palabra alguna.
Momentos después, una mujer blanca, de cabello amarillo hasta los hombros, rostro amable y un hombre apuesto de cabello castaño, y ojos negros se acercaban a Juliette llenos de emoción. La mujer, con los ojos llenos de lágrimas, la tomó en brazos y la cubrió de besos.
“Hola Juliette, de ahora en adelante seré tu madre; mi nombre es Irene y él será tu papá, se llama Ricardo”.
La niña la miró a la cara sin comprender nada de lo que le había dicho esa mujer pero ella suponía quienes eran.
Después de arreglar algunas formalidades, Irene y Ricardo llevaron a su hijita a su nuevo hogar: hasta ese momento no le habían podido hacer articular palabra aunque el padre le hablara en francés con una guía que tenía de palabras y oraciones sencillas que le había prestado su sobrina Fiorela la cual estudiaba primer año de humanidades. Juliette no deseaba hablar y menos con esos extraños que no sabían hablar su lengua. Ella sólo quería irse con sus padres y que todo fuera como antes.
Al llegar a la casa, los recibieron sus familiares y amigos con un montón de obsequios que la dejaron sin aliento sin poder evitarlo pero además de esa reacción, no pudieron ver otra más en su carita de ébano.
Estaba Gloria, la hermana de Ricardo, quien era una mujer de 43 años, rellena, ojos grandes y negros, cabello castaño como el de su hermano y grueso. Ésta recibió a la niña con afecto. Ella tenía tres hijos llamados Fiorela, que tenía 16 años y un parecido con su madre; también estaba Santiago, un niño muy despierto, de ojitos marrones y pelo color azabache como el de su padre que había muerto hacía ya dos años en un accidente automovilístico. El niño al verla, quiso llevársela a jugar de inmediato pero ella se reusaba por más que él quisiera que ella lo acompañara; ella prefería quedarse sentada en un rincón en su mundo particular.
Por último, gloria tenía una niña de la misma edad de Juliette llamada Verónica: ella era la viva imagen de su padre: cabello lacio, suave y negro azabache, ojos marrones y carita redonda. Al ver que todos le prodigaban su atención a Juliette, ella se sintió celosa y desplazada y no quería separarse de su madre.
Al presentársela a la abuela Aurora, ésta ni siquiera quiso acercarse más de 50 centímetros a la niña y con el ceño fruncido le dijo a Ricardo:
“Yo nunca estuve de acuerdo en que adoptaran un negrito de esos y ni piensen que la voy a tratar como a uno de mis nietos”.
La niña aunque no entendía, notó sus duras palabras y le sacó la lengua. La abuela hizo ademán de golpearla pero Ricardo se lo impidió sosteniéndole la mano.
“¡no te atrevas a poner una mano sobre mi hija! Porque ella es mi hija lo quieras o no ¡Entiéndelo!”
“¡Entonces comienza a enseñarle modales a tu negra! O tendrá muchos problemas”.
Ella se alejó furiosa y él se quedó al lado de su hija acariciándole el cabello trenzado.
“no permitiré que nadie te haga daño ni humillaciones te lo aseguro”.
Isabel y Vicente, los padres de Irene, sí estaban encantados con su primera nieta y estaban dispuestos a darle el amor que ella necesitara en sus ratos libres pues ambos trabajaban en un restaurante de su propiedad que habían fundado hace algunos años. Además de Irene, tenían otra hija llamada Elena quien aún no se había casado pero tenía una relación de muchos años con su novio Manuel.
Al retirarse todos, Ricardo e Irene llevaron a Juliette a su nueva habitación. La niña que estaba medio dormida, abrió los ojos de par en par al ver una gran habitación pintada de rosa con un mural de las princesas de Disney y muchos juguetes apilados en cajas y un cachorrito negro echado en una cesta al lado de la cama. Al advertir la presencia de los visitantes, el perrito raza mini toy salió de la cesta y comenzó a ladrar lleno de alegría. Juliette pataleó en los brazos de su padre para ser bajada al suelo y al tocar a su nueva mascota, comenzó a sonreír. Irene, con lágrimas que mojaban sus mejillas, dijo muy conmovida al ver la sonrisa de su pequeña:
“Tienes una hermosa sonrisa y me gustaría verte siempre así”.
“Todo lo que está aquí es tuyo y aunque ahora no puedas entenderme, quiero que sepas que te amamos como si fueras nuestra hija”.
“Pero si ya es nuestra hija”.
“sí lo sé pero quiero decir, como si la hubiéramos tenido nosotros”
“Sabes, me da miedo ser madre porque no sé si ella se adaptará a nosotros como quisiéramos”.
“Yo sé que se adaptará muy bien, el tiempo te lo dirá”.
“también me preocupa que no dice palabra alguna”
“bueno, debe ser un trauma psicológico después de perder a sus padres; recuerda que el juez dijo que esta mudez apareció cuando se enteró que murió su padre, quizás podamos ayudarla con nuestro amor y llevándola a un buen psicólogo”.
“Amor creo que estoy soñando, no puedo creer que ella esté aquí con nosotros, estoy tan contenta…”.
“yo tampoco pero ya ves que es una realidad y hay que llevarla a la cama”.
Él se acercó a ella que estaba despreocupada en un rincón jugando con su cachorro y le dijo señalándole la cama:
“Bien señorita ya es hora de dormir pues ya es muy tarde y ha sido un largo día”.
La levantó en brazos pero ella se resistió y logró darle un puñetazo en el ojo que lo cegó momentáneamente pero la colocó finalmente en la cama donde la madre le quitó el raido vestido y le colocó una nueva pijama de algodón con corazoncitos azules y luego ambos se despidieron dándole las buenas noches y un beso en la mejilla.
Al ver que se habían ido, Juliette se bajó de la cama y se subió nuevamente con el cachorrito quien estaba ansioso por subir.
“Ton nome est Noir”.
En pocos minutos se quedó dormida abrazada a su nuevo amigo quien dormía plácidamente a su lado”.
A las dos de la madrugada, Irene se despertó alarmada por los gritos que se oían en la habitación de al lado y decidió despertar a Ricardo:”
“Amor ¡Despierta! Creo que le ocurre algo a Juliette”.
Él se levantó y ambos corrieron al cuarto de la niña quien estaba sentada en la cama llorando y abrazando a Noir quien temblaba asustado.
“Maman, ¡Maman! ¡Quédate conmigo por favor!”.
“Al oír las primeras y desoladoras palabras de su hija, Irene la tomó en brazos y la abrazó sin importar que la niña aún sostenía al cachorro quien se debatía por soltarse.
