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Salón de Lectura

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Martino Sipino

Antes de...

(1)

Cada paso que daba en el estrecho sendero, incitaba en él profusas emociones en las que se entremezclaban el temor a lo desconocido y el afán incontenible de quien sabe cuenta a su favor con un atributo o cualidad capaz de influir en la imaginación del más incrédulo.

La huella corría de este a oeste entre dos enormes peñascos. Se detuvo para tomar aliento, miró hacia atrás los médanos que recién había dejado advirtiendo con nostalgia que la sonoridad marina quedaba tras las dunas. Por más que aguzaba el ojo, no veía a sus compañeros, pero él sabía que estaban ahí, ocultos, invisibles, esperando la señal Convenida para la ocasión.

La noche estaba quieta, el calor y la humedad sofocábanle y las paredes que a sus flancos se erguían, parecían sostener algunas nubes, que cual techo vivo desplazábanse lentamente hacia el interior. Su mente en segundos recorrió cual calidoscopio los motivos y sucesos que en esa tierra desconocida hoy le hallaban.

Calul, Herchán y Fernano, sus tres hermanos gemelos, habían corrido colina abajo dando grandes voces. Una vez a su lado, con los ojos brillantes por la excitación y agitados por la corrida, dieron cuenta desordenadamente y arrebatándose la palabra, de los preparativos, tan minuciosamente estudiados y por tanto tiempo aplazados por un u otro motivo.

Su abuelo después de esperar infructuosamente que el mar se dignase a entregar con vida a sus padres, trasmontó los cerros, hasta la aldea próxima, repartiendo a los chicos en casa de algunos parientes, cuando sólo tenían 9 meses, dejando al mayor, o mejor dicho al que apareció primero a su cuidado. Keno contento de hallarse entre sus hermanos, les invitó a que le siguiesen a la cabaña, procurando apaciguar sin mucha convicción los arranques de energía con que los mozos se alentaban, ya que su propio estado de ánimo y sus gestos nerviosos, desmentían su pretendida calma. Accediendo alegremente a la invitación echaron a caminar.

Herchán, no conteniendo los deseos de emprender con prontitud el tan esperado viaje, sugirió adelantar el día de la partida en una luna, cuestión que dio pábulo a una de esas encarnizadas discusiones en que los cuatro hermanos sin mediar acuerdo ni concierto, prorrumpían con tal apasionamiento y con tanta profusión de gestos para dar énfasis a sus argumentos, que para quien no los conociese parecerían ensayados a propósito. El fruncir el ceño, la exactitud con que cada uno de sus movimientos acompañaban la palabra, la precisión de todos y cada uno de sus ademanes, daban a la escena la apariencia de aquello que por conocido es reproducido hasta en los más mínimos detalles:

..."Era la naturaleza, que en un arrebato de creatividad y misterio, se solaza (divierte) con la soberbia e ingenuidad de sus hijos”...

una vez en la puerta de la cabaña la controversia acabó con la misma celeridad con que había comenzado, sin dejar rastros de rencor, desdén, o enojo por parte de los hermanos, conocedores de su carácter fogoso y más bien gozándose para sus adentros
de la destreza, agudeza e ingenio de los Argumentos con que cada uno aspiraba persuadir a los otros.

La reunión fue larga y agotadora para los hermanos a pesar de que el plan era sencillo. Consistía en que se harían a la mar con las cartas de navegación que el abuelo dejara con tanta prolijidad escrita en sus libros de bitácoras. El punto de discordia era "cual de los cinco voluminosos libros elegirían para orientar el viaje". En la controversia primaban aquellos aspectos en que la igualdad física era reemplazada por profundas desigualdades filosóficas, en las cuales sí se reconocían muy diferentes.
Calul, prefería que se encaminasen directamente a los lugares más conocidos, argumentando que en ellos encontrarían menos dificultades. Herchán, por otra parte, optaba por visitar todos los sitios mencionados en los libros. Fernano, decía que le daba lo mismo, pero que saliesen luego. Keno, por su parte deseaba encaminar sus pasos hacia aquellos lugares que bajo su perspectiva les reportaría mayor provecho.

El micro-clima psíquico reinante en el cuarto auguraba tempestad. Era por eso que los 4 discurrían el modo de concordar con sus pares, para salvar el obstáculo que los mantenía entrampados. Por Fin decidieron dejar la solución al azar y lo echaron a la suerte. Fernano cogió una hoja, la dividió en 6 y escribió en cada una las opciones en cuestión, cinco contenían los nombres de los libros y una sexta los comprendía a todos. Los libros llevaban como título:
"MIS VIAJES POR": Europa, La India, China, Africa y por Tierras Desconocidas.
Colocaron los papeles boca abajo sobre la mesa y cada uno de ellos se puso en una punta de esta, listos a iniciar el mini certamen: Este consistía en que todos debían soplar los papeles y el que cayese al suelo o quedara boca abajo, sería eliminado hasta dejar uno.

Soplaron los hermanos con todas sus fuerzas haciendo revolotear los papelillos. Cuatro de estos cayeron al suelo perdiendo de inmediato su importancia, sin embargo, los otros dos ascendieron muy alto y el primero en tocar la mesa, cayó boca abajo y el otro cayendo en el borde de esta, boca arriba y sosteniéndose en un precario equilibrio, mostró a los jóvenes el camino a seguir.

-Ahora ya estaban ahí, y no podían echar pie atrás-.

Caminó entre las moles de roca, contando los pasos hasta la curva (punto que el viejo pirata registrara en los mapas aproximadamente a unos 100 metros).
Una fugaz chispa brilló en medio de la cálida y húmeda noche. Tres sombras furtivas penetraron por el pasillo entre los peñascos juntándose las cuatro figuras en un recodo natural de la roca, desde donde contemplaron absortos el crisolastro (p1) paraje. A medio metro de donde se encontraban, una reverberancia verde plateada se agitaba suavemente; era la luz de la luna llena prendida a las copas de los árboles que se asomaban por el borde de un precipicio cortado a pique. Inclinaronse los hermanos para mirar hacia las profundidades, pero la exuberancia de la espesura vegetal les impidió el propósito.
Con diestros ademanes y hablando en sordina, aprestáronse los hermanos a inspeccionar aquello que el abuelo describiera como "lugar no apto para desembarcar". Como jóvenes que eran e instigados por una natural curiosidad y el deseo de comprobar por sus propios medios la veracidad de tales peligros, se prepararon para lo que viniera, desdeñando el consejo. Sin embargo, lejos estaba cada uno de olvidar lo que la pluma del viejo lobo de mar consignara en la bitácora:

-“Una vez cruzadas las columnas de Hércules y habiendo dejado atrás un grupo de grandes islas con rumbo sur suroeste, al cavo de mucho navegar, enervados y presas de los más oscuros presentimientos, esperábamos el fin del mundo y la consecuente caída al abismo, cuando los vientos huracanados la lluvia y la mar picada de una galerna desatada, nos arrojó a las costas de unas tierras que no figuraban en las cartas donde muchos de los nuestros perecieron en manos de bárbaros sanguinarios”-.

Cada hermano buscó el modo de desechar esos oscuros pensamientos y el minuto que pasaron en esas reflexiones fue largo y atemorizante. Por fin la tensión se quebró cuando Fernano acertó a manifestar en un susurro, con reverencial respeto a las palabras de su abuelo, cargadas con una pizca de osadía -A su memoria muchachos que un trago amargo se bebe de una vez, así el gaznate quema menos- y poniéndo manos a la obra se Cambiaron las ropas que llevaban para la ocasión y armándose, se quedaron mirando con el fin de descubrir en que se diferenciaba uno de otro y llegando a la convicción de que nada los hacía distintos, procedieron.

Herchán, después de cruzarse el morral y calarse su sombrero “vikingo” abrazó a sus hermanos y con gesto decidido se adelantó asomando su cuerpo al precipicio. Cogiéndose de la rama que le pareció la más firme, comenzó a descender lentamente; muy lentamente.

El ruido hecho por las hojas parecía multiplicarse en las sombras en que el joven iba introduciéndose, delatando su presencia, puesto que el silencio reinante en esta era casi sobrenatural.
Después de bajar unos metros, se quedó escudriñando el espeso bosque en que se encontraba. Pronto sintió como la rama en la cual se hallaba inició un vaivén casi imperceptible, que al instante le puso los pelos de punta. Este esperó el tiempo justo para darse cuenta de lo que ocurría y con mal disimulada ansiedad, con un movimiento diestro de su cuerpo, soltó el madero e impulsado por sus piernas pasó al árbol siguiente, mientras la rama en que un segundo antes se encontrara, caía estrepitosamente 10 o 15 metros más abajo.
Rápidamente el muchacho pasó de árbol en árbol y haciéndose un ovillo en uno de ellos, contempló como a cierta distancia y en el lugar que él antes se hallara, al menos una decena de algo parecidos a hombres, subían ligeros por el árbol que delatara su presencia. Su corazón agitado detúvose un instante al contemplar el aspecto de aquellos seres que trepaban cual banda de simios por entre las ramas.
Eran sujetos de extraña apariencia. En efecto, parecían hombres pero su piel de un color indefinible, fruto tanto del resplandor que les daba la luna como de las innumerables líneas de colores pintadas en el cuerpo, les hacían ver distorsionados y grotescos.
Un gesto inconsciente le llevó a poner su mano en la empuñadura de la daga metida en su cintura, al constatar que cada una de esas entidades llevaba un cuchillo entre los dientes, dándoles al rostro pintarrajeado una ferocidad que a Herchán le pareció demoníaca.
Su ojo experto en los detalles, pues Herchán era un consumado orfebre, le permitió distinguir en las espaldas de los trepadores unas aljabas que delataban la presencia tanto de arcos como de flechas. Tarde fue para Herchán la constatación de esas armas ya que al instante, un agudo pinchazo en el brazo le confirmó su existencia. Una flecha vibraba pendida a su carne atravesando sus ropas. Un sudor helado lo inmovilizó por otro instante, 4, 9, y quien sabe cuantas saetas más pasaron rozando el cuerpo del joven, quien consternado asió el odioso astil incrustado en su brazo y tirando con fuerza quiso desprenderse del objeto. Trémulo vio y sintió como el artefacto quebrábase justo en el límite que salía de su carne, dejando dentro la punta de la flecha y que tarde también le hizo comprender que ésta estaría... veneno...envenena...No alcanzó a terminar el pensamiento debido a que un repentino mareo seguido de escalofríos y nauseas, coparon su mente hasta perder rápidamente la conciencia en una bruma espesa, casi tangible.


