¡-tac, -tac, tac; se puede!. ¡Bienvenido!, -entra, siéntate y disfruta de la lectura, gracias por tu visita
Homenaje a Jean Cocteau, escritor francés (1889 – 1963) Inspirado en su relato “el gesto de la muerte”.
Cierta mañana, Lahareb, un joven sirviente persa dice a su príncipe:
--¡Sálvame,Oh Príncipe!. Acabo de encontrarme con La Muerte; me ha hecho un gesto de amenaza. ¡Os lo ruego, mi señor! Permite que me marche. Esta noche quisiera estar bien lejos de aquí, ¡si es posible, en Ispahán!.
--Un momento, mi fiel sirviente. No os desesperéis, tomadlo con calma. Siéntate aquí, serénate y cuéntame con detalle qué te ha sucedido.
--Es que no hay mucho que contar, mi señor. Resulta que me dirigí al mercado, como hago todas las mañanas, para visitar a mi amigo Ajaljí. Pues bien, allí mismo, frente al puesto de mi amigo, ¡me esperaba La Muerte!.
--¿Estás seguro que se trataba de La Muerte? –preguntó el Príncipe.
--¡Oh, señor! ¡Tan seguro como que tu eres mi Príncipe!. Allí estaba, con su negro atuendo, su horrenda calavera de cuencas vacías. ¡Y esa expresión al verme!. ¡Ya se aprestaba a devorarme!. Por suerte mis piernas no me abandonaron y me trajeron hasta aquí más rápido de lo que se tarda en decirlo. Pero pronto me alcanzará. Eso es seguro. ¡Oh, Señor, permite que me marche!.
--No, Lahareb, no te lo permitiré. Si así lo hiciera te estaría condenando. Mira, piensa en esto. Nadie escapa de las garras de La Muerte; si tu lo has hecho es solo porque Ella te lo ha permitido. Resulta obvio que aún no ha llegado tu hora.
--Pero Señor ¡si hubieses visto su gesto amenazante!.
--Te lo repito, mi fiel sirviente, nadie escapa de La Muerte. Quizás ese gesto que tu has interpretado como de amenaza haya sido, en realidad, de asombro. –dijo el sagaz Príncipe- Asombro por haberte encontrado aquí, cuando, seguramente, tu destino debería cumplirse en Ispahán. Es por eso que no debes ir allí.
--Pero mi Señor...
--No temas, Lahareb, no te abandonaré. Como ya te he dicho, nadie escapa de La Muerte pero, quizás, con un poco de inteligencia, podamos retrasarla un poco. Hagamos lo siguiente. Tú te quedas aquí, yo iré al mercado, me encontraré con La Muerte y le diré que tu te has marchado a Ispahán. Y cuando nos aseguremos de que hacia allá se dirige, tu te marcharás bien lejos, pero en dirección opuesta.
Así lo hicieron y al poco rato ya estaba el Príncipe en el mercado entrevistándose con La Muerte:
--¡Oh, Muerte! ¿Por qué le has hecho a mi sirviente ese gesto de amenaza?. Él se ha asustado tanto que me ha abandonado para huir de ti.
--No, Príncipe, –dijo La Muerte- mi gesto no fue de amenaza sino de sorpresa. Con quien debía encontrarme, era contigo.
Omar González.