“Tranquila cariño, todo está bien; mamá está aquí para cuidarte y protegerte”.
La niña abrió los ojos y al ver que estaba en los brazos de esa desconocida, la golpeó para que la dejara en el suelo e Irene la dejó triste y ella volvió a la cama con Noir y los padres se sentaron a ambos lados sin importar las patadas y golpes que recibieron. En pocos minutos, ya cansada de golpear y patear, Juliette se quedó dormida sin importar las caricias de sus nuevos padres.
Irene se tomó varios días para conocer a su hija que no lograba adaptarse a ese nuevo lugar: tenían que adivinar lo que quería, pues ella no hacía el menor gesto para hacérselo saber; pasaba todo el día jugando con su perro y cuando salía con su madre, se negaba a dejarlo en casa; no se separaba ni un segundo de él y comía como si la comida se le fuera a ir de un momento a otro del plato pues nunca en su vida había visto tanta comida aunque Irene le sirviera sólo un poco. Una tarde, mientras Irene arreglaba la casa, sorprendió a la niña riéndose y hablando con el cachorro quien trataba de quitarle un juguete.
“¡Non! Eso es mío ¡Déjalo allí! ¡Eres muy malo! Lo quieres romper ¿No?”
Irene dejó lo que estaba haciendo y fue hacia ella.
“¿Por qué no hablas conmigo?”
La niña calló de pronto como había hablado y la miró a los ojos sin comprender nada; Irene lanzó un florero con todas sus fuerzas frustrada de no poder comunicarse con su hija .
“¡Juro por Dios que te haré hablar! ¡Y haré que me quieras cueste lo que cueste!”
De inmediato, la niña comenzó a llorar y a refugiarse debajo de la mesa del comedor con Noir pisándole los talones.
“Lo siento, ¡en verdad lo siento! Es que no sé cómo acercarme a ti y estoy realmente desesperada”.
Irene la sacó de debajo de la mesa y se sentó en el suelo abrazándola y llorando también”.
Una semana después, se venció el permiso de Irene en su empleo y ambos decidieron llevar a Juliette a casa de la abuela Aurora pues ella era la única que podía cuidarla ya que sus abuelos y sus tíos también trabajaban. La niña se negó a dejar a su inseparable Noir y ellos no se opusieron a que se lo llevara. Al dejarla en casa de la abuela, Juliette decidió explorar el lugar y quedó fascinada con una caja de música con una bailarina que daba vueltas al ritmo de la música. La abuela, al ver que Juliette la estaba tocando, se acercó a ella sigilosamente y arrebatándosela de las manos le dijo furiosa:
“¡Deja eso! ¡No te atrevas a tocar mis adornos con tus sucias manos! ¡Ahora te quedarás castigada!”
Luego la tomó de la manga del vestido y la sentó en el suelo en un rincón mientras la niña temblaba y sollozaba en silencio.
A la hora del almuerzo, Santiago, Fiorela y Verónica ya estaban en casa de la abuela pues ella también se encargaba de cuidarlos. Al llegar de la escuela, el niño se acercó al rincón donde estaba encogida Juliette y le preguntó tocándole el hombro:
“¿qué te pasa? ¿Te puedo ayudar?”
“¡No la toques! Esa niña es sucia ¿y no debes acercarte a ella!”
“No abuela, ella no está sucia sólo es su color pero está limpia y yo quiero jugar con ella”.
“¡Ni lo sueñes! ¡Tú no puedes jugar con esa negra! Ella no debería estar aquí, ¡Debió quedarse en su mugroso país de negros!”
“¡Aunque tú no quieras yo voy a jugar con ella! Juliette no tiene la culpa de ser negra”.
Al oír su nombre, Juliette lo miró con recelo pero luego le sonrió”.
A la hora de la comida, cuando ya todo estaba servido, Santiago alegó que iba a buscar a Juliette que seguía en su rincón pero la abuela le dijo que ella le llevaría la comida entonces fue hacia allá con un pedazo de pan y una banana y se la dio dirigiéndole una mirada fulminante que la hizo bajar la cabeza sumisamente. El niño al ver la comida de su prima protestó furioso:
“¡Pero ella no puede comer sólo eso! ¿Por qué no le das la misma comida que a nosotros y le permites comer en la mesa?”
“¡Mira no voy a discutir contigo sobre esto! ¡Ocúpate de comer y deja a esa niña en paz!”
Desde su rincón, Juliette observaba la comida que comían sus primos y se le hacía agua la boca pues no había comido desde que su mamá le dio el desayuno antes de salir de casa. Podía ver pasta con salsa de queso, jugo de fresa y de postre, pastel de chocolate que era su favorito desde que lo había probado el primer día en casa de sus nuevos padres.
Una hora después, cuando su abuela se hubo dormido, los niños se escabulleron hacia el rincón de Juliette llevándole un plato de pasta, un vaso de jugo de fresa y un gran trozo de pastel. Al ver la comida, Noir acudió corriendo a tratar de comer pero ella se lo impidió con un grito:
“¡No te atrevas a tocar eso!”
Los tres niños se miraron las caras sorprendidos al escuchar la voz de Juliette que al gritar, había hecho que Noir retrocediera obediente. Luego miró a los tres chiquillos y les sonrió ampliamente mostrando unos dientes amarillentos y un poco careados.
“Mercie beaucoup”.
Verónica, la más pequeña de los tres hermanos preguntó de manera indiscreta tratando de susurrar:
“¿qué dijo?
Fiorela, que ya sabía un poco de francés, pudo traducir sin dificultad:
“Nos dio las gracias por la comida”
“¿Tú puedes hablar con ella?”
“Creo que sí Santi pero tengo que probar: je m’apel Fiorela vous comprend moi?”
La niña abre los ojos muy sorprendida de que alguien pueda hablar su lengua y luego sonríe con sus ojitos llenos de luz y de felicidad.
“Oui, je comprend”.
Fiorela la tomó de la mano y le dijo que irían a dar un paseo luego de presentarle a Santiago y a Verónica quienes quedaron encantados con ella. En ese corto paseo hacia un parque cercano, corrieron, jugaron, rieron y Juliette se divirtió como nunca. Esa tarde al llegar sus padres a buscarla, ella los saludó con un tímido çaba que los dejó sin habla por un instante pero al reaccionar, ambos la llenaron de besos haciéndola reír y tomando a su perrito por la correa, salió con Santiago hacia el carro de sus padres. Fiorela, que había visto la escena, se acercó sonriente a Irene y a Ricardo.