Mientras esto ocurría en la arboleda, Calul, Keno y Fernano, se revolvían ansiosos en el borde del acantilado sintiendo sólo el ruido del ramaje y sin poder imaginar lo que ocurría entre el follaje espeso.
v
Ni un sonido humano o de animal, ni una señal o indicio de lo que pudiera estarle pasando a su hermano, sólo el agitar, algunas veces hasta violento de las ramas, tensaban los músculos de los jóvenes.

Después de 3 o 4 minutos, que para los gemelos parecieron horas, el ruido se fue disipando poco a poco hasta retornar el primitivo silencio que encontraran a su llegada.
Keno consternado, quiso llamar a su hermano, pero los otros se lo impidieron con un llamado perentorio a la cordura -Piensa imbécil, si gritas o haces cualquier movimiento impulsivo pondremos en alerta a quien quiera que exista en este lugar, delatando nuestra presencia y tal vez la de nuestro hermano-
El acuerdo era que de no ocurrir nada hasta tocar el suelo, y después de un breve reconocimiento del terreno, Herchán debía dar la señal de terreno despejado para que ellos bajasen; de no ocurrir este evento, quería decir que se hallaba en peligro o imposibilitado de avisarles, que era casi lo mismo. Por lo tanto lo más seguro para todos era moverse rápidamente del lugar en que se hallaban, puesto que quien hubiera detectado la presencia del muchacho, inferiría por simple conjetura que él no estaría sólo y si algo les había advertido su abuelo mientras viviera, era que "Si alguna vez uno de ellos siguiera sus pasos de navegante, recordaran siempre que lo más importante antes de cualquier cosa, cuando la expedición se Hallara en peligro, lo primero era mantener a salvo el barco a costa de cualquier sacrificio" agregando que "Sin su medio de transporte podrían perecer todos".

Como lo aprendiera de expertos cazadores pues ese era su oficio, Fernano que era quien cerraba la marcha, indicó el modo de retroceder rápidamente, borrando las huellas con ramas a modo de escoba.
Trasponían las dunas que los separaran del mar cuando Fernano, al volver la cabeza para asegurarse que nadie les seguía, llamó la atención de los que le precedían y los tres estirados en la arena, contemplaron como una columna de sombras con forma de hombre en un número aproximado de 20, penetraban al callejón que ellos acababan de dejar.
La oscuridad no les permitía distinguir sus facciones, y sabían que el menor movimiento en falso delataría su presencia ya que los médanos donde ellos se encontraban distaban de 80 a 100 metros de la cerrada fila de hombres que agazapados, y no por eso menos ágiles y rápido se perdían por la entrada de rocas.

Al momento de verlos, los tres supieron que Herchán estaba irremediablemente en peligro.


(2)

Herchán comenzó lentamente a recobrar la conciencia, sin embargo, no abrió los ojos de inmediato. Sintió en la boca algo extraño y amargo. Su fina percepción le indicó que no debía dar evidencias de su restablecimiento a quien con cantos y silbidos estaba a su lado al parecer apelando algún conjuro.
En efecto, a su lado balanceándose sobre los talones un anciano hombre, en su condición de hechicero siguió silbando y cantando algo más de un minuto, mientras alzaba la voz, con diestro movimiento metió sus huesudos dedos en la boca del muchacho, extrayendo aquello que el joven sintiera en un primer momento.

El calor y la humedad le sofocaban, le eran tan desconocidos; por la luz transparentada a través de sus párpados y las sensaciones experimentadas en su dermis, Herchán supo que se encontraba estirado desnudo sobre algún tipo de manta al aire libre.
El Chamán se puso de pie diciendo al momento que levantaba la mano izando el hechizo ante los ojos de un grupo de hombres, que de pie bajo un toldo, esperaban - Al salir la luna el extranjero estará listo -. Y su mano exhibía unas especies de tripas negruzcas, mal olientes y sanguinolentas.
Los rostros de los interpelados no evidenciaron el profundo recelo y temor que física y mentalmente sentían ante el mundo de los espíritus, que se expresaban en su mundo material por medio de hechos consumados, y solo posibles de interpretar a través de la mística presencia del brujo, de sus pócimas y extraños y singulares rituales. En especial, aquel que consistía en reducir y conservar las cabezas de sus enemigos, abatidos en combate, puesto que creían que así evitaban el retorno de los espíritus vengativos de sus víctimas.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de los jefes que presenciaban la ceremonia del chamán.
Su pose y estampa eran la de un pueblo vigoroso. Sus cuerpos bien proporcionados dejaban ver la fortaleza de aquella raza, de su ferocidad en la lucha. Su semblante mostraba la bravura, y su porte que eran expertos guerreros. Sin embargo, la presencia del brujo de la tribu siempre les dejaba inquietos, intranquilos.
Herchán, sin saber cual era el verdadero peligro que se cernía sobre él, al instante de recobrar la conciencia tuvo dominadas sus emociones no dejando traslucir algo más allá de lo que el chamán casi con certeza habría de interpretar de su expresión corporal.
Satisfecho el mago, antes de retirarse indicó - El hombre pasó la crisis del veneno y ahora duerme -.

En realidad el Machi tenía razón, pero, Herchán no dormía; al contrario, todo su ser se aprestaba para ver el modo de salir de ese transe.

Calul, Keno y Fernano, esperaron tendidos sobre la arena hasta que la última figura penetró por el pasadizo rocoso; luego se levantaron y echaron a correr medio encorvados hacia la playa donde dejaran el bote.
La marea había subido, por lo que los muchachos hubieron de entrar saltando al agua y después de unos chapoteos, subiéronse en la pequeña embarcación. Cogiendo los remos, comenzaron a dar grandes paladas. Dirigieron el bote hasta el barco que por tanto tiempo acompañara al abuelo y hoy era cómplice de sus propias andanzas.
Acercaron el bote al negro casco del barco, amarráronlo a una cuerda que bajaba de la popa de este y subieron ágiles por unas escaleras de cuerdas que a propósito esperaban.
Keno corrió al timón mientras Fernano y Calul trepaban por los encordados de los mástiles para maniobrar el velamen.
Desplegaron la vela mayor, que a la sazón también era negra con el fin de mimetizarse con la noche. La nave dio un salto hacia adelante, no obstante, siguió inmovilizada.
Keno dando un golpe al timón, tomó viva conciencia que Herchán no se encontraba entre ellos; dejando el timón atascado corrió a la popa y comenzó a maniobrar con el cabrestante que sostenía la cadena del ancla. Metro a metro fue, el muchacho recogiendo el ancla. A través de su camisola sus músculos se abultaban hasta casi reventar con el esfuerzo y creyó por un momento no lograría su propósito, puesto que faltaban unos 2 metros de cadena y sólo la estaba manteniendo, cuando Fernano apareció del otro lado del carrete y ambos lograron enganchar el pesado metal en el soporte correspondiente.
Keno nuevamente se dirigió a la proa de la nave y la puso rumbo al sur, orillando la costa.
Mientras, Calul en la cofa escudriñaba a la luz de la luna los rompientes y Fernano, encaramado en la roda dejaba caer por el tajamar la sonda; esta le indicaba la profundidad y la distancia a que se hallaban las rocas sumergidas que les pudieran hacer encallar.
Cogidos por un viento de popa, diez minutos de viaje a toda vela bastaron a los muchachos para encontrar el lugar donde poder atracar sin ser vistos desde tierra.
Era tal cual estaba consignado en la carta de navegación que por primera vez era dibujada, con el pulso firme del viejo.
Una estrecha bahía que penetraba profundamente en el alto farallón costero al lado del cual, hace un par de minutos navegaban. El ojo de Calul, por eso se hallaba donde se hallaba, fue el primero en avistarla.
Un hermoso graznido puso alerta a Fernano y Keno, pues ese sonido tan familiar y su cadencia, sólo lo podía emitir Calul, ya que entre sus habilidades y destrezas se encontraba la de imitar el ruido de animales y cosas.
Keno corrigió el rumbo del barco, poniéndolo a dos grados a babor. Fernano fijó la sonda a 30 metros, y corrió a ceñir el velamen junto a Calul que bajaba del palo mayor cogido de las jarcias.
Recogidas las velas, reuniéronse los hermanos a contemplar como el muro de piedra que se levantaba majestuoso se abría ofreciendo abrigo a los hermanos.
Con Fernano manejando la sonda, Keno aprovechó el impulso que traían para virar a estribor penetrando por la embocadura de roca.
Una oscuridad casi palpable rodeó a la embarcación.
Un minuto, 2, 3, y Fernano dijo - Contacto a 30 metros y subiendo.-.
Otros 2 largos minutos, y Fernano marcó el nuevo punto - Contacto a 20 metros y subiendo -.
Rápidamente Calul dejó caer el ancla obligando a la nave a detener el impulso que traía.
Sobrecogidos por la sensación de encierro que las altas paredes de roca les producía, no notaron el arribo de la madrugada que con sus primeras luces fue revelando a los mozos la dimensión real del sitio en que se hallaban.

Esperaron los hermanos a que la luz terminara de dibujar completo el entorno y boquiabiertos fueron empequeñeciéndose ante la magnificencia de lo que sus ojos les mostraban.
Junto con la llegada de la luz dejóse oír primero un murmullo y al instante siguiente un coro de miles de aves les terminó de llenar los sentidos.
A babor y estribor las paredes se ensanchaban dejándolos en el centro de un triángulo donde el vértice superior era la estrecha garganta por donde ellos entraran. Los altos acantilados dejaban ver multitud de nidos de todas dimensiones erigidos en las salientes y entrantes de los macizos rocosos. Aves de todos los portes y más aún de los colores más increíbles salían de los nidos como impulsadas por resortes y como unidas por una desconocida sabiduría, reuníanse en el espacio bandadas de plumajes allá púrpuras, más allá alvinegros, acullá calipsos, rosados y amarillos entre otros, las que después de realizar algunas acrobacias, emprendían su tripal rito dejándose caer en picada al mar.

Con incredulidad los gemelos miraban en todas direcciones maravillándose del espectáculo dado tanto por los millares de aves, como los producidos en las paredes, mostrándoles arbolillos retorcidos pero verdes asidos firmemente al muro, cuevas, brillos y fulgores que las rocas mismas producían al reflejar la luz solar.
Fue Calul quien los sacó del ensueño llamando la atención de sus hermanos al mostrar con el índice la base del acantilado que tenían al frente. Dos cuevas, una al lado de la otra presentaban una apariencia que les distinguía del resto del paisaje. Una plataforma semejante a un muelle sobresalía del pie de la pared por delante de las cuevas.
La nave que su abuelo arrebatara a los godos, yacía más o menos a 100 o 120 metros de dicho lugar.
Algo en el aspecto de las cuevas atraía la atención de los hermanos, sin embargo, la distancia no le permitía hacerse una idea concreta de lo que era.
Fue Keno quien dijo:
- Algo hay en la entrada a esas cuevas que por la distancia no logro saber que es y creo que sería importante echarles un vistazo -.
- Pero antes - manifestó ceñudo - hemos de revisar la bitácora de nuestro viejo lobo de mar -.
Después de leer el diario de a bordo del abuelo, pálidos, embarcaronse los hermanos en el bote llevando en la proa un falconete listo para ser disparado.
Con pausadas pero firmes remadas fueron cruzando las aguas de color turquesa que le separaban de las cuevas y del muelle al pie del acantilado; a la vez que Keno iba diciendo a sus pares:
- Hemos perdido mucho tiempo en estas maniobras y Herchán puede estar pasándolo muy mal -.
Hizo una pausa y con un nudo en la garganta agregó:
- Si es que no le a ocurrido algo peor -.
Calul y Fernano sobrecogidos inclinaron la cabeza en señal de aquiescencia y en los ojos de los tres gemelos brilló primero una lágrima, y después la rabia y el dolor.
Fue Fernano que iba en la proa dirigiendo las progresiones del bote el que pareció dilucidar aquello que les llamara la atención en el barco:
- Son huesos esas cosas blancuzcas que se ven asomándose de las cuevas -.
Y añadió, pensativo:
- Desde el barco aparentaban ser ojos observándonos-.
No terminaba de hablar, cuando, un movimiento en aquello que determinara como montones de huesos le erizó los pelos, pidiendo a sus hermanos detener la marcha mientras murmuraba entre dientes:
-¡Se movieron ¡-.
Calul y Keno prestos a las ordenes de Fernano detuvieron el bote cuando faltaban poco más de 30 metros y dejando los remos a un lado, pusieronse de pie para ver mejor.
Fernano, miraba alternativamente las cuevas y a sus hermanos como pidiéndoles confirmaran lo que él viera. Después de unos segundos Keno dijo:
- Puede ser que te dejaras engañar por el movimiento del bote -.
Fernano iba a replicar cuando Calul dijo rotundo:
- Algo mueve esas cosas -.
Sin mediar concierto alguno entre los hermanos, asombrados, supieron al unísono el origen de tan peculiar suceso.
Con un esfuerzo sobre humano, Herchán no dejó traslucir el torbellino de sentimientos que pululaban por su ser al sentirse levantado del suelo.
En su mente se dibujó casi con exactitud lo que a su alrededor ocurría:
Cuatro grandes mocetones cogían cada uno el extremo de la manta donde Herchán estaba, en apariencia profundamente dormido y con un sólo envión lo levantaban y encaminaban sus pasos hacia una choza próxima al lugar donde se encontraba. Los mozos una vez dentro de la choza viéndose libre de la presencia de sus mayores, dejaron caer el bulto de Herchán sin miramiento alguno y más de uno de los mozos después de decir algunas palabras en un lenguaje que el gemelo no comprendió, propinó un par de fuertes puntapiés al indefenso muchacho, quien aprovechando la caída primero y después los puntapiés, hizo que su cuerpo quedara naturalmente boca abajo, con un brazo en la frente, todo mecánicamente como un cuerpo se mueve o reacciona al dormir.
Entre risas burlonas los muchachos fueron saliendo de la choza cerrando con una gruesa tranca la única puerta que la habitación tenía.
Despacio, muy despacio fue abriendo los ojos captando de inmediato la oscuridad del recinto.
Aguzando los sentidos trató de saber si alguno de los muchachos que lo dejaran ahí estuviera aún dentro del cuarto vigilando sus movimientos.
Relajando el cuerpo al advertir que estaba sólo, púsose silenciosamente en cuclillas, abarcó de una mirada el recinto imponiéndose de que el cuarto era redondo y reafirmando la falta de ventanas.
Nudosas y altas varas de gruesos coligues formaban la única pared y techo de la singular y circular estancia. Ocasionales rendijas dejaban filtrar hilos de valiosa luz.
Acercándose al agujero más próximo a la puerta, pegó el ojo al minúsculo ventanillo y al ver, su sangre pareció helarse. Ante él, un extenso claro tapizado de minúsculas florcillas blancas de pistilos púrpuras sobre un fondo verde rodeado de altísimos árboles. Justo frente a él y a unos 30 metros un grupo de hombres de piel cobriza, pelo negro y estatura mediana, parecían platicar bajo un toldo que les protegía de los rayos del sol. Vestían estos unas túnicas de algo parecido al algodón crudo que les llegaba a la rodilla.
Distinguió colgados de los postes que sostenían el techo de paja del cobertizo, cerbatanas, arcos y flechas, lanzas y escudos y en el extremo superior de cada poste unas diminutas calaveras.
Un movimiento en el límite de su campo visual le ayudó a quitar la vista de los pequeños craneos, que desde la distancia parecían querer imnotizarlo con sus vasías cuencas.
Con la piel de gallina Herchán vio como de una casucha salía un viejo flaco, extrañamente blanco, su pelo y rostro, cejas, pestañas, bigote y barba, saltando y hendiendo el aire con una enorme hoja de piedra a modo de machete.
Vestía el viejo una túnica teñida de un color indefinible para el muchacho y de su cuello, muñecas y tobillos, pendían collares y pulseras de negras piedras intercaladas también de diminutas calaveras.
Vio también colgada de unos palos al lado de la puerta por donde saliera el machi sus ropas colgadas como si las exhibieran.
También constató como desde otra docena de chozas circulares, pero con ventanucos salían y entraban hombres y mujeres de distintas edades que parecían contagiados de algún especial sentimiento puesto que reían y mostraban ropas o basijas con algo en su interior, como pidiendo el asentimiento de los demás.
Niños y niñas desnudos hasta la cintura, en una ronda voceaban algo ininteligible para Herchán, en torno a un grueso tronco cortado a la altura de un metro, de color....
(¡Pestañeó incrédulo!) pero sí, el color sangre seca del tronco, era el mismo que llevaba teñida la túnica del brujo.
Tomó abrupta conciencia de que aquel tronco servía como lugar de culto y sacrificio.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar que él sería tal vez la próxima víctima.
Entre tanto, Calul, Fernano y Keno, acercaron el bote al muelle de roca y de un salto estuvieron de pie frente a las cuevas, la que era tal cual ellos se imaginaran, una sola, pero, con doble entrada. Una pequeña laguna contenía innumerables esqueletos de distintos animales.
Dieron unos pasos los hermanos dentro de la cueva bordeando la laguna.
Fernano metiendo un dedo en el agua y llevándoselo a la nariz confirmó lo que pensaba
- Es agua dulce- dijo pensativo; - y obviamente tanto el agua como los animales que al parecer vienen a morir acá, poseen algún pasaje desde-...
No terminaba de hablar cuando del lado opuesto de donde ellos se encontraban surgió desde la sombra la figura de una enorme bestia negra de grandes cuernos, arrastrándose.
El animal al sentir el olor de los hombres se abalanzó instintivamente hacia los muchachos olvidando la laguna y sus patas resbalaron en la roca jabonosa de musgo cayendo al agua, que al contacto con la voluminosa vestía, salpicó e hizo revolver y saltar las osamentas que flotaban.
Pasó un largo minuto y el animal reapareció en la superficie apenas pataleando, enseguida se hundió y no volvió a salir
Una sensación de pánico recorrió el cuerpo de Herchán al sentir en la parte posterior de la casucha un rasquido en la madera.
Sobrecogido giró la cabeza y vio en la semi oscuridad del cuarto, como un trozo de más o menos 10 centímetros de vara de coligüe se separaba de su base dejando entrar luz y un bultillo alargado.
Herchán (animalmente receloso) agasapose miedoso y fiero.
Al instante fue colocado el trozo faltante del muro y todo quedó quieto, excepto el jolgorio del claro allá delante.
Dejó pasar un buen rato y Nuevamente Herchán apegó el ojo a la diminuta rendija imponiéndose que todo estaba igual.
Disponíase a dejar su observatorio con el fin de revisar el otro extremo del cuarto, cuando de detrás de la choza desde donde saliera el Machi, surgió la figura de algo que a Herchán le parecía un ¡ángel humanizado! o más bien ¡humanizada!.
¡¿Podría ser lo que su ojo le mostraba!?
Una muchacha de morena tez, con el cabello negro hasta la
cintura y ojos azabaches, desnuda se encaminaba a paso firme hacia el brujo llevando en sus manos una jarra que ofreció al cansado y arrugado hombre.
El alvino viejo dejó en el suelo la intimidadora y filuda hoja, dando unos pasos cogió el tiesto y empinándoselo, bebio parte de su contenido. Pasandose la manga de su tunica por la boca devolvió la vasija a la mujer, muchacha, niña, en fin, para el chico era simplemente una hermosa hembra, de estampa torneada a mano por los dioses.
El chamán daba la espalda a Herchán por lo que la figura de la chica se le presentaba de frente. Cuando el viejo se empinaba para beber el contenido del tiesto, Herchán identificó claramente el destino de la fugaz, pero significativa mirada que la chica dirigía hacia donde ella sabía la observaba el ojo del muchacho. Este, recorrido por un inguinal estremecimiento, apretó inconscientemente las piernas; y Tubo certeza del origen y fuente del suceso relacionado con el muro. Dirigiendo sigilosos sus pasos al otro extremo de la habitación, buscó a tientas al pie de la muralla eso que presumiblemente la joven le dejara. Sólo un instante le vastó para encontrar un objeto envuelto en un sedoso paño. Al comenzar a desenvolver, una sutil fragancia surgió del envoltorio, dejando a Herchán sumido en un momentáneo ensueño dominado por la presencia casi física de la chica morena.
Haciendo un esfuerzo por sobreponerse a sus sensaciones,comprendió que un descontrol más le traería dificultades, por lo que se obligó a calmar.
Volvió con el envoltorio a medio abrir al observatorio y antes de mirar por la ranura, cuanta no sería su sorpresa al descubrir que dentro de la aromática tela estaba envuelta su daga.