“Tíos, yo logré hablar con ella. Es una buena niña necesitada de cariño; me dijo que extrañaba mucho a su mamá y que amaba mucho a Noir, así llamó al cachorro por su color. Dice que le gusta su perro porque es negro como ella y que la abuela le da mucho miedo”. También me dijo que no hablaba con nadie porque todos son malos por separarla de su madre; además me contó que iba a tener un hermanito”.
Irene y Ricardo llenos de alegría, la abrazaron agradeciéndole que haya abierto una ventana para comunicarse con su hija y Fiorela respondió que estaría encantada de ayudarlos en lo que necesitaran.
Fueron pasando los días y Juliette seguía yendo a casa de la abuela Aurora quien continuaba dándole malos tratos y alimentándola con pan viejo y banana pero cuando ella se dormía, sus primos le llevaban rica comida y jugaba con Santiago quien la protegía como nadie y le prestaba sus juguetes haciendo caso omiso a los gritos y amenazas de la abuela para que dejara de jugar con ella. Cuando veía a Fiorela, se le lanzaba encima para que la cargara y hablaba largo rato con ella y esto la favorecía pues obtenía excelentes calificaciones en el francés.
Una noche en su casa, Irene y Ricardo estaban viendo la televisión mientras Juliette jugaba con Noir pero de pronto, pasaron imágenes del terremoto de Haití y Juliette se quedó mirándolas y muy triste dijo en su vacilante español pues Santiago y Fiorela le estaban enseñando a hablarlo y ella a ellos el francés.
“Ir con mi mamá”.
Ellos no sabían que la niña ya estaba comenzando a hablar español y por eso al escucharla la miraron desconcertados y luego le preguntaron al unísono:
¿Qué has dicho?”
Ella señaló el televisor y respondió con grandes lágrimas que corrían por sus mejillas:
“Mamá ahí en el suelo”.
Ricardo la tomó en brazos y la niña se aferró a su cuello llorando con todo el sentimiento y la pena que llevaba acumulada e Irene se abrazó a ellos llorando también.
Por primera vez la niña se quedó dormida en los brazos de su padre sollozando por el recuerdo de su madre.
Las siguientes semanas que pasaron, Juliette se quedaba sola en la casa con la abuela hasta que llegaban sus padres a buscarla pues sus primos se quedaban en la escuela hasta la tarde pues tenían que ensayar un acto que harían a fines del año escolar. La niña tenía que estar todo el día en el rincón sin moverse acompañada de su perro ya que tenía que evitar que se escapara y le ensuciara el piso a la gruñona abuela pero una tarde, Noir se escapó y Juliette tuvo que perseguirlo por toda la casa y en la carrera, derrumbó la mesita de la sala que contenía diversos adornos que se hicieron añicos al instante. La abuela, que estaba en la cocina, salió corriendo al oír el estrépito.
“Excusen moi madame”
“¡Te juro que me las pagarás! ¡No voy a permitir que una estúpida y sucia negra como tú venga a arruinar mi casa!”
Sin decir más palabras, golpeó a la niña con un cinturón hasta el cansancio y le dio una escoba para que barriera el desastre de vidrios que había en el suelo. De ahí en adelante, la puso a trabajar como una esclava: la mandaba a limpiar el piso, lavar los trastos después de comer, limpiar la mesa y no la dejaba dormir por las tardes y cuando llegaban sus padres, corría a abrazarlos pero no les decía nada de lo sucedido en el día para evitar que la abuela la castigara más fuerte y llegaba a su casa muerta de cansancio a dormir; su mamá tenía que bañarla , ponerle su pijama, darle de comer y meterla a la cama porque ella no se podía mantener en pie, entonces Irene comentó con su marido que ese cansancio de Juliette no era normal y le pidió que hablara con su madre para que le dijera cual era la razón de esto.
Al día siguiente, cuando Irene fue a levantar a Juliette para llevarla a casa de la abuela, ella le dijo medio dormida:
“No ir casa abuela”
“¿Por qué cariño? ¿Pasa algo malo?”
“no barrer, no limpiar, no lavar platos”.
“Juliette ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso ella te manda a hacer eso?”.
Ella al darse cuenta de lo que había dicho, se despertó por completo y empezó a llorar asustada.
“¿Por qué lloras?”
“Abuela pegar si digo a personas, ella decir yo soy negra sucia”.
“¡Pero esto es el colmo! Esa señora me va a escuchar”.
Al oír los gritos de Irene, Ricardo acudió a la habitación de Juliette.
“Irene ¿qué pasa?”
“¡Pasa que tu mamá es una perra racista! Y no se lo voy a permitir. ¿Puedes creer que hace a Juliette limpiar y lavar los platos? ¡Y además dice que ella es una negra sucia! ¿Cómo se atreve a decirle eso si esa niña ni siquiera entiende el significado de esas palabras tan absurdas?”
“Bueno, a ella nunca le han gustado los negros pero…”
“¡Pero ella sólo es una niña! Y no tiene derecho a tratarla así”.
“Tienes razón. El primer día casi la golpea porque ella le sacó la lengua pero yo se lo impedí. Hoy mismo hablaremos con ella”.
Al llegar a casa de la abuela, Juliette la miraba con un terror demasiado evidente e Irene furiosa, comenzó a enfrentar a la vieja.
“¡Nunca más se atreva a lastimar a mi hija! Usted no es nadie para tratarla como una sirvienta ¡Ni para insultarla como lo ha hecho todo este tiempo! Ella fue traída aquí para darle todo el amor del mundo y no para hacerla sufrir más de lo que ha sufrido”. Y aunque sea negra tiene derecho a ser tratada con respeto e igualdad ¡Ya el tiempo de la esclavitud se acabó hace mucho tiempo! Y usted no va a venir a implantarlo nuevamente con mi hija”.
“Sí mamá es cierto. Esta niña fue adoptada para brindarle todo el amor del mundo y tú no vas a venir a crear un trauma con tus estupideces de racismo y prejuicios sociales. Ella es mi hija te guste o no; creo que te lo dije el primer día que la traje a este país”.
“tú sabes bien que los niños adoptados no son buenos porque cuando crecen son unos mal agradecidos y negros, peor. Cuando me comentaste que querían adoptar un niño de ese país yo no estuve de acuerdo y tú lo sabes; además, si no te hubieras casado con esta mujer, hubieras podido tener tus propios hijos blancos y no hubieras tenido necesidad de adoptar a esta…”
“¡No te permito que sigas insultando a Juliette! Y ten cuidado como hablas de mi esposa pues es la mujer que amo y no podrás cambiarlo. Ahora puedes estar tranquila porque no te dejaremos más a nuestra hija para que la cuides o mejor dicho, la maltrates. Juliette, espéranos en la puerta que ya iremos a buscarte”.