Con el corazón a punto de salírseles por la boca los tres Hermanos comprendieron plenamente el origen de los movimientos de los esqueletos en el agua.
Permanecieron pegados a la pared de roca. Había sido tan rápido lo del animal, que costó para que uno de los gemelos sacara el habla.
Con un hilo de boz, Keno observó:
-¡que espanto!-.
Fernano poniendo en las manos de Calul el pequeño cañón, salió de la cueva mascullando entre dientes:
-sin luz no llegaremos a ninguna parte- y volvió trayendo del bote tres antorchas que al instante estuvieron encendidas.
El recinto iluminado se mostró en toda su dimensión.
era una amplia caverna, de alto techo, y de unos 80 a 100 metros de diámetro. La laguna interior solo cubría las tres cuartas partes del piso y se veía profunda.
El agua surgía de la roca misma. Keno acercándose a uno de los chorros, dejóse mojar la mano Comprobando que el agua estaba fría. Pasó su antorcha a Calul, y haciendo un cuenco con sus manos, juntó un poco de agua que sin mediar pausa se llevó a la boca, paladeándola, hasta que sin más se la tragó diciendo:
-es agua dulce y limpia y quizá venga de un río o un manantial-.
Apegándose a los muros, pero sin dejarse mojar, rodearon el ojo de agua hasta llegar al lugar por donde había aparecido el animal que tanto les asustara.
De pronto a la izquierda de los chicos, un gran pasadizo penetraba profundamente en la roca.
Calul dijo:
-por aquí salió el bruto y lo natural es que el pasaje nos lleve a tierra firme atravesando el farallón-.
Antes de echar a caminar, miraron la entrada de la gran caverna hasta que por fin Fernano dijo lo que de alguna manera pensaban los tres:
-Ojalá este corredor no nos aleje más de nuestro hermano-.
Sin otra consideración, Keno se puso al frente de sus pares y echó a andar por el pasillo abierto en la roca.
Tensos los músculos, los jóvenes avanzaron primero lentamente y a medida que el pasaje se iba haciendo tanto más largo y habiéndose apagado las antorchas, aligeraron el paso hasta que después de quien sabe cuanto tiempo, y cuando sus pulmones parecían reventar por la falta de oxígeno, distinguieron a la distancia un tenue resplandor que les dio la fuerza para apretar el tranco, llegando extenuados a la boca de la cueva.
Aspirando bocanadas de aire se tendieron en el suelo y sin más durmiéronse al instante, ya que el cansancio acumulado y las tensiones sufridas los dejaron agotados y sin resuello.
Herchán al mirar nuevamente por la ranura que le servía de
Atalaya, vio que la joven estaba de pie frente al mago, como esperando.
El anciano hizo una señal a la niña y esta con gran delicadez y soltura se inclinó en una respetuosa reverencia; dando media vuelta se encaminó a la choza del chamán.
En su observatorio el gemelo sufrió un nuevo estremecimiento al constatar que la aguja de su erótica brújula indicaba el metro sesenta de recta espalda, firmes glúteos y piernas de la mujer.
Al pie del monte, un río de claras aguas daba de beber a una cansada bestia.
Un estremecimiento indicó al felino que ya no le quedaba mucho tiempo, y con lentos pasos se internó en la espesa maraña de altos arbustos que subían por el monte hasta la entrada de una cueva que era su lugar de destino.
El Jaguar remontó la pared del risco acercándose a la entrada de la cueva y cuando estaba a punto de introducirse en ella su gastado pero aún sensible olfato le puso alerta.
El viejo pero enorme gato, avanzó sigiloso apegado al suelo presto a atacar. Sus estropeadas garras podían aún de un zarpazo fácilmente matar a un hombre o a más de uno si fuese necesario.
El jaguar adentrándose cautelosamente en la caverna, encontró sumidos en un profundo sueño a tres de los gemelos y al percibir que nada había de temer de esos cuerpos, después de olerles uno a uno de pie a cabeza continuó su camino adentrándose en la cueva.
Fue Calul quien se despertó sobresaltado al sentir un olor penetrante y extraño que parecía llenar la caverna. Se apresuró a despertar a sus hermanos, los que de inmediato captaron el hedor. Fernano abriendo mucho los ojos, mostró con el índice las huellas frescas de un gran gato.
Con el falconete listo a hacer fuego siguieron por una decena de metros las huellas hasta encontrarse con un fétido charco de orín, fuente del hedor de la caverna.
Volviendo sobre sus pasos se preguntaban que hora sería y si aún tenían tiempo de llegar donde Herchán estuviera.
Al acercarse a la salida altos setos les impedían ver más allá de unos metros.
Comprobaron con preocupación que el día pasaba de la media tarde y que dos o tres horas de luz podrían ser pocas para encontrar, si es que encontraban a su hermano.
Machete en mano los hermanos comenzaron a abrirse paso entre la cerrada espesura resbalando a veces por lo empinado de la pendiente y asustados por no saber donde se hallaban y con quien o conque se encontrarían al paso siguiente, tan cerrado eran los arbustos por los que iban cruzando.
Poco a poco un ruido fue haciéndose más claro y mucho antes de ver, supieron que se trataba de un río
El hermano prisionero echado sobre la manta durmió más de Una hora después de comprobar que fuera de su prisión poco y nada cambiaba.
Con sorpresa comprobó que era de noche, sin embargo, el calor que sintiera durante el día aún no aflojaba.
En la oscuridad levantose de la manta, dio dos o tres pasos casi mecánicos para ir al lugar desde donde estuviera mirando en la tarde y se desorientó.
Quiso Caminar en línea recta tanteando con las manos la espesa noche hasta que tocó el muro, Demorando en encontrar la puerta.
No tuvo la misma suerte con la mirilla ya que la noche y el silencio escondían la aldea e indicaban que ésta dormía.
Fue también Casi un acontecimiento hallar nuevamente la manta y lo entrada que estaba la noche lo convencieron de dormir.
Se Revolvió un rato intranquilo sobre la manta pensando que...
¡¿qué!?: en realidad ni el mismo lo tenía muy claro.
Temía por su vida sí, era casi natural, sin embargo, sabía que nada malo había hecho para que le hiciesen daño y más aún, pensaba que de algún modo podría convencer a sus captores de sus buenas intenciones.
Por otro lado, sabía que sus hermanos estarían buscándole y que harían todo lo humanamente posible para sacarlo de ese embrollo, hasta matar si fuese necesario en el caso que lo encontraran.
Finalmente y aunque procuraba no darle tanta importancia no podía quitarse de la mente la imagen de la muchacha lo que le enervaba sensualmente al punto de no poder tomar una determinación respecto de poder, o tratar de fugarse, o lo que haría de ser sacado para ser sacrificado.
Esa sola idea le angustió y deprimió profundamente y sumiéndose en un inquieto sueño despertó sólo cuando escuchó el ruido de unas decenas de pies corriendo hasta perderse.
Sintió que quitaban la tranca que aseguraba la puerta. Constatando que aún era de noche veloz como el rayo púsose boca abajo tal cual lo dejaran varias horas atrás, metiendo en un sólo movimiento el puñal bajo la manta y cerrando los ojos.
Escuchó Como se abría la puerta.
Como ésta se volvía a cerrar sin colocar la tranca.
Como unos pasos se acercaban cautelosos.
Se imaginó al viejo hechicero avanzando hacia él mientras su mente volaba procurando tomar una decisión.
De un salto púsose de pie y con la daga en una mano y la manta en la otra retrocedió hasta chocar con los maderos y sin distinguir a nadie, con el alma en un hilo, Herchán tenso esperó
-¡Es hermoso!-.
Jamás había visto a un hombre que no fuera de su raza.
Sentía traspasada de mil rayos anhelosos las fronteras de su morena piel.
Debía pensar algo para ayudar al extranjero de cabellos bigote y barba café y cuerpo blanco donde llevaba ropas, y tostado el resto.
Con soltura ya que tenía el privilegio de andar desnuda si quería cuando había ceremonias especiales, por ser la elegida de los espíritus decía el chamán, cogió una vasija de regular tamaño metiendo en ella un envoltorio y salió por la puerta trasera de la choza a buscar agua al río.
Sus derechos, por llamarle de algún modo, no sólo surgían de lo que el hechicero mismo aseguraba, ni de su excepcional belleza. Desde pequeña su facultad de curar a través de la imposición de manos, su don para los augurios y en especial la de atraer para los suyos la buena suerte, entre un sinnúmero de otras virtudes, era por lo que su pueblo le respetaba y quería.
Su primitiva sensualidad sólo era explicada por su mística
Naturaleza, obligando a los hombres a sublimar el deseo físico por reverencial temor.
Después de haber dejado el cuchillo al extranjero, rápidamente y con gran destreza cazó una liebre y volviendo al río dejó la caza a un lado, llenó la vasija de agua; enseguida hizo como Echil le enseñara, obteniendo al instante un pequeño pero filoso cuchillo de piedra con el que descueró al animal. El cuero y algunas partes desechadas los arrojó al río como ofrenda a las guardianas de éste. Sin más, recogió la vasija y corrió a llevar el agua al anciano sacerdote.
Después que este bebió, diose media vuelta y se dirigió a la choza que servía de casa al viejo y a ella. A la pasada quitó la ropa del extranjero del lado de la puerta dejando la liebre obtenida ensartada en un palo por el que vendría más tarde y entró
en la morada.
Sabiéndose sola echose a temblar.
Enseguida pensó, dejaré preparado el 'natema'. Y seguía temblando.
Quería sentir el olor del hombre.
Resuelta y concienzuda hundió su rostro entre el montón de ropa que llevaba en sus manos, grabándose el olor del hombre en las entrañas.
Por fin sabíase mujer, hembra.
Mordiose fugaz el deseo insatisfecho, contempló su química existencia y sintió fundirse en el cristalino olor y figura de aquel "animalejo” masculino, sintiendo su piel ardiente y
Un lánguido cosquilleo que le bajaba por el vientre y las piernas.
...(¡Había dejado de ser niña!)...
Sacudiéndose los últimos hilos de su desmañada pubertad, púsose a preparar la infusión cuyo narcótico pondría en transe al machi, con el fin de hacer contacto e implorar el favor de los espíritus.
Después de filtrar con un fino paño el licor, leyó el mensaje que le dejaran los invisibles seres que poblaban su mundo, en las hojas sobre la delgada tela.
"Para ti el no será".
Traspasada de dolor supo que el destino para ellos estaba escrito en esas hojas.
(¡ Quería salvar al hombre!) no obstante, ella nada podía contra los designios de los espíritus y su suerte estaba echada...
De pronto sus negros ojos titilaron con un brillo libido-prístinos.
(Aún quedaba una oportunidad que fuera él).
Tenía a última hora Ramí que quemar la ropa del hombre y entrar en la prisión de este con el fin de sedarlo con un dardo, rasurar completamente su cuerpo y embadurnarlo de grasas y aceites.
Más tranquila, se dispuso a componer la chicha ritual del caserío.
Eran éstas nueve grandes calabazas llenas de Bebida alcohólica resultante de la fermentación del maíz en agua endulzada.
Molió un trozo de la Corteza de un árbol rojo amarillento, muy aromático y sabor suave puesto en la cantidad justa. Después de revolver dos o tres minutos cada Calabaza y antes de por fin descansar, colocó un poco de agua de chamico en la chicha, lo que induciría a ver cosas extrañas a los hombres, y quizá así ella pudiera hasta liberar al extranjero.
Una mano le removió del hombro. Era Echil que le sacaba de su corta aunque reparadora siesta.
Preguntó a Echil: -Ya es la hora?.
El albino curandero afectuoso, puesto que consideraba a Ramí como una hija, meneó afirmativamente la cabeza y agregó preocupado, mirándola a los ojos:
-quiero terminar lo antes posible con esta ceremonia puesto Que el "consejo" de todas las tribus así me lo ha pedido, ya que temen a los hombres que viven en las grandes aguas-.
Así llamaron a quienes dejaron las huellas encontradas adentrándose en el mar, por la mañana, después de capturar a Herchán.
-Croal, Jefe de la tribu vecina halló al hombre blanco y dio el aviso a las otras tribus-.
-Todos los hombres en capacidad de luchar fueron movilizados para saber si había otros como él en las cercanías, sin embargo, a pesar de observar el gran agua, a veces de alguna colina o roquerío próximo a las aldeas, o de altísimos y viejos árboles cercanos a la playa; sólo encontraron tres pares de huellas justo detrás de los roqueríos de la aldea de Croal-.
Hizo una pausa y su mirada vagó extraviada, retomando el hilo de lo que decía con marcado acento fatalista:
-Recorrieron los hombres el litoral hasta llegar al gran monte sagrado de los pájaros y como bien sabes está prohibido internarse en él ya que nuestros antepasados decían que en sus entrañas dormían los espíritus de los animales y despertarlos significaría echarse a todas las fieras sobre nosotros.
Las peticiones se acentuaron cuando Maroc quien fue el último en presentarse al "consejo"; y quien llegó con su gente al monte sagrado, contó como escuadrones de miles de aves salían de las entrañas del monte, recordándoles Que ellas eran los custodios de los dormidos espíritus de las bestias-.
Ramí con aparente temor, bajose de la hamaca diciendo:
-tengo todo preparado para el sacrificio y sólo esperaba tus órdenes-.
Algo en la voz de la chica le produjo un escalofrío
Parecía no contagiada de la efervescencia colectiva que reinaba en la aldea.
¿Estaría enferma?. O sabría ya con su innata capacidad de anticiparse a los hechos, que la presencia del hombre igual les significaría desgracias a su pueblo?.
Como fuera había que obrar rápido y esperar la decisión de los espíritus.
Alineados frente al grupo de chozas 50 guerreros observaban el centro del claro iluminado sólo por la luz de la luna. Portaban escudos y lanzas, y en el rostro de cada uno se reflejaba el temor que les producía el no tener un fuego cerca. Los jefes de las tribus salían de la casa de Echil portando cada uno una de las grandes calabazas y cada cierto tramo se sentaba sobre una mantilla frente al sagrado tronco.
Guerreros y jefes vestían largas túnicas teñidas de almagre. Todos los demás habitantes de la aldea habían salido del caserío a otras aldeas a pasar la noche.
Por último salió el brujo llevando las ropas de Herchán, unos pasos más atrás la niña hechicera llevando en una mano la vasija con "natema" y en la otra un braserillo encendido. Vestía el viejo el mismo atuendo que llevara en la tarde y Ramí un largo y blanco blusón. Puso el chamán las prendas del cautivo sobre el tronco y retrocedió unos pasos. Ramí adelantándose pasó el licor al mago quien profiriendo guturales y melodiosos sonidos, comenzaba a beber la pócima sin dejar de emitir las místicas sonoridades.
Acercándose más al tronco, Ramí con diestros movimientos puso sobre las ropas del hombre un buen número de brasas.
Retrocediendo hacia donde estaba sentado Croal, comenzó una sutil danza que se fue prolongando en torno a cada uno de los jefes. Al terminar el círculo, continuó danzando hasta llegar al tronco y con un movimiento casi imperceptible de la mano dejó caer entre las brazas un puñado de hojas de helechos que hicieron que el montoncillo de ropa fuera envuelta en una llamarada de policromos destellos.
Los hombres sobrecogidos callaban expectantes.
Echil siempre canturreando, dejó el posillo vacío en el suelo y se acercó a Ramí quitándole delicadamente el blusón. La chica desnuda a la brillante luz de la luna y resaltada por el fuego de sobre el tronco, dejó ver su cuerpo teñido de rojo almagre en ondulantes líneas verticales que le bajaban por el cuerpo.
Sentóse el brujo sin dejar de canturrear.
Esperaron las criaturas que el fuego se consumiera por completo y cada jefe bebió de su calabaza un gran trago de chicha.
Acercáronse los guerreros de tres o cuatro por vez y cada uno bebió un gran trago del burbujeante brebaje.
Sin dejar de entonar extraños sonidos y agregando por momentos unos silbidos, Echil sacó de los bolsillos de su túnica unas diminutas bolsas echas de intestinos de animales, las que contenían grasas y aceites extraídos a distintos peses, aves y bestias cuadrúpedas, los puso en las manos de su iniciada. La chica cogiendo un carboncillo del montoncillo de ropa incinerada, fue dejando una marca en la frente de cada uno de los hombres que observaban el ceremonial, después de lo cual, los jefes volvieron a beber seguidos de los guerreros.
Metro a metro avanzaron los hermanos abriéndose paso entre la exuberante vegetación.
Estaban a punto de salir de entre el follaje, cuando repentinamente Keno indicó a los otros que callaran y no hicieran ningún movimiento. Los otros dirigieron la mirada hacia donde Keno lo hacía y contemplaron absortos entre las ramas, primero el cause de un trasparente río y al instante en la orilla opuesta, la desnuda figura de una muchacha, quien con su hondeado cabello, firmes senos, vientre plano, y, bueno, todo; la hacían ver como una diosa encarnada.
Vieron como dejaba una jarra en el suelo.
Vieron como ella metía la mano en la vasija y sacaba algo de esta.
Por último vieron como se echaba a correr río a bajo, dejando la jarra.