Él le hizo señas para que se fuera y ella le obedeció.
“Ahora que Juliette se fue, déjame decirte que esto que has hecho no tiene perdón. Le has causado un gran daño y no puedo perdonarte; aunque esa niña no es mi hija, es mi responsabilidad y yo decidí asumirla como hija y la quiero como tal. Si tú no la quieres, entonces no quieres mi felicidad porque ella es mi felicidad y no voy a dejarla por tu egoísmo y tu estupidez”.
Él se marchó con su mujer de la mano sin siquiera mirarla y ella se quedó llorando en silencio.
Irene decidió llevársela a su trabajo: ella laboraba como gerente de un banco y al verla llegar con la niña, quien tenía los ojos llorosos pues la obligaron a dejar a Noir en casa de la tía Elena, los compañeros de Irene la colmaron de atenciones y le dieron toda clase de golosinas que la distrajeron de su tristeza por haber dejado a su perro. Todos comentaban que era una niña linda y aunque no hablaba muy bien español, podía entender algunas cosas.
A la hora del almuerzo, Juliette estaba obligando a su mamá a regresar a casa de la abuela pues se le había quedado su muñeco favorito llamado Paul que le había regalado Fiorela y no quería dejarlo allá. Irene cedió resignada y le dijo que la esperaría en la puerta de la casa y que gritara si algo le pasara.
Al entrar, Juliette vio a la abuela acostada en el suelo muy blanca y agarrándose la zona del corazón con ambas manos.
“Ayúdame por favor, llama a tu madre o a tu padre”.
Ella salió corriendo aterrorizada hacia su madre.
“¡Maman venir! ¡Abuela en el suelo!”.
Irene se quedó petrificada al oír la palabra mamá de los labios de su hija y no se lo pudo creer. Entonces ella le tiró de la mano y la obligó a ir. Al ver a su suegra, Irene llamó al médico inmediatamente y mientras él llegaba, Juliette le tomaba la mano a la abuela, no se separaba de ella ni un instante y le decía que todo estaría bien. Minutos después, llegó Ricardo con la ambulancia y se llevaron a la abuela a la clínica y dejaron a Juliette en casa de su tía Elena quien la recibió con gran alegría.
El doctor les comunicó que Aurora había tenido un infarto y si hubieran llegado dos minutos más tarde, ahora estuviera muerta. La señora, que abrió los ojos de repente, logró decir con voz ronca:
“Juliette me salvó la vida y yo he sido muy injusta con ella. Si no hubiera sido por ella, yo no estaría aquí ahora; yo sé que era ella quien me tomaba la mano allá en la casa cuando esperaban la ambulancia y quiero verla para pedirle perdón”.
“No mamá. Tú tendrás que ganarte su cariño y así sabrás si ella te perdona o no”.
“Sé que mi hija es muy noble y estoy segura de que la querrá. Si hubiera visto lo preocupada que estaba cuando la dejé en casa de Elena…”
“bueno, en cuanto la vea se lo agradeceré”.
Al estar nuevamente en su casa y con Juliette ya en la cama, Irene posó su brazo sobre los hombros de su marido.
“¿Sabes? ¡Hoy Juliette me dijo mamá! Y me sentí tan dichosa…”
“¿En serio? ¡Pero eso es una gran noticia!”
“sí. Fue cuando vio a tu madre y me avisó que estaba en el suelo pero creo que ni ella misma se dio cuenta de lo que dijo, creo que sólo fue producto de los nervios y del susto”.
“Pero igual creo que es fantástico y sé que de ahora en adelante las cosas irán mejor ¡Ya quiero escucharla llamarme papá!”
“Sí, es muy gratificante escuchar esas palabras de sus labios y la verdad nunca pensé que lo hiciera”
“Pero ya ves que lo hizo: yo te dije que con el tiempo eso pasaría. Ahora vamos a dormir que estoy muy cansado”.
“está bien. Iré a apagar las luces, espérame en la cama”.
Esa noche, Juliette tuvo otra pesadilla y se despertó bañada en lágrimas y en sudor; entonces sin pensarlo, se dirigió al cuarto de sus padres con Noir siguiéndole y al entrar, dijo sollozando y despertando a sus padres:
“Papa, maman, yo tener mucho miedo; quedarme aquí con ustedes por favor”.
Ellos se miraron incrédulos de lo que acababan de escuchar de la boca de la pequeña e instantes mas tarde, Ricardo la tomó en sus brazos y la abrazó fuertemente llorando de alegría y diciendo:
“Por su puesto que te puedes quedar aquí mi princesa hermosa y no tengas miedo que yo te protegeré hoy y siempre; ¡Gracias por llamarme papá! Estoy muy feliz por eso”.
La niña logró comprender lo dicho por el padre y sonrió levemente. Irene que observaba la escena muy conmovida, le dijo a su hija:
“Te amo mucho mi niña y te cuidaré como lo haría tu madre, te lo prometo”.
Ricardo colocó a la niña en el medio de los dos y ésta se quedó dormida casi inmediatamente.
Al día siguiente, la niña se despertó y por primera vez se sintió feliz de tener unos padres al lado que la quisieran, la cuidaran y sonrió ampliamente sin saber que ellos la estaban observando; el primero en hablar fue su padre:
“Buenos días ¿Cómo amaneció mi princesa?”
“trés bien mercie, tengo hambre: querer pastel de chocolate y helado”.
“pero aún es muy temprano para comer eso. Te prometo que en la tarde te traeré uno”.
“Así es, pero yo te haré unas ricos panqueques con miel ¿Te gustaría?”
“Sí está bien”.
La madre la cubrió de besos haciéndole cosquillas con su cabello que la hicieron reír y luego le dijo mirándola a los ojos:
“Eres un sol. Hoy me quedaré todo el día contigo y haremos muchas cosas”.
“¡Sí! Y salir con Fiorela? Y ¿Cuándo ver a la abuela?”
“Mi amor, ahorita no puedes ver a la abuela porque aún está muy enferma y nadie la puede ver pero cuando esté mejor te llevaremos a verla ¿Entendido?”
“Oui Monsieur”.
“Hija ¿Tu quieres mucho a Fiorela verdad?”