El primero en reaccionar fue Fernano quien dejando el falconete que cargaba, esperó a que la chica se perdiese y salió tras sus huellas cruzando en cinco grandes trancos el cause, procurando no ser visto por la chica u algún otro que anduviera por ahí. A los pocos minutos volvió jadeante por el esfuerzo pidiendo a sus pares meterse entre las ramas, relatándoles lo que viera en su incursión.
-Seguí a la chica a una distancia prudente, dio un rodeo por aquella arboleda- mostrándoles con el índice. Justo en ese instante llegaba la muchacha corriendo al riachuelo, trayendo cogido de las patas un pequeño animal, el que dejó en la orilla. Levantó la vasija, y llenándola de agua, la dejó a un lado mientras con la vista recorría el trozo de playa. Con gesto decidido se dirigió a una roca a la que después de golpear con una piedra, logró desprender de ella una laja filosa con la que presurosa corrió a despellejar al animal. Una vez descuerado y habiéndole cercenado la cabeza y patas, envolvió estas en el cuero junto a una piedra de mediano tamaño y las lanzó al río. Tomando el resto del animal y la vasija, se perdió entre los árboles.
Fernano continuó agregando:
-parecía inquieta por que nadie le viera, puesto que todo el tiempo se preocupó de ver si era seguida-.
Fernano con esto revelaba sus cualidades de rastreador.
Keno y Calul ansiosos le urgían a que continuara.
-La chica siempre en actitud vigilante rodeó un caserío que existe por ese lado y arrastrándose entre altas hiervas y arbustos consiguió llegar a la parte trasera de una casucha redonda-. Iba a continuar el relato, cuando las aguas del riachuelo se comenzaron a agitar sin aparente causa en el lugar donde cayeran los restos del animal desechado por la chica. Los hermanos por más que aguzaron la vista no lograban dilucidar el repentino arremolinarse del agua, hasta que vieron como un sinnúmero de pequeños pececillos salían a la superficie arracimados peleándose a dentelladas los restos desechados por la chica. Sin duda se trataban de "pirañas". Ellos las conocían sólo por las referencias de los libros que su abuelo les legara.
Calul y Keno miraron a Fer quien recorrido al igual que ellos por un escalofrío, expresó en voz alta lo mismo que sus hermanos pensaran:
-Y lo crucé ida y vuelta sin pensar-.
Con los pelos parados y tomando aire, Fer continuó:
-La muchacha junto a la pared trabajó un poco y luego de retirar un trozo de madera, deslizó dentro el objeto que sacara de la jarra. Después de colocar el madero en su lugar y cuando comenzaba a retroceder, volví sobre mis pasos siempre espiando. Observé como la chica al alejarse del caserío comenzó a mirar con detenimiento a su alrededor como buscando algo. Me sentí descubierto, pero, en seguida supe que no era a mi a quien buscaba, ya que colocada de espaldas a mi cogió un pedrusco y agazapada tras un árbol, esperó un momento. Cuando desde una madriguera que se hallaba a unos 20 metros de ella surgió una gran liebre de parda piel. Nunca supo el animal de donde salió el proyectil que le abatió, debido a que el sigilo, habilidad y soltura de la muchacha era tal que con un movimiento sutil de su cuerpo, lanzó con tal fuerza y precisión la piedra, que antes que hubiera terminado de pestañar, la liebre estaba muerta.
Cuando la chica se disponía a coger el animal, decidí volverme-.
Un pesado silencio se hizo entre los hermanos, cada uno a su modo explicábase la extraña conducta de la, como llamarle, chiquilla, mujer, en fin.
Keno rompiendo el silencio manifestó:
-comenzaremos por echarle un vistazo al caserío y si nuestro hermano se encuentra ahí, idearemos el modo de rescatarlo-. En seguida, como concentrado en una idea fija, fue diciendo a los otros:
-Calul, tu irás por el camino que cogió la chica; tu Fer, volverás por donde la seguiste y yo buscaré algún modo de acercarme por otro lado-.
Dejando todo lo que les impidiera moverse con soltura, exceptuando las dagas, y cuando se aprestaban a ponerse en camino, miraron al unísono el cause que ya vuelto a la normalidad, les colocaba en el problema de como cruzar sabiendo que esos pequeños depredadores estaban al asecho. Mascullando entre dientes Calul expresó con meridiana claridad lo que los tres pensaban:
-que cosa,¿ será posible que la ignorancia provoque menos ansiedad?-.
Sin dejarse arredrar por la eventualidad surgida, Keno dijo:
-debe haber un modo de que los habitantes del caserío puedan cruzar a este lado, por lo que primero hemos de encontrar el paso-.
Inspeccionaron río arriba y cuando se aprestaban a hacerlo en la dirección opuesta, Fer, que era el que precedía la marcha, halló lo que buscaban.
Un puente colgante hecho presumiblemente de gruesos cáñamos y madera conectaba las orillas en un encajonamiento del río entre dos paredes de roca distante del agua de 6 a 7 metros. Una vez cruzado el cause se dispusieron a poner en práctica el plan trazado, dejando antes a firme la idea que de no haber novedades se juntarían en una hora entre la espesura y frente a la ribera en que la chica cogiera el agua.
Llegaba el momento que tanto aguardara.
Comprendía que era la única posibilidad de estar con el extranjero.
Echil sentado frente al tronco, musitaba conjuros en una lengua que ella no conocía, pero sí sabía que estaba destinada a entenderse con los espíritus.
Los ojos del hechicero dilatados por el narcótico no dejaban duda de que el anciano formaba parte de otra realidad. Los jefes y guerreros, habían perdido un poco de su compostura ya que el frío de la noche y el temor a las ánimas y a todo lo que tuviera que ver con Echil y Ramí, les provocaba terror. Así que mientras más era el temor sentido por los hombres, más bebían.
Con la calma de quien se sabe dueña de la situación, Ramí comenzó a acercarse a la choza que hacía de prisión llevando en sus manos las grasas y los aceites para embadurnar al hombre. Una vez en la puerta del recinto cárcel iba a coger el madero que servía de tranca cuando recordó que no traía la cerbatana para adormecer al cautivo ni el cuchillo para rasurarle.
-Bueno- se dijo -para como están las cosas creo no serán necesarios- disponiéndose a entrar, amar al hombre y dejarlo huir, pese a lo que el oráculo le digiera después de colar el "natema".
Con la espalda firmemente apoyada en el muro, Herchán dijo remarcando las palabras como para que le entendiera quien quisiera estuviera ahí:
-Estoy- -armado--y si se acerca- -lo mataré-. - ¿Me ¿escuchó?-.
Y sin más, Herchán escuchó la voz de quien menos se esperaba:
-Dejémonos de discursos y salgamos de aquí mientras podamos herchi- (que era el apodo que le daba Calul cuando bromeaban).
Demudado por la impresión, Herchán dio un paso sin poder creer lo que escuchaba.
-vamos hombre apura el paso si no quieres quedar con el cráneo más chico del que lo tienes-.
Toda esa fase de la audaz maniobra planificada por los gemelos no debía durar más ni menos de dos minutos por lo que Calul
Terminando de contar los segundos en su reloj mental y azuzando a su hermano sin más, abrió la puerta mostrando su figura en el umbral.
Corrieron los jóvenes en dirección opuesta al ruido de pies que el confundido hermano escuchara sin tomar en cuenta la presencia de Echil que sentado frente al tronco sagrado mostraba su albina figura como trasparentada a la luz de la luna.
Minutos antes de que eso ocurriera con Herchán y Calul, Fer y Keno se aprestaban a poner en practica la otra fase del plan que urdieran horas antes.
Ambos estaban desnudos y la idea era que Fer corriera desde detrás de la prisión de Herchán dejándose ver por los hombres del claro, aparentando la fuga de este y cuando estos salieran tras él, Keno se mostraría desde otro punto del caserío, con el fin de confundir y disgregar a los perseguidores.
Ramí cogía la tranca cuando un súbito ruido a su espalda le hizo volverse.
Los hombres se levantaban tambaleantes y se echaban a correr en dirección a ella pasando en tropel por los costados de la choza cárcel, dejándola abrumada y sin comprender lo que ocurría.
Se disponía a ver que había provocado tal reacción en los hombres de su pueblo, cuando sintió algo que le paralizó momentáneamente, y al instante siguiente fundirse con el desnudo cuerpo que por detrás se apegaba al suyo tapándole la boca con una mano, mientras que con el otro brazo la cogía firmemente de la cintura.
Fueron sólo diez o quince segundos, los que los cuerpos estuvieron estrechamente unidos. Ambas epidermis se erizaron en el ardor del derretimiento. Keno profundamente afectado y no por eso menos conciente tanto del peligro como de la hembra que sin esperárselo tenía firmemente apegada a su cuerpo. Aguardó un instante más y levantando a la muchacha delicada pero firmemente, se la llevó perdiéndose entre los árboles.

Todo ocurría en fracción de segundos.
Furtivamente una sombra se deslizó hasta la puerta prisión, quitaba la tranca y introducíase en el recinto.
Otro minuto y dos hombres salían corriendo de la choza cárcel,
perdiéndose en la oscuridad.
Sin resistir, Ramí se dejó llevar. Reconociendo el olor a hombre grabado en sus entrañas, sólo atinó a sentir que algo lo hacía más intenso y deseable.
Fernano rápidamente ganó distancia a sus perseguidores que al principio le siguieran por reflejo más que por convicción y Cuando estos se alejaban del caserío disminuyeron el ímpetu de la carrera hasta detenerse.
Fer a toda velocidad corrió un par de minutos más en línea recta y haciendo un brusco viraje de 90 grados a su derecha, siguió por otro minuto hasta rodear nuevamente la aldea.
Precipitado como iba, hubo de detener su carrera cuando de sopetón se encontró con Calul y Herchán que agitados salían de entre una maraña de orquídeas y azaleas tropicales.
Asustados los muchachos continuaron hacia donde deberían encontrarse el grupo entero, que era al otro lado del río entre el ramaje.
Keno después de toparse con Ramí corrió con tal celeridad y con el cuerpo tan entrecruzado de hasta ese día desconocidas sensaciones, que no reparó ni en la distancia ni el tiempo que ocupaba, sino hasta cuando pudo despegar los ojos de los de la muchacha que volteado el rostro le miraba intensa y curiosa mientras repetía para sus adentros un conjuro:
Y Keno parecía volar redoblando su fuerza sin tener muy claro de donde venían estas.
Cuando la chica dejó de evocar la mística imprecación Keno se detuvo convulso y con el corazón casi saliéndole por la boca. Mirando en todas direcciones y tratando de reconocer el paraje, procuró controlar su salvaje ímpetu comenzando por dejar a la chica en el suelo, pero sin alejarse mucho de ella. Respiró profundamente dando dos o tres pasos queriéndose concentrar en la oscura geografía, no obstante, su humanidad entera se centraba en la fisonomía de la hembra que en frente tenía. Haciendo un supremo esfuerzo de voluntad se impuso atender el nocturno paisaje. Comenzó por soltarse de la presencia física y química de la chica, Obligándose a contemplar el entorno.
Apenas se podía distinguir a 20 o 30 metros.
después de adelantarse unos pasos reconoció el comienzo de un manglar o algo parecido.
Este presagia el pantano que indica la proximidad del río que se une al mar.
El compacto bosque de altísimos árboles desde donde salían les dejó en un estrecho claro iluminados apenas por la noche menos oscura que dentro de la espesura del bosque. Trató en vano de estimar a que distancia estaban del lugar donde debería encontrarse con los suyos. Su verde mirada sorprendió a la chica por la confusión y desamparo que pretendía ocultar. Ella sin mediar pausa ni otro argumento le cogió de la mano llevándole como conocedora del territorio mirándole de soslayo a cada momento.
A unos 200 metros hacia su derecha el río salía de entre los árboles al mar perdiéndose hacia la desembocadura. Siempre por el lado sur del río se internaron aguas arriba. El cause era ostensiblemente más ancho de lo que el recordaba, la fuerza y profundidad de la corriente le decían a simple vista que estaban mucho más alejado de su preliminar medición. La mujer comprendió por los gestos y miradas que el muchacho realizaba, que quería cruzar y seguir por la orilla entre los riscos y el río. Siempre de la mano la chica sólo seguía sus instintos puesto que en realidad nunca se había alejado tanto o aún lugar tan desconocido en relación a su aldea. Sabía ella que por el otro lado del río estaba el camino de los espíritus y eso le aturdía.
Aguas arriba trotó la pareja libre de recíprocos temores o ansiedad, por 100, 200, 300 metros y acercándose bien a la orilla del cauce distinguieron una franja de playa que se metía en un meandro. Keno relajando un poco el semblante observó que la curva se adentraba y comenzaba a subir en una cuesta arenosa que les indujo a sosegar el paso. La orilla del río quedó por debajo del nivel de la arenosa y boscosa colina. Cuando estuvieron en la cima se acercaron para mirar el cauce, sin embargo, no le vieron pero sí escucharon con sorpresa el estruendo de las aguas arremolinadas y encajonadas a unas decenas de metros por debajo de donde se hallaban.
Fer, Calul y Herchán vieron como las horas pasaban y su hermano no aparecía. El primero con voz que no escondía su alarma rompió a decir como hablando para sí:
-es necesario que dos de nosotros nos abramos por este lado del río, siempre entre la maleza y sin perder de vista la orilla hasta bueno, que se yo, unos o una distancia prudente-...
Calul resuelto arguyó:
-Si algo va a ocurrir es que los del caserío saldrán en nuestra búsqueda al amanecer y si nos hallan estaremos todos irremediablemente en serias dificultades-.
Entre los tres trazaron un plan:
Fer saldría río arriba, Calul aguas abajo, y Herchán con la culebrina rodearía el caserío en el menor tiempo posible haciendo estallar una carga de pólvora para concentrar hacia ese lado la atención de los guerreros.
mientras volvía a ese lado del río.
...Salieron cada uno a cumplir su misión...
Ramí y Keno iniciaron la bajada de la cuesta. Un silencio pesado les evidenció a cada uno la presencia del otro y los hizo soltarse las manos, que cargadas de eléctricas sensaciones les impelía a buscarse y tocarse. Poco antes de llegar al pie de la pequeña colina y comenzando a distinguir el cause del río, impulsivamente y poseídos de una pasión sin limites, se abrazaron dejándose caer ligeros al suelo, besándose y tocándose, rodando sobre si, hasta llegar al borde del cause. Una gruesa gravilla les recibió metros antes de tocar el agua menos correntosa. Las gruesas piedrecillas sólo exaltaron a un punto inimaginable las ardientes percepciones sensuales de los jóvenes los que entre resuellos de placer fruto de la refriega erótica se dispusieron sin pausa a hacer el amor.
Un tremendo y violento estampido quebró el rito sensual a punto de consumar.
Ramí, y sobretodo ella, púsose pálida, rígida. Soltándose de los brazos de Keno quedose escuchando el retumbar del espíritu del trueno que con su eco mordía el silencio de la noche, indicándole la inmanente presencia e ira de sus dioses.
Keno al instante supo que se trataba del falconete disparado a unas 4 o 5 leguas hacia el oeste de donde se hallaban y en el curso que seguía el río hacia el interior.
Ramí desencajado el rostro y enervada al punto de perder el control de su refleja humanidad, volteose gritando hacia el río en el instante que la primera luz alumbró poco a poco el terrenal firmamento que les rodeaba.
Sollozando se arrodilló musitando una oración que Keno nunca entendió y que por otra parte nunca esperó entender dado lo desconcertante y para él absurda situación...
Todavía no se apagaba la resonancia del estampido que les hiciera desatender sus sentimientos cuando una figura monstruosa comenzó a levantarse de las aguas del río.
Una gigantesca serpiente anaconda se erguía frente a Ramí y Keno.
5, 8 y 10 metros se levantaba por sobre el nivel del agua, mostrando su ondulante cuerpo de fondo oliváceo con oscuras y simétricas manchas. Ágil el reptil se abalanzó sobre el muchacho como un rayo desprendiendo chispas de furor por sus fríos y asesinos ojos, sin dar tiempo para pensar y pasando por sobre la cabeza de Ramí. El terror le dejó sin saber como reaccionar y un reflejo movimiento de su cuerpo o más bien la gravedad le tumbaron, entretanto el silbido del aire roto por el latigueánte movimiento hecho por la enorme culebra pasó raudo por encima del cuerpo de Keno y seguro de que al siguiente embate no resistiría, sólo atinó a abrazarse a Ramí que sin resuello contemplaba las evoluciones del reptil.
La anaconda se estiró cuan larga era, rígida se suspendía a gran altura por sobre el agua. Poco a poco el reptil inclinó la cabeza mirando y acercando su hocico y fríos ojos sin poder distinguir a uno de otro ser. como confundida sacó su larga lengua, tocó con dicho apéndice la piel de la muchacha y esta al sentir el glacial contacto perdió el conocimiento.
El muchacho pensó que estaba perdido pues el bicharraco fijaba sus ojos en los suyos y comenzaba a abrir su boca para engullirlo cuando vio como la serpiente echaba rápida y agitadamente su cuerpo y cabezota atrás como confundida o alterada, al punto de meter el cuerpo entero en las ya claras aguas.