“Oui, ella y Santy enseñarme español y llevarme comida cuando la abuela me castigaba”.
Al decir esto, pasó una sombra por los ojos de Juliette y los padres lo advirtieron.
“Ya eso pasó mi cielo y no debes preocuparte más: tu mamá y yo te cuidaremos siempre”.
“Oui Monsieur. Ahora ¡Yo tener mucha hambre!”
“Si hijita, te prepararé algo para desayunar”.
Es e día, Juliette salió a pasear en completa paz y armonía con su nueva madre, su fiel amigo Noir, los primos Fiorela, Santiago y verónica con los cuales se divirtió mucho y mostró esa sonrisa que a Irene tanto le gustaba ver y cada vez que lo hacía, salían lágrimas a relucir y sentía unas ganas incontenibles de abrazar y llenar de besos a su pequeña. También Irene aprovechó para llevarla al odontólogo pues tenía varias caries y a pesar de que nunca había ido a uno, Juliette se portó muy bien y le obsequiaron un globo amarillo que la hizo saltar de alegría. Días más tarde, llevaron a Juliette a visitar a la abuela Aurora a la clínica donde se encontraba y al verla, la abuela comenzó a llorar sin remedio:
“Juliette, no sé si me entiendas quiero pedirte disculpas por todo lo que te he hecho y prometo quererte y cuidarte como si fueras mi nieta. Sé que fui muy mala contigo pero de ahora en adelante voy a ser una buena abuela. Gracias por salvar mi vida”.
A pesar de las palabras conciliadoras de la abuela, Juliette no dejaba de sentir miedo de ella y no se separaba de las faldas de su madre pero sin embargo le dijo:
“Yo disculpo a la abuela pero no llorar mas”.
“Gracias, muchas gracias. Sé que tengo que ganarme su corazón pero lo haré”.
“sí mamá pero debes tener paciencia pues le has hecho mucho daño y ella aún tiene miedo de ti”.
“sí lo sé y voy a hacer todo lo posible para ganarme su cariño y para que no me tema”.
“Ahora te vamos a dejar para que descanses. Juliette ¿No le darás un beso a tu abuela?”
Ella le lanzó el beso desde los brazos de su madre pero no se atrevió a acercársele por el miedo que sentía.
Meses más tarde, Juliette se estaba adaptando favorablemente a su nueva familia aunque a veces extrañaba a su madre pero sus padres adoptivos hacían todo para verla feliz. Aunque la abuela ya estaba en casa, sólo habían ido un par de veces a verla porque Juliette le temía y cuando iban, ella trataba de no acercársele. Amaba a sus otros abuelos, sus tíos y primos como si los hubiera conocido de toda la vida y su cachorro Noir, era su inseparable amigo: ella no podía vivir sin él ni él sin ella.
Una mañana, Juliette se preparaba para su primer día de escuela y estaba muy entusiasmada pues iría a la misma escuela que sus primos y estaba ansiosa de aprender. Su español había mejorado mucho con la ayuda de todos pero de vez en cuando hablaba en su lengua natal con su prima Fiorela quien amaba mucho a la niña.
Esa gloriosa mañana, Juliette saltó de la cama, se vistió sin la ayuda de su madre y fue a desayunar muy contenta; lo único que la entristecía y preocupaba, era dejar a Noir pues casi nunca se separaban. En vista de esto, la madre le dijo que no se preocupara, que él estaría bien, esperando a que ella llegara para jugar como siempre y la niña se había tenido que conformar pero llegada la hora de partir hacia el colegio, Juliette le propuso a su madre:
“¿Puede Noir llevarme a la escuela?”
“No mi cielo. Él debe quedarse a cuidar la casa y a esperar que tú regreses del colegio. Además, yo tengo que ir a trabajar y no podré traerlo “.
“Por favor, sólo será por esta vez”.
“Está bien pero sólo por hoy ¿De acuerdo?”
La niña se levantó de la sillita donde estaba comiendo y comenzó a saltar en torno a su madre llena de alegría.
Ya en el salón de clase, primer nivel de preescolar, los compañeros no se acercaban a ella y cuando la maestra se descuidaba, le halaban las trenzas, le sacaban la lengua y le decían feos apodos como petróleo, estiércol y otros más que la niña no alcanzaba a comprender debido a su escaso español pero sí sabía que se los decían por su color de piel. Juliette tenía dos maestras: una de cabello muy largo, negro y abundante y la otra de cabello ondulado y pintado de marrón chocolate. Ella las quería a las dos pero sentía afinidad con la del cabello largo que se llamaba Charlot pues ella la defendía cuando los niños la molestaban y le gustaba su cabello pues decía que se parecía al de una princesa que ella tenía en la pared de su cuarto. La otra maestra se llamaba Olga y no tenía preferencias por ningún niño y hacía poco caso a los pleitos de Juliette con sus compañeros. A la hora de receso, al ver que unas niñas la golpeaban, Santiago acudió en su ayuda y se las quitó de encima echándoles la leche que había traído para desayunar y las maestras lo vieron y decidieron llamar a sus padres para arreglar la situación pese a que él había alegado que esas niñas habían molestado a su prima y él tenía que defenderla.
Esa tarde, Juliette esperaba sentada en la puerta de su salón a que la fueran a buscar pues no veía la hora de ver a sus padres y a su querido Noir. Al llegar ellos a buscarla, ella se derrumbó en sus brazos con lágrimas en los ojos pero en ese momento no pudo decirles la causa de su llanto. La maestra Charlot, les dijo que ella era una excelente niña que se había portado muy bien pero no mencionó el incidente de las burlas por parte de sus compañeros porque consideró que eran cosas de niños y lo podrían resolver allí mismo pero Juliette estuvo callada y triste todo el camino a casa y al llegar y ver a su cachorro, se le disipó momentáneamente su tristeza pero más tarde, Irene la llamó al sofá y sentándola en sus rodillas le preguntó:
“¿Qué te pasa mi niña? ¿Por qué estás tan triste?”
“Ya no quiero ser negra”.
Irene la abrazó tiernamente al oír esto e indagó más profundo:
“¿Por qué dices eso? ¿Te hicieron algo en la escuela?”
“Los niños no me quieren porque yo soy negra”.
“ay mi nena, no te preocupes: yo hablaré con tus maestras para que ellas arreglen todo”.
“Santy echó leche a las niñas que estaban molestando y lo castigaron”.
“Bueno mi amor, quédate tranquila que todo estará bien. Ahora hay que dormir. Espéranos a tu padre y a mí que te iremos a leer un hermoso cuento.