Un ruido llamaba la atención de la anaconda al otro lado del río.
Keno se soltó del abrazo salvador sin mucha conciencia de lo que hacía, salió un poco arrastrándose y un poco a gatas, alejándose de la orilla, y olvidando por un instante a la muchacha.
Un brusco remesón le volvió a la “realidad” .
Keno al abrir los ojos se encandiló con la luz del sol. Una sombra le hizo creer que aún tenía sobre sí a la anaconda, pero, la voz de Calul le trajo a la cordura:
-hermano soy yo Calul, pronto despabílate, vamos hombre rápido que no nos queda tiempo-.
Un instante más y Keno se ponía de pie ayudado por su par. se acercó a la orilla para mojarse la cara cuando tomó viva conciencia de su “ser” al contacto con el agua fría y acordóse de la muchacha y la serpiente.
Vamos hermano debemos cruzar antes que nos sorprendan, dijo Calul, y con firmes pero cariñosos empujones lo hizo subir un poco la cuesta, hasta un madero que atravesaba las altas paredes que encerraban al río .
Con paso titubeante primero Keno y después Calul atravesaron sobre el cimbreante pero firme madero de coligue adentrándose en la espesa vegetación y dirigiendo sus pasos río arriba.
Keno preguntó a Calul si había visto a la chica y a la serpiente, a lo que Calul contestó tomándose su tiempo como ordenando las ideas:
-cuando nos reunamos los cuatro, si lo hacemos algún día, contaré todo para no volver a repetirlo, y ahora apura el paso hombre--
Caminaron los hermanos rodeando unos altos roqueríos por diez o quince minutos, siempre al amparo de la vegetación, llegando finalmente al sector donde el roquerío transformado en cerro les indicó que faltaba poco. Calul avistó a Herchán y Fernano a la distancia y leyó claramente en las contraídas y nerviosas facciones de sus pares que al parecer también habían presenciado o sufrido alguna conmoción. Al avistarse mutuamente corrieron atropelladamente hasta unirse en un estrecho y apretado abrazo, murmurando y relajando sus semblantes.
Una vez reunidos y pasada la primera euforia, un silencio poco común se hizo entre los hermanos. Dos o tres veces Keno y otras veces Herchán hicieron como que estaban a punto de decir algo, pero se contenían, mientras los otros dos les observaban socarronamente. Fer, aparentando no notar el ambiente enrarecido, dijo zumbón a Calul:
-te imaginas a esa chica rascándote la oreji...-
No terminaba de hablar cuando Herchán y Keno le fulminaron con la mirada he iniciaron al punto el ademán de levantarse y echarse sobre Fer, quien como sorprendido y más bien divertido, rió echado de espalda, hasta más no poder, mientras Calul agregaba entre carcajadas:
-se- -se enojaron los esposos de la señorita- -haajhajhajhajhahjaa- y se encogían y estiraban sobre el mullido suelo, riendo con tan auténtico gozo, que Herchán y Keno, como sorprendidos en infragante falta y mirándose a los ojos, se echaron a reír junto a sus hermanos, despatarrados en el suelo.
Una vez en el barco y poco antes de levar anclas, Keno pidió a sus hermanos que le mostraran lo que habían escrito en sus diarios, respecto al episodio de la chica y la serpiente.
Echado en un jergón sobre cubierta, leyó...
Calul:
-iba escudriñando entre los altos arbustos entre los riscos y el cauce, en el instante que las primeras luces me mostraron la pavorosa escena del reptil oliscando y hociqueando los cuerpos de mi hermano y la chica entrelazados y desfallecidos. Sin mucha convicción ni conciencia, comencé a imitar el chillido que hace la mangosta, (esos bichos de nuestras tierras come culebras) y la bestia pareció perder interés en ellos. deslisóse en el agua dirigiéndose hacia donde escuchara el ruido. En eso Keno salió entre arrastrando el cuerpo y gateando, apartándose de la orilla lo perdí de vista.
La bicha mientras tanto se levantaba todo cuanto su cuerpo le permitía y al no ver aquello que emitía el ruido, retornó donde la mujer desmayada yacía. La anaconda husmeó el cuerpo de la muchacha y moviéndose como en una danza ritual, después de un instante terminó azotando cual látigo su cuerpo sobre el agua. Al instante, cual si se hubiese tratado de un mensaje concreto, una orden o señal, que se yo. tres, 6, 10, 12 anacondas más pequeñas surgieron desde distintos puntos del riachuelo, yéndose a colocar rectamente una apegada a la otra, como formando una balsa, con las colas tocando la orilla.
para que les digo que todas medían lo mismo, de tres a cuatro metros.
La serpiente que parecía ser la jefe, reina, y con seguridad, la mandamás, hizo un circulo con su cuerpo sobre el agua, cual simétrico anillo levantaba sólo la cabeza, se mantuvo un instante frente al grupo de reptiles.
Finalmente deslisóse grácil, sutil por sobre el agua y delicadamente enrolló desde los pies a un poco más arriba de los senos de la desmayada, cuidadosamente, subiose sobre la balsa hecha de cuerpos de serpientes, las que pronto pusiéronse en movimiento, dirigiendo rumbo río arriba hasta que las perdí de vista.
Con los ojos muy abiertos Keno guardó silencio y contuvo una exclamación de asombro, frente a sus hermanos que lo miraban.
Diario de Herchán.
-Esperaba estirado entre los matorrales que aparecieran mis hermanos, rogando porque fuera Keno encontrado. En el instante que ya hecha la luz, miraba río abajo, con el mentón apoyado en la culebrina a guisa de parapeto, al punto no reconocí lo que ascendía por las aguas...
¡Madre santa, salió de mi boca al momento siguiente....
Una balsa echa de cuerpos de serpientes transportaban otra mucho más grande, enrollada de tal modo que cual nido contenía el cuerpo laxo de la chica que viera en el caserío-. Frente a frente, pero en orillas opuestas, una primaria alegoría de las fieras y el hombre cuando vivían en conforme y proporcional armonía...
...Adentráronse las serpientes balsa, en el arenal de la rivera. -Como estudiado abriéronse los cuerpos de los reptiles, dejando a la mayor y a la chica que parecía dormida en tierra firme y sumergiéndose en las aguas perdiéronse rápidamente río abajo.
Desde mi lugar de observación lograba ver como la serpiente se movía restregando su cuerpo con la arena, haciéndolo ondular; la chica arrullada por tan soberbia fiera, permanecía profundamente dormida, inconsciente del rito o amalgama cósmica.
En ese instante apareció Fernano, quien sin decir palabra alguna echose a mi lado a observar lo que ocurría-.
-Largos minutos esperamos a que algo sobreviniera, y de pronto vimos como la gigantesca serpiente comenzaba a estirarse dejando a la chica en un mullido colchón de piel que se desprendiera cual seda de su cuerpo de víbora -.
-La anaconda literalmente danzó con su reluciente y flamante reciente piel, en derredor de la muchacha.
En seguida, Elástica saltó al centro del río y sólo sacando la grotesca cabeza por sobre la superficie del agua, emitió un sonido terrorífico, sobrecogedor, y que sumado a la ojeada que echó hacia el lugar que nos escondía, Terminó por hacernos, bueno, por lo menos a mí, inferir la divinidad de aquella mujer-.
-Pasó luego un par de minutos y aparecieron entre los árboles los guerreros del caserío encabezados por el viejo albino, los que cogiendo a la muchacha, se metían nuevamente en la arboleda, mientras el anciano reunía valor y con al parecer un trozo de corteza juntaba y echaba a un pequeño saco la piel de la serpiente...
Keno, levantó el rostro mirando franca y cariñosamente a sus pares, y dijo con voz queda, pero firme:
-Tripulación del "Abuelo Primero", levar anclas y hacerse a la vela, antes de perder la cabeza por una mujer-.
Después de recoger el ancla y con las velas echadas al viento, poco a poco el "Abuelo Primero" comenzó a mover su corpóreo maderamen sobre las azul-verdosas aguas.
Al instante una voz dijo...
...Proa al Este timonel...
Otra voz le contestó:
Proa al Este...
Cuando salían del farellón y se disponían a tomar el rumbo Sur sur-oeste los cuatro hicieron un esfuerzo sublime para no mirar hacia atrás aquel paraje que tanto les impresionase por su belleza y por ofrecerles auxilio en el momento que lo necesitaron..
Pájaros y arbolillos, y sobre todo las dos entradas de la cueva, aparecían entristecidos, y justo antes de que no pudiera verse la escondida ensenada, los cuatro hermanos miraron al unísono a la distancia, y supieron que otro gran animal se disponía a entrar en el sueño eterno.
Martino Sipino