“Donde vivía con mamá los otros niños me querían porque eran negros como yo”.
“aquí también te querrán porque eres una niña muy linda y dulce así que no te preocupes, ahora vamos a dormir”.
Al hablar Irene con las maestras de Juliette, ellas decidieron hacer dinámicas de grupo para hacer que los demás niños socializaran con ella pero cuando trataban de integrarla en dichos grupos, ellos no cooperaban y decían:
“Yo no trabajaré con esa niña. Va a tocarnos con sus manos sucias y mi mamá lavó mi ropa ayer”
“no quiero trabajar con ella porque es fea y no se baña”.
“Ella no me gusta porque es toda negra”.
Pero en los recesos, Santiago y Verónica eran los únicos que estaban con ella y Santiago golpeaba a cualquiera que se atreviera a agredir a su prima. Aunque Verónica también estaba en primer nivel, pertenecía a otra sección y sólo podía estar con ella a la hora de receso.
Una tarde, ya cansada de tanto maltrato por parte de sus compañeros, Juliette decidió salir a la calle pero antes se topó con Santiago en el pasillo de salida y éste le preguntó:
¿Ya vinieron mis tíos por ti?”.
“No, hoy iré sola”.
¿A dónde? Tú no puedes salir sola, tienes que esperar que mis tíos vengan a buscarte”.
“Voy con mi maman. Ya no quiero estar aquí porque soy negra y allá no importaba”.
“¡Pero tu mamá es mi tía Irene y tu papá es mi tío Ricardo! No te puedes ir porque ellos estarán muy tristes si te vas”.
“Bueno, yo sé que ellos me quieren pero me voy. Por favor, tú cuida mucho a Noir”.
“Está bien pero debes tener cuidado en la calle porque hay mucha gente mala”.
“Está bien, arreboir”.
Juliette se alejó corriendo pero él salió tras ella sin poder encontrarla pues había mucha gente saliendo del colegio en ese instante.
Al no ver a su prima, Santiago se dirigió llorando hacia la maestra Charlot y le contó lo sucedido; ella junto con otros, salieron a buscarla sin hallarla y cuando llegaron sus padres, tuvieron que darle la mala noticia de la pérdida de su hija y Santiago desconsolado, les contó la última conversación que había tenido con Juliette antes de que se marchara. Desesperados, Irene y Ricardo formaron un escándalo a las puertas de la institución sin importar las miradas atónitas de estudiantes y representantes que salían.
“¿Cómo pudieron dejar que una niña tan pequeña saliera de la escuela? ¡Se supone que ustedes están a cargo de ella mientras estuviera aquí!”
”¡De verdad son unos incompetentes! ¡Les juro que si mi hija no aparece lo lamentarán! ¡Y no es una amenaza! Mi esposa y yo iremos a entablar una demanda contra ustedes ¡Porque mi hija era su completa responsabilidad mientras estuviera a su cuidado!”
La directora, muy asustada, respondió a los ataques de Irene y Ricardo:
“sí señores esto nunca nos había pasado y les ofrezco una disculpa pero es que son muchos niños y a veces hay cosas que se nos escapan de las manos. Si bien hay alguien que es responsable de todo esto, es la señorita Charlot y la señorita Olga que son sus maestras”.
La maestra Olga muy indignada, respondió con potente voz:
“¡Sabemos que somos responsables de nuestros estudiantes pero ella debió estar con su grupo hasta que la vinieran a buscar!”
“Bueno pero no lo estaba y ustedes son las responsables de que mi hija no estuviera con el grupo. ¡Les juro que si le pasa algo a Juliette, mi marido y yo levantaremos una demanda contra ustedes! Ahora no voy a seguir perdiendo el tiempo hablando tonterías, iré a buscar a mi hija”.
Juliette caminó varias calles sin rumbo desde la escuela y de pronto, se detuvo frente a ella un automóvil negro con vidrios ahumados y se apeó de él una mujer con tatuajes en todo el cuerpo, vestida de negro incluyendo pasa montañas, chaqueta, yeanes y botas que le llegaban hasta la rodilla quien preguntó a la niña que tenía carita triste:
“¿Qué te ocurre? ¿Te puedo ayudar en algo?”
Su madre biológica y la adoptiva siempre le habían dicho que no debía hablar con extraños pero ella sacó ese pensamiento de su cabeza pues esa mujer le había hablado de ayuda y le dijo:
“quiero ir donde se movió la tierra , ahí está mi mamá”.
La mujer susurró algo a su acompañante y le dijo a la pequeña:
“Nosotros te podemos llevar, si quieres puedes subir al auto”.
Juliette subió de prisa al abrirse la portezuela y el auto arrancó a toda velocidad.
Al salir del colegio, Irene, Ricardo, Gloria, sus tres hijos, los maestros y la directora, salieron a buscar a Juliette por las calles cercanas sin poder hallarla ; así fue entonces que comenzó la pesadilla de unos padres desesperados. Fueron muchas noches sin dormir, con Noir echado siempre cerca muy alerta por si escuchaba algún ruido que le regresara a su pequeña ama. Aunque Ricardo no la había engendrado ni Irene la había llevado en su vientre, la querían con el alma como si lo hubieran hecho y sufrían muchísimo por ese tesoro que era esa niña traída de Haití a un mundo desconocido y cruel.
Al bajarse del automóvil en un lugar que ella no conocía, le preguntó a la mujer que la había invitado a ir con ella:
¿Dónde estamos?”
“Estamos en un lindo sitio para que descanses y mañana te llevaremos a donde quieres ir”.
“está bien ¡Ya quiero ver a mi mamá!”.
“Y la verás. Mi nombre es Tatiana ¿Cómo te llamas tú?”
“Je Suis Juliette”.
“Bueno, encantada de conocerte. Ahora vamos a entrar para que comas algo y puedas descansar”.
La niña entró obedientemente de la mano de esa mujer a un galpón alejado donde había varios niños de todas las edades en shorts y camisetas comiendo pan con queso y un vaso de agua; con ellos estaba otro hombre con un sarcillo en su oreja derecha y pelo largo y desgreñado.
“¿Has encontrado otra?”.
“Así es, estaba caminando solita la pobre. Quiere ir en busca de su mamá en Haití”.
“¡Aaah pero si es internacional la muchachita! Quizás nos den un poco más por ella “.
“sí pero debemos encontrar por lo menos diez más para tener la cantidad que nos piden. Bueno ahora busca un pedazo de pan para ella y un vaso de agua por favor”.
Cuando acostaron a todos los niños en catres desvencijados para dormir, la niña que tenía Juliette al lado le tocó el hombro con suavidad y le dijo en voz muy baja:
“no debiste venir con ellos, esa gente es muy mala. Pronto nos venderán a otro país y no podremos ver más a nuestros padres”
“Pero ella dijo que ayudarme a mí a ir donde está maman”.
“Eso es mentira. A mí me dijeron que me iban a llevar a un parque que está en Estados Unidos que se llama Disney World y cuando pasaba el tiempo y yo seguía aquí, entendí que no era cierto”
“¿Cómo tú te llamas?”
“Soy Sofía ¿Y tú?”
“Juliette. ¿Y cómo hacer para salir de aquí?”
“No se puede; aunque lo hemos intentado, no hemos podido porque ellos vigilan mucho todo el tiempo y cuando nos atrapan tratando de escapar, nos pegan muy fuerte”.
“”¡Pero yo quiero ir con mi mamá!”
“No podrás ir con ella ni con nadie de tu familia pero cuéntame ¿Por qué te atraparon ellos?
“En el colegio eran muy malos y burlarse de mí porque soy negra y yo quería irme donde vivía, ahí donde se movió la tierra y maman se fue al cielo”.
“¿Pero por qué te quieres ir al cielo con ella? ¿No tienes a nadie que te cuide y que te quiera?”
“Sí. Tengo nuevos padres pero allá donde se mueve la tierra, todos son como yo y no burlarse de mí”.
“Debe ser muy feo eso pero aquí nadie se burlará de ti. Yo seré tu amiga y haré que todos los demás lo sean. Tus padres nuevos te deben extrañar mucho ¿Tú no los quieres?”
“Sí los quiero mucho y ellos me quieren pero yo no quiero que se burlen de mí otras personas y por eso quiero ir donde la tierra se mueve”.
“Pero ya te dije que no podrás ir allá porque aquí no te dejarán salir. Bueno, ahora voy a dormir, tengo mucho sueño”.
“Está bien, hasta mañana”.
Esa noche, Juliette tuvo pesadillas pero no estaban ni Irene ni Ricardo para tranquilizarla ni su cachorro Noir para darle calor. Entonces, la mujer que la había llevado, le echó un vaso de agua fría en la cara que le mojó la ropa y la despertó bruscamente con lágrimas en los ojos para luego dejarla tiritando de frío. En las noches que siguieron, tuvo más pesadillas pero Tatiana siempre repetía la misma operación.
Los niños que compartían el cautiverio con Juliette, muy pronto se hicieron sus amigos y eran incapaces de burlarse de ella y la consolaban cuando la encontraban llorando porque extrañaba a sus nuevos padres, a sus primos y a su perrito Noir y hasta ella misma, con su corta edad, se daba cuenta de que los quería muchísimo y de que le hacían mucha falta como nunca pensó que lo harían”.
Los bañaban ya en la noche para dormir y les hacían usar pijamas raídas y por el día, les ponían la ropa con la que habían llegado así les quedara corta o apretada.
Días después de la llegada de Juliette, llegó al galpón un médico vestido con una larga bata blanca, peluquín, anteojos muy gruesos, nariz muy corta y un lunar sobre su labio superior. Luego de revisar a Juliette minuciosamente, le dijo a sus captores:
“ésta niña está en perfectas condiciones: sus órganos están en perfecto estado y creo que pueden pedir un muy buen precio por ellos”.
“¡Pero eso es formidable! Si todos los niños que encontremos están en esas condiciones ¡Nos haremos ricos!”
“Así es. Recomiendo que le den una buena alimentación para que permanezca saludable; ahora debo irme, tengo otros pacientes qué atender”.
Pasaron tres meses y ya habían llegado los diez niños requeridos para llevarlos a los Estados unidos para traficar con ellos y una mañana, los hicieron levantarse muy temprano y a gritos y los llevaron en una camioneta blindada hasta el aeropuerto para salir con ellos con permisos falsos y otras personas los esperarían en California.
Mientras esperaban en la sala de vuelos internacionales, Silvia, una amiga de la abuela Aurora, vio a Juliette sentada con aquel grupo de niños mal vestidos: ella sabía quien era Juliette, pues ya la había visto en casa de su amiga y su foto grafía estaba por toda la ciudad y además, había salido en los periódicos. Sin pensarlo, se acercó al teléfono más cercano y llamó a su amiga Aurora y le dijo en voz baja y Acelerada:
“¿Aurora? ¡Acabo de ver a tu nueva nieta la hija de Ricardo en el aeropuerto! Debes avisar pronto a la policía ¡Están apunto de llevársela a otro país!”
“¿Estás segura?”
“¡Claro que si! Yo estoy saliendo para Italia y la vi con un grupo de niños que supongo que los llevarán con ella ¿Pero deben venir pronto! El vuelo sale en dos horas”.
“Está bien
¡Ahí estaremos!”
Al colgar el teléfono, la abuela Aurora decidió no llamar a su hijo ni a Irene y llamó a la policía para que fueran con ella a buscar a Juliette pues se lo debía a ella por salvarle la vida y por comportarse con ella como lo había hecho y además para compensar a su hijo y a su nuera.
Al llegar al aeropuerto con la policía, los maleantes los vieron e intentaron escapar pero los niños comenzaron a gritar para llamar su atención y cuando Juliette vio a su abuela llegar, venció su miedo y se le lanzó en sus brazos contenta de estar a salvo. Los otros niños se quedaron atónitos al ver la escena y por primera vez, la abuela Aurora, llenó de besos a su nieta sin importar su color; la policía logró apresar a los traficantes y dijeron que hacía mucho que los buscaban. Llamaron a los familiares de los otros niños a quienes no veían hace muchos meses y Juliette se despidió de sus nuevos amiguitos muy feliz pero muy triste porque creyó que nunca los volvería a ver.
Esa noche, Irene y Ricardo estaban sentados en el sofá de la sala de su casa mirando al suelo con caras desencajadas y con ojeras cuando de pronto, Noir comenzó a ladrar, a aullar muy fuerte y a correr desde el sofá hasta la puerta y a ellos les extrañó mucho la conducta del perro : por más que trataran de que se calmara, el perrito seguía en su tarea de ladrar, aullar y correr por todas partes.
Diez minutos más tarde, sonó el timbre de la casa y Noir ya estaba como loco. Al abrir, Ricardo saludó a su madre y la hizo pasar.
“Hola mamá ¿Qué te trae por aquí?”
“Vine a traerles una gran sorpresa; la mayor sorpresa de sus vidas”.
La señora abrió la puerta e hizo entrar a Juliette quien inmediatamente, sostuvo a Noir quien estaba verdaderamente eufórico de alegría y le lamía las mejillas y a su vez, Juliette abrazaba a sus padres mientras lloraba con ellos muy feliz de verlos de nuevo.
No querían soltarse del largo y ansiado abrazo pero cuando al fin lo hicieron, Juliette logró articular:
“Perdón papa, perdón maman, no vuelvo a hacerlo. Yo extrañé mucho a ustedes y los quiero porque me cuidan y me quieren. Yo me fui del colegio porque los niños burlarse de mí porque soy negra; yo quería ir donde se mueve la tierra, yo quería ir con la otra maman”.
Al escuchar éstas revelaciones de su hija, Irene y Ricardo la abrazaron de nuevo y entre sollozos, él le preguntó:
“Hija ¿Dónde estabas?”
“Ella estaba con unos traficantes de niños, estaban a punto de llevarla a Estados unidos para venderla a ella o a sus órganos. Silvia fue quien me llamó para avisarme y yo llamé a la policía para luego ir hasta el aeropuerto. No les avisé porque yo quería darles ese regalo de encontrarla pues yo le hice mucho daño y también a ustedes pues ella es su hija aunque no sea de su sangre y no me importa su color, lo que me importa es que es una niña encantadora que tiene mucho que dar y que en el pasado yo no pude ver por mi estúpido y absurdo racismo pero como lo dije aquella vez en el hospital, ya no sucederá más y la querré como a uno de mis nietos”.
“Señora Aurora, nosotros estamos supremamente agradecidos por traernos a nuestra hija de vuelta y sinceramente en quien menos pensé que la encontraría es en usted por todo lo que ha pasado pero ahora sé que sus sentimientos son sinceros y una vez más, le doy las gracias por traerla de vuelta y por aceptarla como uno más de sus nietos”
“Mamá, tú sabes bien que esta princesa ha iluminado nuestras vidas y que sin ella estábamos casi muertos pero al devolvérnosla, nos hiciste vivir de nuevo y te doy muchísimas gracias por eso”.
“No hijo, yo debía hacerlo pues tenía una deuda con ella y con ustedes. Por su salud no se preocupen, yo ya la llevé al médico y está todo bien a pesar de su delgadez y dijo que debíamos alimentarla para que esté completamente sana”
“Muchas gracias señora. Ahora llamaré a todo el mundo y celebraremos una fiesta por la llegada de mi niña!”
Cuando todos se enteraron del regreso de Juliette, hicieron una gran fiesta en la casa de Irene y Ricardo como la que habían hecho el día de su adopción pero además de los familiares, Ricardo contactó a los familiares de los niños que habían estado con ella en aquel galpón y accedieron a llevarla para darle una sorpresa.
Juliette estaba radiante con unos blue yeanes, botitas rosadas, su cabello pulcramente trenzado y una linda camisita del mismo color. Su primo Santiago no se separaba de ella y cuando la vio después de su regreso a casa, no paraba de abrazarla y de decirle que la quería mucho. Fiorela la había llenado de obsequios y Verónica le dijo que la había extrañado mucho durante su ausencia.
En la fiesta también estaban la Maestra Charlot y la Maestra Olga quienes siempre preguntaban por ella cuando llegó la abuela, se acercó a ella y le dio un paquete con un lazo color violeta y le dijo:
“Sé que esto te va a gustar mucho cariño y espero que lo disfrutes”
Al abrir el paquete, encontró una caja de música como la que había visto en casa de la abuela ese primer día que la habían dejado y la abrazó agradeciéndole el regalo con ojos brillantes de la alegría.
Luego de este horrible episodio en la vida de Juliette, ella fue muy feliz y afortunada por tener esos padres adoptivos tan maravillosos que le dieron todo su amor sin importar que no fuera su hija; ella los amaba cada día más y siempre mostraba esa hermosa sonrisa que a Irene tanto le gustaba ver en su carita de ébano.
Ya no le tuvo miedo a la abuela Aurora y ambas se quisieron mucho: a la abuela ya no le importaba su color de piel, sólo la quería por cómo era ella y porque se había ganado su cariño. Sus primos la querían como a nadie y sobre todo su primo Santiago, la protegía cuando alguien quería molestarla. Nunca olvidó su lengua materna pues Fiorela se encargaba de que no lo hiciera y sus padres hicieron un curso de francés para hablar con ella de vez en cuando.
Con respecto al colegio, decidieron retirar la demanda y Juliette siguió estudiando allí para ganarse el cariño de sus compañeros que la llegaron a tener en alta estima y cada día, Juliette llenaba de orgullo a sus nuevos padres pues era muy inteligente y lograba llevar muchas caritas felices a casa por su buen desempeño académico y por su excelente comportamiento.
Casi nunca tenía pesadillas porque sabía que estaba protegida por su gran y querida familia.
Nota del autor:
La esclavitud, fue un período que se abolió hace mucho tiempo en todo el mundo pero sin embargo, aún existe el racismo hacia las personas de color y esto ya no debería de suceder pues todos somos iguales ante los ojos de dios (Todos somos hermanos).
Él nos hizo para que nos amemos unos a otros sin importar raza, color, credo, etc. Pienso que todos deberíamos seguir sus palabras para así construir un mundo mejor.
Con respecto al tráfico de niños, hay criaturas que sufren en manos de personas sin escrúpulos que los venden sin importar el dolor de sus familias; los prostituyen, los obligan a trabajar día y noche y en muchos casos extraen sus órganos para venderlos y esto es ilegal e inhumano: Dios lo considera como un pecado y los que lo hacen, deberían de estar tras las rejas pero aún no han atrapado a muchos de éstos malhechores. Por esta razón, se les pide a las autoridades encargadas, que actúen ante este grave problema y que no permitan que sigan dejando familias sin sus tesoros más preciados que son sus niños.
Haití es un pueblo derrumbado recientemente por un terremoto y les pido a los lectores de este libro, que si tienen oportunidad, ayuden a esa gente que tanto lo necesita y recuerden que en medio del caos, siempre habrá una esperanza.
Agradecimientos:
Agradezco a Francisco Azócar por haberme dado la idea de escribir esta historia, a todos mis lectores y a mis seres de luz que me ayudan a escribir en mis horas de inspiración.
Fin.
Caracas, Abril 2010.